lunes, julio 08, 2024

sábado, junio 15, 2024

BARRUNTO DEL NUEVO SIGLO

Cusco, febrero de 2000, escribiendo Barrunto.

Preciso momento que estoy escribiendo Barrunto, en febrero de 2000, en Cusco, en la casa de Mayra. Había llegado el 2 de enero con la noticia de la muerte de Sandro Baylón. Ya el rencor y la tragedia la traía de unos días atrás, con la vuelta olímpica de la U en Matute, en el 99. El partido se había suspendido por falta de garantías. La primera final perdimos tres a cero en el Nacional. Yo ese año, 99, trabajaba como redactor de la revista Gente, ya estaba contratado. Me pagaban casi nada, pero había cantidades de canje. Si quería tomarme un trago o llegar alguna botella a la universidad, iba a la oficina administrativa, firmaba un vale y me daban tres litros de ron Cancún 2000. Si necesitaba un taxi, había publicidad de Tatataxi. Si quería comer un chifa, Walok corazón. Y para irme a Cusco saqué un canje de ida. 
A Mayra la conocí en Puno, en el 98, en el primer congreso de estudiantes al que fui. Ahí comencé mi carrera como dirigente universitario, lo cual me llevó a instancias latinoamericanas donde me sentía Manuel Burga, el expresidente de la Federación de Fútbol, porque paraba viajando, ya no iba a clases. Entre la chamba en la revista Gente y los viajes al extranjero, mi tiempo estaba ocupado. En Bogotá compré mi primer libro de Andrés Caicedo, se titulaba 'El atravesado'. Y dos años antes, buscando mi propia voz en la escritura, escuché al escritor Oswaldo Reinoso en la U de Lima. Lo escuché cómo leía uno de los cuentos de Los Inocentes. Grabé esa presentación y se convirtió en mi rezo diario. Aprendí a leer con un cassette.
Con esas dos herramientas estaba construyendo el cuento Barrunto en el 99. Mayra me invitó a su casa, que podía quedarme todo el tiempo que quisiera. Su tío abuelo fue muy conocido en Cusco. Fue el poeta de Cusco, amigo de Neruda, de los grandes. Su abuelo también era artista, y yo que me alucinaba artista, le caí bien. 
En el congreso de Puno, le dije a Mayra para no entrar a las conferencias e irnos por el lago. Alquilamos una lancha y nos pasearon hasta el cerrito de Wajsapata. Ella me dijo que quienes iban ahí y sellaban su amor, jamás se separarían. Yo le creí. Pero ahora que busco en google en cerrito, creo que a ese no llegamos, más bien estuvimos en una peña sin nombre. Igual, yo le juré amor y respeto. Entonces al volver, comenzamos un tórrido romance por carta. A diario iba a Serpost y le mandaba páginas a puño y letra. Le revelaba fotos y ella me mandaba igual, fotos y mucho texto. Nos jurábamos volvernos a ver. Mayra vino a Lima a celebrar mi cumpleaños y me invitó a su casa. Además que tenía un contacto que me podía colocar en La República de El Gran Sur. 
Cuando llegué a Cusco ese año 2000, mi maleta tenía el cassette con la voz de Reinoso, el libro de Caicedo y la noticia de la muerte de Sandro Baylón. Justo sus últimos minutos en el fútbol fueron mientras se iba expulsado, caminando hacia la oriente con sur. 
En El Gran Sur me aceptaron como redactor practicante y me mandaron a hacer policiales. Una vez a la semana, iba a la Séptima Región y me permitían leer un cuaderno al que le llamaban 'Ocurrencias'.
Ese cuaderno, escrito a mano casi ilegible, también se convirtió en un libro para mí, en una herramienta de consumo creativo. Los fines de semana se registraban desde peleas hasta asesinatos, pasando por violaciones y robo con objeto punzo cortante. Todo eso me fue alimentando literariamente, mientras en la casa de Mayra, su mamá me prestó una máquina de escribir. Y me dediqué a eso, a escribir y escribir, inventar, arriesgar. 
Por la noche, con Mayra íbamos a tomar té piteado y luego al Mama África. Ella quería ir al Muki, pero por consentir mi huachafería, nos quedábamos un rato escuchando música electrónica y tomando Macchu Picchus. 
Un día, por la noche, Mayra vio a lo lejos a Paukar, un locaso de la universidad de Cusco, también con aspiraciones literarias como yo, entonces nos hicimos patas. Me invitó a vagar por la ciudad con sus amigos sutancia y mostaza. Luego me llevó donde un pintor, en una casa paracultural, el Edwin. Y el Paukar me enseñó su libro de Nietsche y leyó las primeras páginas. Yo seguía sumando en mi bolsa de imaginación llamada Barrunto.
Iba por la plaza de Armas de Cusco cuando me crucé con Pelusso. Mi profesor en la universidad, un laico italiano que nos hizo leer a Vallejo y Valdelomar. Ahí encontré mi camino de vida. Sentí que la palabra escrita era mi futuro. Aunque no tenía aún recursos para escribir, podía hacer notar que tenía algo que llamaba la atención. Por eso cuando Pelusso, que organizaba los juegos florales, me sugirió que concursara. Quedé tercero y eso me dio más luz. Por ahí es, pensaba. Y luego apareció un congreso nacional de literatura en la U de Lima, donde encontré a Reinoso. Además, me compré un libro de Javier Heraud, poesía completa, y me di cuenta que no era el terruco que dijo la profesora en mi colegio cuando estaba en la primaria. Sino que era un fino artista de la palabra. Eso quería hacer. Pelusso se alegró de verme en Cusco y le mostré mi cuento Barrunto que estaba escribiendo, se lo leí en voz alta como me lo enseñó Reinoso. Me pidió que lo llamara cuando vuelva a Lima, para presentar mi libro. 

Con los viajes como dirigente universitario, representando a mi universidad y al país, tuve que crear mi cuenta Latinmail. Para contactarme con la asamblea. Y le pedí a Mayra que se creara una cuenta también. Recuerdo que una de sus últimas cartas dijo: "no me gusta esto de escribirte por mail, no hay feeling". 
La era digital fue enfriando nuestra relación epistolar. Lo digital nos fue alejando. 
Cuando volví a Lima de ese verano en Cusco, regresé con las hojas tipeadas de Barrunto. Eran casi treinta páginas. Desde ese momento han pasado cinco ediciones en 24 años y no se le ha cambiado ni una coma. 
El libro Barrunto salió el año 2001, con el campeonato del bicentenario del Alianza Lima. Ese año, en la presentación donde Pelusso me apadrinó, conocí a la china y me enamoré una vez más.
Justo ese año, el congreso nacional de estudiantes era en Cusco. Fui con la china de la mano y mi libro Barrunto. Mayra me vio a lo lejos, sus amigas me vieron y sus hermanos me bajaron el dedo. Menos mal que no me vio su mamá, porque me hubiese volado la cabeza, ni siquiera podría haberle dicho que la había incluído en la dedicatoria de mi libro. Mayra me escribió por mail y me dijo que la china era feísima, con los dientes chuecos. Tiene cara de ruca, finalizó su mail. A la china la llevé al Mama África a tomar Macchu Picchus pero fui al baño y al volver china de mierda ya estaba bailando con un turista hippie. No volvió sino al rato que comenzaba a arrepentirme de haber dejado a Mayra. 
El día que tuvimos que desalojar la oficina de estudiantes, recién graduados de la universidad, donde veíamos los temas de la federación latinoamericana, apareció un cajón repleto de cartas de amor entre Mayra y yo. Eran casi mil. Las guardé un tiempo, pero cuando apareció el CD mi colección de cassettes la regalé, como también años después le regalé mi biblioteca completa a Toñín, eran tantos libros que Toñín puso una tienda. Igual dejé que las cartas se las lleve el reciclador. Todo estaba insertado en el chip de mi memoria interna, en mi maquinaria cardiomental. Entre el viaje a Cusco y la publicación de Barrunto, el texto se fue puliendo en Bogotá, La Habana, Miami, Huacho y Chorrillos, frente al mar, en la cabaña de nadera de mi causa Kabriel, donde se podía ver el mar.  



domingo, junio 02, 2024

DIABLITO BOLIVIANO


Yo quería contar algo. Pero ahora que me veo en la pantalla se me complica decir las cosas. Ahí comienza el estrés de la página en blanco. Quería claudicar una vez más en todo. Pero llegó un amigo argentino, productor teatral, que trajo una obra que llevaba veinte años en cartelera, y me invitó a verla. Yo lo invité a mi programa para entrevistar al actor, que había hecho una obra exitosa interpretando al Joker por tres años con sala llena. Ahora hacía de Ernesto Sábado, o del personaje de El Túnel.

Lo entrevisté y fui a la obra. En la cola estaba un youtuber muy conocido que acababa de ganar el premio Luces, al cual alguien como yo jamás podría acceder, ni anhelar o desear. Le dije: maestrito, felicitaciones por el premio. Entonces el chico me dijo: MAESTRO, es un gusto verlo. 

Estaba acompañado de su esposa y recordé que mi amiga Light fue su amante, se lo había estado tirando y lo dejó porque tenía problemas con la coca. Por eso, cuando comenzó la función vi que en medio de la oscuridad el maestrito le dijo a su esposa: ya vengo, voy al baño. De inmediato comprobé que el muchacho sí tenía problemas como me lo había contado la Light.
Se fue al baño y yo lo seguí por detrás. Antes de ponerle seguro a la puerta lo sorprendí con un cántico futbolero: ¡Yo te sigo a todas partes!

Nos quedamos un rato en el baño departiendo y el maestrito volvió a la función. Yo me quedé en la puerta tratando de ubicarme en el tiempo y el espacio. Estaba en un centro cultural en Miraflores, estaba viendo El Túnel de Sábato y me acababa de aplicar anestesia. Vi que al frente había una bodega y me acerqué a comprar una cerveza. Pedí tres latas y a la hora de pagar con mi celular apreté mal los números y en vez de pagar quince soles le había transferido ciento ciencuenta.
La bodeguera una viejita que no paraba de barrer. Ni siquiera se detuvo a mirarme o explicarme. Mi hija no viene hasta la medianoche, yo no sé manejar esas cosas. Yo me puse nervioso y la comencé a amenazar. Si no me devolvía mi plata le iba a tumbar el quiosco. Me quedé largos minutos en la puerta sin saber qué hacer realmente. En ese tiempo me bebí mis tres latas y le conversé a la señora: señito, mientras vamos esperando a su hija, ¿me puede ir dando tres latitas más?
Entonces la señora ya no me comenzó a caer tan mal. Y luego de tres más me cayó mejor. Prudencia se llamaba la abuelita. Vi que la gente comenzaba a salir del centro cultural y le dije que volvería en un rato. 
Apenas entré, apareció el argentino, el productor que me había invitado, y tenía a un camarógrafo con una reportera de Magaly TV, necesitaban que alguien comentara la obra. Yo no la había visto, y el libro lo leí hacía mucho tiempo atrás. Pero me mandé a hablar de puro sinvergüenza. 
Salí en Magaly TV hablando medio balbuceante, pero ofrecí grandes comentarios para la obra. Lo cual me agradecieron mis hermanos de bonaerenses. Luego habló el maestrito que había ganado el premio Luces y evidenció que había vuelto varias veces más al baño durante la obra.  
Le dije al maestrito que me gustaría invitarle una cerveza y fuimos junto con su esposa a la bodega donde tenía cuenta libre.
Nos pusimos a conversar de tantas cosas que su esposa se puso celosa. Había una complicidad entre el maestrito y yo que invisibilizaba a su esposa. Con mi amiga Light se vería mejor como pareja. El maestrito me había entrevistado años atrás cuando era un estudiante de universidad, un fervoroso lector e inquieto investigador de la literatura local. Ahora se había consolidado como influencer literario. Yo no le había dado mucho seguimiento a su vida pero mi amiga Light comenzó a tener encuentros clandestinos con él tras su ruptura sentimental con el cineasta. Una relación tormentosa que terminó con el cineasta huyendo del país no sin antes sacarle en cara a Light que era la culpable de toda su miserable infelicidad. Light le reprochó no tener dinero y se sintió estafada frente a un próspero artista del séptimo arte, ganador de premios internacionales y departamento propio. Lo que no reparó Light fue que los artistas somos desprendidos con el tema de la plata. Ella buscaba alguien que la mantenga y de paso mantenga a sus viejos. Pero el cineasta se había dedicado a vivir de los premios y fondos que el Estado le daba para hacer sus películas. Y así se la había pasado los últimos años, viviendo de la mamadera del Ministerio de Cultura. Por eso cuando Light lo dejó con el alma maltrecha, y comenzó a tirar con el influencer literario, el cineasta no pudo más y se fue del país. Mientras, el maestrito no paraba de decirle a Light el alucinante momento que estaba pasando al tener a una escritora famosa en su cama. Se sentía afortunado. Ella más bien, se sentía miserable. Con más razón cuando cayó en cuenta que el maestrito saciaba su ansiedad aspirando cerritos de polvo que levantaba con una cucharita hacia los orificios nasales. Se quedaba pasmado con los ojos abiertos como si estuviese a punto de morir en ese instante. 
Eso tampoco le gustó a Light, que lo terminó dejando a las pocas semanas. El maestrito volvió con su esposa y prometió tratarse la adicción. Yo no le creo, le dije a Light cuando me lo contó todo. Yo tampoco, me dijo ella. Al tiempo nomás mientras Light preparaba su café para ir al gym, se le reventó el termo caliente entre las piernas y le generó quemaduras graves. Lo que le impidió salir a la calle por varias semanas y tuvo que visitar un psicólogo para superar el trauma. Su piel se había arrugado como la de un viejito, y debajo del ombligo mantenía una coloración parecida a un hotdog de puesto barrial: extremadamente rojo.
Por estar convalesciente de sus quemaduras no pude llevar a Light a la obra de teatro El Túnel. Hubiera sido loco tener al maestrito y a Light juntos en la bodega tomando latas de cerveza. Tal vez hasta me hubiese terminado levantando a su esposa, que estaba gordita justo como me gustan. La esposa le puso cara de culo al maestrito y se fueron. Yo me quedé esperando a la medianoche a que llegue la hija de la señora, para que devuelva la plata que le había transferido por error.
Pero para ese entonces ya me había gastado la plata en cerveza, y solo quedaban ocho soles. Le dije a la señora si me podía habilitar los ocho soles, pero no quiso, quería que venga su hija para proceder. Ni modo, le pedí dos latas de cerveza más pero para dos latas faltaban dos soles. Era lo único que tenía para volver a mi casa en bus. Se los di y me fui caminando a mi casa.

En el camino fue que me encontré en el parque con mi amigo Getsemaní. Estaba sentado sin sentido. Había estado en una fiesta donde había estado pintando cuerpos de mujer y le habían regalado un pomo con gotas de LSD como parte de pago por el bodypaint. Además, otro causa le había regalado un saldo de tusi. Yo nunca había visto una droga así, rosada, pareciera inofensiva pero se notaba intimidante como una pistola. Nos fuimos a su casa taller para tomar una infusión con ácido y alucinar sus cuadros.

Cuando llegamos, vi que tenía colgado una artesanía en la pared. Me dijo que se lo había comprado a un cachinero que se instalaba en la puerta de la Escuela de Bellas Artes. Él salí con su compañero Chimpandolfo y siempre que lo veían al cachinero le compraban algunas cosas. Ahí vio la pieza que tenía apariencia de un ekeko, pero no era gordo ni llevaba cosas encima. Es un diablito boliviano, les dijo el cachinero. Atrae la buena suerte y brinda energía positiva a los ambientes. Getsemaní le dio dos soles y se lo llevó.
El diablito boliviano le traía suerte y clientela al artista. Sobre todo venían chicas jóvenes. Nunca lo había visto a Getsemaní con tal ritmo de trabajo. Como por arte de magia, las mujeres comenzaban a interesarse en su body paint y morían por ser pintadas por el artista. 
El artista creía que todo se lo debía al diablito boliviano. Desde que lo limpió y colgó en la pared, las mujeres comenzaron a venir al taller. 

La primera fue la loca Amargot, ella venía de un ensayo, estaba próxima a estrenar una obra sobre Sharon Stone en Miraflores. Y le pidió al artista que le haga un diseño para su espalda. Pero vio al diablito boliviano y se quedó estupefacta. Yo he visto algo así en una iglesia catódica en medio del lago Titicaca, le dijo excitada la loca Amargot. Mientras se iba desvistiendo. El artista solo necesitaba que destape su espalda, pero la dejó ser y la recostó sobre la alfombra y le comenzó a hacer el amor. Ella solo decía casi entre gemidos: ay, mi diablito boliviano. Hazme tuya, mi diablito boliviano.

Cada sesión de body paint tenía un precio en dólares, lo cual no fue impedimento para las clientas que a diario fueron a visitar al artista. Getsemaní, en su mejor momento, con una salud envidiable, tenía sexo a diario con bellas mujeres que llegaban por su body paint en honor al diablito boliviano.

Antes, ya el artista me había compartido un poco de su fuente de inspiración. Un verano después del brindis de inauguración de su exposición, fuimos un grupo liderado por él a una discoteca en la avenida La Marina, donde había putas camufladas entre la gente que bailaba. Ahí se había enamorado de una señorita que modelaba por horas para el pintor. Como el cuadro que le obsequió a la puta le encantó a todas, le comenzaron a intercambiar favores sexuales a cambio ser pintadas por el artista. 

A todas retrató y con todas compartió sus viajes cromáticos. Esa vez que fuimos, éramos un grupo de artistas, había poetas, dramaturgos y rockeros. Todos buscaron su 'canje' y descubrimos que el arte nos abre muchas puertas. 

La loca Amargot llegó al taller del artista con ganas de mandar todo a la mierda. Estaba furiosa porque al director de la obra que iba a estrenar se le ocurrió un cambio brusco de guión. Ya no lo soportaba. Ella era una actriz de Tondero. Aclamada en Asumadre y con papeles en novelas de América Televisión. Eso no se le hace a un artista. Ese director de callejón me las va a pagar. Desgraciado. 

Getsemaní sintió que su amiga la loca Amargot necesitaba algo que le baje la mala onda. Del cajón sacó un pomo con el polvo rosado. Loquita métete un poco de tusi para que te pongas linda. La loca Amargot le hizo caso y se puso a picar lineas sobre un libro, al estilo Kate Moss en el estudio de grabación de los Babyshambles. Con un billete de diez soles enrollado se clavó la tusi y le entró directo a los ojos. Se puso mal. Le dio la pálida a la loca Amargot y aunque primero el artista le abrió una cerveza fría, igual tuvo que llamar a una ambulancia. Apenas llegaron los enfermeros con la camilla, la sacaron a la loca Amargot casi bulto. Con la locura de revivirla, uno de los médicos golpeó la pared y movió al diablito boliviano, que se desenganchó cayó al suelo partiéndose en pedazos.

En emergencias le pusieron una inyección de adrenalina a la loca Amargot y sus ojos rojos volvieron a ser blancos. Sonrió un poco y preguntó dónde estaba. Llamaron a su abuela y la vinieron a recoger. El artista en su taller buscó la forma de unir las partes del diablito boliviano. Aunque logró reponerlo, el diablito boliviano quedó más feo de lo que era. Igual lo volvió a colgar en la pared de su taller. 

Sin embargo, la clientela desapareció como por arte de magia. 

miércoles, abril 17, 2024

EL ROLEX Y LA CARNE DE CÁRCEL

Frankfurt, 2009


Yo crecí en un barrio llamado Villa Coca. A la esquina de la izquierda vivió Abimael Guzmán, ahí lo encontró la policía en el 92. Y cuando lo encarcelaron comenzaron a detonar casas de vecinos como represalia. Así, las lunas de las casas se rompían con frecuencia con las explosiones. Antes, las ventanas reventaban por los pelotazos que tirábamos jugando fútbol en la pista. Años antes de lo de los terroristas, en el 85, cuando jugábamos con arcos armdos con piedras y los autos que pasaban paraban el encuentro no más de treinta segundos, hacia el final de la cuadra, explotó una casa y un hombre salió volando como si fuera el hombre bala de los circos. 
Cayó en medio de nuestro campo de fútbol, estaba negro carbón y con sus ojos rojos nos miraba desorbitado. Apenas pudo reponerse salió corriendo, e inmediatamente después llegaron los bomberos y la policía, pero antes ya estaban las cámaras del noticiero. El partido se tuvo que suspender y salimos en televisión.
La casa que había explotado era de Reynaldo Rodríguez López, alias 'El Padrino', que había salido no hacía mucho en los periódicos como uno de los hombres más ricos del mundo. Don Rey, como le decían en el barrio, tenía casa con piscina, y luego se descubrió que tenía túneles que se conectaban con otras casas del barrio. 
Desde entonces el vecindario pasó de llamarse Higuereta de Surco, a Villa Coca de Surquillo. 

Hacia un lado vivió el líder terrorista. Y hacia el otro lado el líder del narcotráfico. En medio estábamos nosotros: hijos de empresarios emergentes, hijos de profesores, abogados, policías pero también había vecinos de la PIP. 
Uno de ellos, de los de la PIP, no vivía aquí porque trabajaba en la selva. Y le iba muy bien, porque tenía motos, una combi (que en ese entonces no existía en el país) y hasta una cuatrimoto, que tampoco existía. Su combi era negra y se parecía a la de 'Los Magníficos'. Tenía dos, una blanca que sacaba poco. Pero una vez mi tío Jojo la sacó y nos llevó a todos a los juegos mecánicos que habían instalado en la Videna. Ponía el volúmen al máximo Cali Pachanguero y cantábamos cambiándole la letra "que todo, que todo, que todo que, que que qué". En vez de cantar "que todo el mundo te cante, que todo el mundo el mundo te mime", nosotros cantábamos "que todo el mundo te cache, que todo el mundo te brinque". Y luego, en la que canta el Gran Combo "a comer pastel, a comer lechón". Cantábamos "a fumar pastel, a fumar la pons". 
La combi andaba a toda velocidad y en calles vacías el tío Jojo hacía dribling con la combi y todos a bordo volábamos. Nos paraba la policía pero cuando se identificaba como hijo de un general de la PIP, seguíamos nuestro camino a los juegos mecánicos. 

Apenas se retiró de la PIP, el papá de Jojo puso un restaurante turístico y sus hijos se dedicaron al negocio de lavandería. 

El otro vecino PIP tenía un auto deportivo exactamente igual al auto fantástico. Tenía dos casas una al lado de la otra. En una casa tenía piscina y la otra la tenía clausurada. Con Buba hicimos una banda de rock y su papá nos dejó ensayar en la casa vacía con la única condición de que no subamos al segundo piso. 
Obviamente subíamos todos los días y jugábamos con las granadas de guerra que guardaba. Luego bajábamos y tocábamos canciones de los Guns N Roses. Igual que su colega, cuando se jubiló mi tío como coronel de la PIP, puso un negocio de pinturas y sus hijos se dedicaron a la arquitectura.
 
Mi viejo era contador público y auditor. Pero siempre había soñado con ser PIP. Le inspiraba una señal de respeto, andar armado, bien plantado, con buen carro como el vecino, o con motos y una combi como el otro que trabajaba en la selva. 
Pero mi abuelo lo desahuevó a mi viejo y lo obligó a estudiar contabilidad. Más fueron las obligaciones familiares porque embarazó a mi mamá cuando estaba a mitad de carrera y apenas tenía la mayoría de edad. No tuvo tiempo de elegir un futuro, se dedicó a trabajar y a seguir teniendo más hijos. Por eso mi papá salió rápido de la casa de sus padres. De alguna manera alivió ese resentimiento que fue cultivando mi papá hacia mi abuelo. Cada vez que podía, mi abuelo le decía: "eres carne de cárcel, ahí terminarás". Lo cual fue curtiendo un rencor en mi papá que lo hizo encaminarse, ya que vivían en La Victoria y el ambiente era tan hostil que la posibilidad de ser delincuente era latente. Sin embargo, se hizo contador público y le tocó ejercer la auditoría gubernamental de forma pionera.

Cuando mi abuelo murió, la 'bodeguita loretana', que había fundado con mi abuela, cumplía 35 años. Aunque los recuerdos de tardes familiares los domingos siempre fueron bonitos, con el tiempo uno se va enterando que la tesión familiar era incómoda para todos los presentes. Y se tornaba violenta con el paso de las horas y el brindis. En la casa de mis abuelos se bebía un aguardiente de la selva llamado 'Rompe Calzón'. Un trago dulce y trepador que te pone agresivo al quinto vaso. Yo lo utilizo para las presentaciones de mis libros, por eso cada vez que hago una actividad no me vuelven a prestar el local, ya sea porque el evento acabó en bronca, debido a que a algún buen lector le dio diablos azules y lo sacaron a la fuerza o porque los vasos de vidrio van volando como aves que poguean en el aire.
 
Así, los almuerzos familiares en la casa de mis abuelos, junto a la 'bodeguita loretana' terminaban siempre de manera abrupta, con alguna rota y alguien con los chicotes cruzados. Ahí nace el binomio amor odio que se hereda de padres a hijos. Porque del afecto pasaban a la agresión en cuestión de horas y la frase "tú querías que yo sea carne de cárcel" se volvía un reclamo enfurecido.
 
Yo lo heredé también y con mi papá no me puedo sentar a emborracharme porque en algún momento se suelta una chispa y se me incendian los pensamientos. Entonces me acuerdo de su separación con mi mamá y me dan ganas de tirarlo por la ventana a mi papá, para luego tirarme detrás de él.
Herencia similar me inculcó cuando mi papá me quiso lanzar del edificio donde quedaba su oficina, cuando llegó con algunos guisquis de más y llegó con ganas de pelear, pero no encontró a nadie más que yo, y descargó su ira intoxicada de alcohol. Ya no tomaba RC, a mi papá le iba bien aunque al país le iba hasta las huevas. "No es mi culpa", se disculpaba mi papá. No es mi culpa que el país esté mal. Había inflación y terrorismo. Pero sobre todo, desconfianza. Desde esa vez, ya no pude estar cerca de él, con mayor temor si lo encontraba en sus tragos.

Yo estaba en primaria y un día la profesora de literatura habló de Mario Vargas Llosa, que iba a ser nuestro próximo presidente. Un compañero de clase levantó la mano y dijo que su tío había sido escritor también. La profesora preguntó su nombre y cuando el compañero lo mencionó con orgullo, dijo: "pero él fue un terrorista que mataron en la selva". 

El compañero se fue cabizbajo, pero al día siguiente pidió la palabra y aclaró que su tío no era terrotista, pero sí lo habían matado en la selva. 
Y por si acaso, su tío no era terrorista. Yo le creí y años después descubrí la poesía de su tío a través de sus libros. 
Luego conocí a su gran amigo, otro gran escritor, el negro Jorge Salazar, quien estuvo en la barca donde lo mataron, y fue mi maestro. 
Ahora a mí también me dicen terruco. Evidentemente, pienso distinto y detesto el pensamiento chato de los conservadores. No es necesario hacerlo notar ni decirlo porque mi literatura y mis actos hablan por mí. Pero nunca falta alguien que necesita reivindicar su dignidad terruqueándome o señalandome de vendido cuando son ellos los que por un ceviche una cerveza se bajan el pantalón y se ponen en cuatro.
 
A mi papá le iba muy bien en los negocios, era un próspero empresario. Pero el Perú no era próspero. Tampoco empresarial. El Perú de ese entonces estaba en crisis. Y salvo algunos años de tranquilidad emocional, nunca ha dejado su estado crítico.
Por eso, cuando alguien ostentaba algo no pasaba de ser alguna marca bamba. Eran tiempos del contrabando desde Puno, se traían cassettes y VHSs.

Mi papá se fue a Puno  y como yo estaba resentido con él porque me había querido tirar por la ventana, me trajo un Rolex. Era totalmente dorado con piedritas brillantes en cada hora. También nos trajo pares de zapatillas y buzos de marca. Las zapatillas eran llamativas porque tenían las tres rayas de Adidas, pero en la zuela decía Puma. Igual los buzos y demás cosas. Todo tenía una apariencia rara que se prestaba a la duda. Pero eran tiempos en que no había opción de verificar si se trataba de ropa original. Por lo que pasaban a validarse como ropa de marca.
 
Comencé a ir a los quinceañeros con mi Rolex, me hacía notar. Pero me sentía, al igual que el reloj, falso. Iba a los tonos con mi primo Miky, que estudiaba en el Juan 23, colegio chino. Había que ir en terno y yo me ponía mi Rolex que brillaba intensamente. Me hacía notar en cualquier lado y siempre la pregunta era inminente: ¿Qué marca es? Anda, ¿sí? ¿Y tu papá en qué trabaja? 
Yo me pulía, prendía mi cigarrillo Hamilton y sacaba a bailar a alguna compañera de salón a quién le seguía hablando de mi reloj que me había traído de sus viajes de negocios. Evitaba mencionar que lo había traído de Puno, era un lugar que sonaba feo. Aunque fue mi papá que luego nos llevó de viaje e hicimos una ruta maravillosa en tren, desde Cusco hasta Puno cruzando el lago Titicaca. Aunque al año siguiente nos llevó a Disney y ese viaje fue más llamativo para las chicas de ese entonces.
Gracias a mi Rolex me había empoderado con la gente del colegio. Pensaban que tenía plata y me invitaban a las fiestas. De pronto me volví indispensable en las reuniones donde iba los más coloridos. Mi Rolex se hizo fundamental para que mi presencia esté garantizada. Ya no usaba las zapatillas Puma de tres rayas Adidas, sino unas New Balance que mi hermano mayor había mandado de Europa, donde vivía. Era una época donde estaba de moda los New Kids, y justo me habían mandado una casaca con mangas de cuero blanco idéntica a la que usaba uno de los cantantes. Tenía un Rolex, zapatillas New Balance y la casaca de los New Kids. No había forma de pasar desapercibido. Me matricularon en el ICPNA para aprender a hablar inglés y ahí conocí a Wendy. Ella me miraba todo el tiempo en el salón y yo me ponía colorado, la miraba y al darme cuenta que tenía clavada su mirada en mí, enterraba mi cabeza como una tortuga. Quería ser invisible pero también la quería conocer y besar. Ya había tenido una mala experiencia con las chicas que me gustan. En inicial, apenas llegué llorando, vi que había una rubiecita de nombre Carmen. Soñaba con ella, pero nunca me miró. Un día vi que un chico estaba de cumpleaños le cantaron su happy verde y luego todas le dieron un beso en la mejilla. Yo al día siguiente fui a decirle a la profesora que era mi santo. Pero ella notó que en la ficha decía otra fecha. Sin embargo, mi ferrea versión de que era mi santo prevaleció y la profesora me dejó ser. Entonces Carmen se acercó y me dio un besito con sus labios rosaditos y su lunarcito en la zona del bigote. Nunca me olvidé de ella, aunque ella nunca me registró en su mente. 
Por eso, cuando conocí a Wendy en las clases de inglés, no tuve cómo inventarme un cumpleaños. Pero coincidimos en el micro de regreso y conversamos. Ella vivía en las torres de Limatambo y me invitó a su casa a tomar lonche. Su papá trabajaba en la embajada de Estados Unidos y siempre tenía una pistola amarrada con un cinturón que le cruzaba el pecho. Comimos pan con jamonada y leche chocolatada. Luego me acompañó al paradero y como no sabía qué decirle ni qué hacer, fue ella quien se me declaró. Yo acepté tímido el beso, me di cuenta que ni las zapatillas ni el reloj fortalecían mi autoconfianza. 
Volví a mi casa siendo la persona más feliz del mundo, y de pronto me volví un estudiante entusiasta por el inglés. Iba temprano, la esperaba en el salón y le guardaba un sitio. Wendy llegaba tarde porque se quedaba después de la salida de su colegio haciendo gimnasia o practicando algún baile para las actuaciones. Como era bonita y encantadora, la utilizaban para todas las actividades del colegio. Incluso la hicieron reina de la primavera. Wendy soñaba con su quinceañero. A mi me daba pavor ser su chambelán, aunque sentía que con mi Rolex podía nivelar mi falta de estima.
Cumplimos un mes de enamorados y estábamos acariciándonos en uno de los bloques de las torres, hasta que un par de choros nos cuadraron, me sacaron mi casaca de los New Kids, mis zapatillas New Balance y mi reloj. A ella la agarraron del cuello y le quitaron la esclavita que le había comprado. Tuve que llamar a mi mamá para que me venga a recoger llevándome mis zapatillas viejas marca Puma con tres rayas Adidas. 
Desde el robo, perdí las ganas de ir al inglés. La movilidad de Wendy pasaba por mi casa todas las tardes y nos cruzábamos cuando llegábamos y me veía abrirle el portón a mi mamá. Pero la comencé a ingnorar. Mis poderes se me habían ido con ese robo. No me perdonaba el no haberla defendido. Incluso haberme visto desvalido y asustado, al borde del llanto pidiéndole clemencia a los ladrones. Son esos momentos en que descubres lo miedoso que puedes ser. Pierdes confianza en ti mismo. Cada noche soñaba encontrando a los choros y les pegaba, y recuperaba mi Rolex. Menos mal que mi papá ya no vivía en casa porque si se enteraba que me habían robado tal vez me hubiese lanzado por la ventana sin remordimiento. Estuve con temor de verlo por semanas. Pero cuando lo vi, pareciera que no se dio cuenta que ya no llevaba el Rolex. Nadie le contó nada del robo y preferí no mencionar que había tenido mi primera enamorada. 
Wendy cumplía quinceaños y si bien dejé de verla, dejó una invitación debajo de mi puerta. Aunque busqué mil excusas para no ir, la fiesta era a unas cuadras de mi casa y toda la gente del barrio asistiría. Los hijos de empresarios, hijos de policías, los hijos del narco, los hijos de los terroristas, los hijos de los trabajadores de la embajada de Estados Unidos, todos fueron al quinceañero de Wendy. Para varias me quedé solo en un rincón, ya sin Rolex era como Sanzón con el pelo corto. No tenía brillo y Wendy para bailar el Danubio Azul eligió a su nuevo enamorado. Nuevo pensé porque nunca lo había visto, pero en realidad era su pareja desde la primaria. 
De pronto al verla bailar con su pareja, y ver a la gente aplaudir y disfrutar cómo bailaban el vals, yo comencé a entender que odiaba bailar, que detestaba estar en lugares concurridos de gente, que no aguantaba sonreír en un ambiente falso. Necesitaba mi Rolex para ser alguien, pero sin el bendito reloj simplemente no era nadie. Apenas pude, salí de la fiesta amagando que me iba al baño, para luego escaparme y volver a mi casa cabizbajo. Desde ese entonces decidí no ver el tiempo, ni amarrarme nada a una muñeca. Con los años fui usando aretes y cadenas pero volvía a mi naturaleza que es la incomodidad de llevar algo encima que represente un status. Y me los quitaba. Me acostumbré a calcular la hora mentalmente, o esperar que haya algún reloj colgado para constatar que llevo la cuenta exacta de lo que falta para poder irme de la fiesta. Siempre amagando que voy al baño.   

sábado, diciembre 16, 2023

TIRA PIEDRAS DE SACO Y CORBATA


Apagó la luz y le hizo gracia al estúpido. Había bajado la palanca general del edificio y el ensayo se tuvo que cortar. Justo esa noche había llegado un grupo de líderes de la barra brava. Fueron a ver con mucha curiosidad eso que ya salía en los medios de comunicación y le llamaban la primera obra de teatro del Alianza Lima. 
El guachimán del local me había comentado que vivía lejos y que la prioridad era salir diez en punto de la noche del espacio, dejar todo porque tenía que caminar rápido hasta el tren eléctrico. 
Además, ya estaba harto de los ensayos. Yo lo entusiasmé con que la gente que venía eran actores de novelas de la televisión, que podía tomarse fotos con quien quisiera. Pero a cierta hora ya no le interesaba más que irse a su casa. Peor aún, era hincha del Cristal. Tremendo pavo.
Pero esa noche la gente de la barra se entusiasmó y mandaron a comprar cerveza para alucinar bien el ensayo. Era una mancha de cuatro amigos, un gordo que manejaba la camioneta, y tres representantes.
Les faltaba un par de escenas para terminar y se apagó la luz justo a las diez de la noche. La productora batalló el reclamo. Pero afuera ya estaba serenazgo, porque ya eran varias semanas que la bulla salía cada vez más fuerte, con el sonido grueso del bombo y los cánticos que se replicaban en la adaptación teatral de Barrunto.
Si una noche habitual cuando acaba el ensayo se juntaba la banda para conversar afuera en la puerta, esta noche con la visita de la barra había más gente. Además estaban mis invitados que siempre llegaban para auspiciarme la cerveza. 
Esa noche también estaba Rombero que había llegado de Irlanda y cuando nos botaron del edificio por presión de las vecinas, nos fuimos a Barranco y nos auspició el fiambre para todo el equipo y las gaseosas. Valió el gesto y se le perdona lo que hizo después porque cuando fue a ver la obra llegó totalmente intoxicado de guisqui etiqueta azul. Venía de un almuerzo y estaba feliz, se sentó en una buena ubicación, pero al momento que apagaron la luz se quedó totalmente dormido sentado boca arriba. La productora me llamó de inmediato que mi invitado estaba roncando tan fuerte que los actores se estaban incomodando en plena función. Yo dije que lo saquen nomás, igual lo esperé afuera porque yo siempre estaba en la puerta. La obra me la sabía de memoria, la conozco desde hace 23 años que la creé. Pareciera que la dormida de Rombero en plena función fue una clarinada de alerta porque después las siguientes funciones fueron desastrozas en taquilla y se tuvo que suspender una fecha. 
Lo peor de todo fue que nos regresamos en el mismo taxi con Rombero y en el camino le dio los diablos azules y quería regresar a patear la puerta del tearro. Que qué chucha se habían creído que él era el biografo del poeta Luis Hernández Camarero y tanta vaina. Luego se quedó jato y lo tuve que embarcar con el taxista. Al día siguiente palteado se disculpó y que igual estaba de puta madre la obra, porque había estado en los ensayos.
En la oscuridad, mientras salían los actores y la barra del edificio, los comentarios eran positivos. El que manejaba, el gordo Mochica, también se fue contento y lo vimos más contento aún durante la temporada, porque fue varias veces. Usualmente llegaban una hora antes para arengar algunos cánticos, y te dejaban al elenco electrizado, era energía que te pasaban.
Cuando terminó la temporada teatral a lleno total, luego perdimos la final con la U y mataron al amigo Mochica a balazos.
Eso de la violencia en las barras no me ha sido indiferente. Un taxista mientras me llevaba me dijo que no permitía que sus hijos se pongan la camiseta del Alianza. Estaba prohibido. Él había sido líder y sabía que la vaina es seria. Se tuvo que ir de su barrio porque mató a un hincha rival. Tenía dieciocho años recién cumplidos, batuteaba desde los diecisés. 
En el cono sur, en una batalla en un puente, era él o yo. Me dijo: sacó un cuchillo y yo tenía una cadena larga. Metió un zarpazo y resbaló, entonces lo empujé y le enrosqué la cadena, quedó colgado en el puente. 
Uno puede pensar que ese acto te da galones en la estructura. Te empodera. Pero en adelante su vida fue un calvario. Vivió un año escondido y luego se metió al servicio militar. Se borró dos años y ahora vuelve al barrio caleta. Prefiere que sus hijos no sean hinchas de ningún equipo. Él sabe que debe andar con cuidado de por vida. 
A la obra también asistió Walter Oyarce. Nos tomamos unas fotos. El señor sabe de mi trabajo, una vez le pedí que presente la versión comic de Barrunto en el 2015. Pero declinó porque estaba en un juicio que podría (el gesto de presentar un libro sobre barras de Alianza y la U) ser usado en contra de su estrategia legal. Ya habíamos tenido contacto por escrito, por mail, le había compartido mi libro Barrunto y sabía que trataba de un hincha de Alianza que muere después de un clásico que, aunque pierde Alianza, nadie gana.
Yo recuerdo que cuando ocurrió lo del asesinato de Walter Oyarce en el estadio de la U me deprimí y terminé internado dos meses. En ese trance escribí un poema que se titula 'toco y me voy'. Toco y me voy, toco y me voy y me alejo del tumulto, me alejo del mundo. Dedicado a los hinchas que mueren gritando en los estadios malditos. 
Todo eso le conté al señor Oyarce. Una vez, en un partido del Alianza en Matute se sentó a mi costado. No nos conocíamos en persona, no cruzamos saludo, aunque me preguntó algún cambio porque vio que tenía una radio oyendo la transmisión.
Para alguien como yo, que soy sensible a la belleza y ama la cultura del pueblo, los cánticos del fútbol, la fiesta del pueblo, me apena que se haya perdido o distorsionado el sentido del verdadero hincha. 
El fundador de la barra del Alianza Lima es Manuel Feijó y murió en el Fokker. En la tragedia murieron once barristas que acompañaron al equipo. 
Esa era gente que daba la vida por Alianza, iban a alentar a los calichines pero también al voley. Uno de ellos, Chaveta, fue al ensayo también. Nos contó que una vez yendo a Arequipa, llegaron tarde y el chofer ya no quería seguir el camino. Entonces ellos tomaron el control y llegaron con el bus hasta la puerta del estadio. Sin entradas, entraron a la mala y Alianza ganó dos a uno. Eso era Alianza. 
Desde el apogeo de la delincuencia en las barras de fútbol, la rivalidad se ha vuelto sangrienta. Endiosan a gente que mata en nombre de los colores de un club. Se denigran día a día. Ya la muerte aparece en televisión a detalle. Uno no sabe si los delincuentes que se fueron insertando en las barras también son parte de la gente que dirige los clubes más populares del Perú. ¿Hasta qué punto puede uno actuar como hincha en un cargo ejecutivo que requiere razonabilidad?
Ningún dirigente fue a ver la obra de teatro. Solo recibimos apoyo de la barra que se puso la camiseta, nos apoyó en la parte artística y en la parte emotiva. Y de los líderes que pude conocer, gente amable que jamás oí decir o referirse a los barristas contrarios con desprecio. Sin embargo hoy en día hay hinchas que han combinado su pasión con el rencor y la venganza. Camuflan sus frustraciones y creen que el único rival es el hombre muerto. Entonces los ves justificando torpezas dirigenciales en redes, pero nunca ponen su nombre porque trabajan en el estado o en alguna transnacional y deben cuidar su imagen. Son los tira piedras de saco y corbata que ahora batutean el Alianza Lima y cuyo universo se remite a competir con la U. Poca ambición que tienen y que siempre nos dejarán luchando la baja. Los traumas de los dirigentes barrabravas se han institucionalizado. Yo quisiera que se simente la mística intercontinental, pero la visión es reducida. 
Cuando mataron al gordo Mochica recordamos entre la producción que igual pasó cuando se presentó la obra por primera vez en la casa España. Por descuido y abuso del alcohol se perdión un cajón peruano de una marca carísima. El músico de la obra, el maestro Ger, aunque tampoco es hincha del Alianza y es del Rímac, lo hizo por amor al arte y a la música. Entonces yo para calmar su preocupación por la pérdida/robo del cajón lo iba a pagar yo. 
Esa presentación en el año 2019 fue austera pero pude financiarla. Pero lo del cajón no estaba en el cálculo. 
Nos fuimos con Ger a San Juan de Lurigancho a la misma fábrica. Nos atendió el luthier y nos mostró unos cajones que estaba haciendo para Alex Acuña. Todo era calidad, una maravilla, y Ger encontró el modelo que se había perdido. Costaba un huevo de plata, saqué de dos tarjetas de crédito y pudimos sacarle el cajón. 
A los pocos días, el luthier apareció en los noticieros, lo habían asesinado a balazos mientras esperaba a sus hijos en la puerta del colegio. Barrunto, dijimos por interno. Sabíamos que cada cosa que hiciéramos en nombre de los colores gloriosos de La Victoria, algo ocurriría. Por eso cuando acabamos la temporada ya nadie quiso volverse a ver, pero la muerte del gordo Mochica nos volvió a unir por chat. Varios me habían bloqueado de sus redes y yo a ellos también. Para el partido de la final en Matute, como ocurrió en el 99 que me inspiró a escribir Barrunto, el clima no estuvo bueno. Decidimos juntarnos en las afueras con la producción y con el actor que me interpretó en la obra. Juanjo y Juanji. El actor es famoso y a cada rato se le acercaba la gente para tomarse fotos con él.
No pudimos ver el partido del todo porque los televisores estaban llenos de gente, y todo sonaba mal. La cerveza se acabó y solo daban cerveza caliente, la gente se impacientó y llegó el primer gol. Desatención del loco Del Mar y la foca fue a cobrar. Luego, la fatalidad. Del Mar se sale del arco y apura a Sandro Baylón para que saque rápido el tiro libre. Pero Sandro había planeado otra jugada y sin querer se la regaló a Esidio y la metió con el arco vacío. Y el final, un tiro libre de Chemo. Ahí acabó todo. El milagro iba a ser imposible porque ese día no salió el sol. Como 24 años después. Barrunto, presentimiento de que pronto llegará la separación. Baylón se fue caminando expulsado minutos antes de que acabe el partido de vuelta. El gordo González blandeaba un papel higiénico. El descontrol fue inminente y los balazos también. 
Nos preguntamos con la producción y el director de la obra si las similitudes son casualidad. ¿Quién apagó la luz a las diez de la noche? Fue el guachimán que era hincha del Cristal. Nos botaron del edificio y afuera nos esperaba el serenazgo junto con un grupo de tías en bata de noche que querían que nos larguemos de su vecindario que habíamos maleado con los cánticos barrabravas. Amenazaron con llamar a la televisión. Nosotros vimos eso con buenos ojos, pero al dueño del edificio para nada. Nos botó de inmediato. Lo único que le pudimos pedir es que vuelvan a prender la luz para sacar nuestras cosas. 

jueves, noviembre 09, 2023

LAMENTO GRONE

Actor: Coco Gutiérrez / Foto: Sebastián Mazuelos / Barrvnto. Septiembre 2023.

Quisiera gritar un gol pero me sale espuma / el tiempo de gloria ha sido una fiesta post pandemia / han hecho de la previa algo tan masivo como el partido mismo / esto es fútbol y el fútbol es vida / la vida, según mi criterio de poeta / es como el registro de un electrocardiograma / subes y bajas y en esa intensidad se va reflejando la vida / ganas y pierdes cada segundo de tu vida / en la cotidianidad de las calles de La Victoria la vida transcurre a un ritmo intenso / la alegría les pertenece / seguramente al otro lado también hay fiesta y con sus rituales urbanos / por aquí hay salsa y sabor / ahora un sabor agrio de la derrota / como la historia de Barrunto / Alianza pierde el clásico del siglo / y luego muere Sandro Baylón / Así es Alianza / entre el último día del 99 y la madrugada del 2000 murió uno, el capitán / pero antes, en el 87 ya habíamos perdido al capitán, al entrenador, al equipo completo y a once barristas / y desde ahí / surgió de la nada del mar un nuevo equipo / diez años después pudieron lograr el campeonato nacional / eso es el fútbol y eso es el Alianza Lima, un vaivén de sensaciones / de intensidad / .  / en la previa del partido la gente bailaba, bebía, gritaba, aplaudía, reía. De pronto, un mal hincha, que hay miles, lanzó un coete que disparo hacia alguien que le quemó la cara / el pata se fue al baño de la tía Pocholita Corazón Para Tomar, y volvió con la cara llena de heridas, el brazo también lo tenía lleno de quemaduras / sus amigos le decían que se vaya a a una posta / pero seguía grogui / el coete le había caído en la cara y en su reacción el fuego le tocó los brazos / quedó tirado como el Condor Rojas en el Brasil Chile donde suspendieron el partido / en este caso al hincha de Alianza sí le cayó el proyectil / el amigo no hizo caso / siguió tomando cerveza helada / pero cuando pasaron las horas y el partido se acercaba / la cerveza ya te la daban tibia / entonces el amigo se comenzó a sentir más acalorado y entró en cuenta que tenía quemaduras serias / y se fue / pero antes vendió su entrada y triplicó su precio / le habrá servido para algo en emergencias / . /  De pronto, la fiesta del Alianza se convirtió en una batalla campal motivado por la frustración de no ganar / horas antes, hordas blanquiazules iban en turba por la vía expresa y le quitaron la motocicleta a un policía / un loco calato se subió y zigzagueando agarró vuelo y se arrancó con la moto / la gente inmortalizó el momento en las historias de Instagran / La gente aplaude y valida cuando degradan a los tombos / no se les tiene respeto sobre todo cuando forman tumulto y el anonimato se hace masa traicionera.

Yo voy al estadio Matute desde que tengo cuatro o cinco años / mi padre me llevaba junto con mi hermano Rafo y pasábamos los tres con una sola entrada / mi papá encomendaba a mi hermano con algún señor que estaba en la cola y yo iba con mi papá / un adulto podía pasar con un niño / pero hubo un año que ya no nos dejaron entrar porque ya éramos niños de catorce / nos quedamos afuera y Alianza perdió / escuchamos los goles contrarios por radio programas y los gritos de angustia desde la tribuna / Así hemos vivido resultados de vergüenza. Como el gol de Baroni en sur, luego del baile que Nunez le hizo a Bam Bam Valencia / recuerdo esa derrota del 93 porque al salir, con mi hermano estábamos tan borrachos que el carro se nos perdió entre las calles de Mendocita / antes por ahí nadie pasaba / solo se podía estacionar / pero ahora todos venden cerveza, comida, ponen música o ponen el televisor para ver el partido / ayer que jugaba la final Alianza habían anunciado una orquesta / la gente ya estaba sabrosa / la gente de la barra que se organiza para manejar los cánticos y las banderolas que se cuelgan en la tribuna / Todo eso me ha fascinado desde siempre / toda esa cultura que se hace basado en la blanquiazul / por eso escribí el cuento Barrunto, que ya tiene 23 años y que gracias al aporte de importantes artistas ha trascendido a otras esferas como el cine, el comic, el ensayo social y el teatro.

Este año, con la autoría del actor y dramaturgo Herbert Corimanya, se pudo estrenar por todo lo alto la obra teatral BARRVNTO, cuyo eslogan comercial fue 'la obra que todo hincha de Alianza debe ir a ver'.

Y sí que fue la gente, se fueron sumando hinchas con sus camisetas y llenaban la sala. No vi en toda la temporada de septiembre que haya salido alguien de la obra con cara de insatisfacción, por el contrario, la gente salía extaciada, salía más hincha que nunca / .  / tanto así que comenzamos a hacer llaveros y pusimos un módulo para vender el libro 'Soy de Alianza', del gran autor Martín Roldán.

La temporada fue un éxito. Sin embargo / es importante hacer mención que recibimos apoyo de la barra aliancista, y gracias a su aporte pudimos ponerle un sello de calidad única / Pero de parte de la dirigencia solo recibimos indiferencia / Un ninguneo al punto que llegamos a la conclusión de que la administración actual estaba ocupada por hinchas apasionados / el sesgo se manifestaba por el poco interés de apoyar una ambiciosa propuesta cultural que podía impactar no solo en los hinchas, sino también en los propios deportistas / Aún recuerdo que había un dirigente dueño de un colegio / Constantino Carvallo, cuyo colegio Los Reyes Rojos permitió que una generación de Alianza Lima tenga un chip distinto / fue una generación con una mentalidad competitiva / con ganas de triunfar y sí que lo lograron como Paolo Guerrero, Farfán, el zorrito Aguirre, incluso los hermanos Guizasola que ahora manejan una ONG; supongo que tiene que ver con la inspiración que les dio Carvallo al darles educación y una forma innovadora de formar a un futbolista.

Una premisa concreta: un deportista que lee un libro, que ve una obra de teatro o ejerce un comentario crítico de lo que ve o lee, ese deportista va a tener mayores perspectivas mentales a la hora de la alta competencia. 

Pero la directiva del Alianza simplemente se desinteresó de nuestra obra, de la posibilidad de llevarla a divisiones menores de voley, fútbol femenino y el fútbol masculino. De darles un valor diferenciado al crecimiento deportivo de un prospecto / soy un convencido de que un deportista, así como un hincha que se cultiva con una obra inspirada en su club, será mejor persona / y durante la temporada fueron hinchas que jamás habían ido al teatro / y les pareció una experiencia renovadora / fue un triunfo en todo sentido y la reivindicación de la cultura en favor de los colores de un club / .

 Aún así la dirigencia prefirió invertir el dinero de las arcas del club en contratar estrellas que se fueron lesionando con el transcurso de las semanas / aparecían en videos ebrios cuya argumento de excusa era que sí, estaban borrachos pero se encontraban acompañados de sus esposas / .  / o invertir en un jugador que se le renovó contrato millonario de un año aún estando lesionado / no jugó ni un partido en el año y cuando a las justas pudo ponerse a tope, ya era la final / y tuvo la sinvergüencería de ponerse a disposición a través de la prensa / lo cual refleja el mal manejo que se ha tenido desde la administración y la comunicación / tal vez no han leído libros ni visto películas ni obras de teatro sobre Alianza ni sobre nada / a lo mucho habrán leído autoayuda pero no les funcionó porque denotaron a la hora de tomar decisiones que tenían poca capacidad de análisis / como un futbolista que se nubla cuando pasa la banda y se pone en situación de ataque pero ya no sabe qué hacer, si tocarla, centrar o patear al arco / las variables de solución se le reducen porque simplemente no han desarrollado esa capacidad / eso solo se desarrolla estudiando una carrera, consumiendo información de valor / un libro / una buena película que no sean la decadencia de las productoras publicitarias que ahora hacen cine para la risa idiota / . Hasta ahí llegó su criterio / 
Entonces eso explica las decisiones que se tomaron como apagar las luces del estadio de Matute para que el clásico rival no pueda celebrar frente a cámaras / sin pensar en el riesgo que significó / una posible tragedia que reviviría a La ópera de los fantasmas, de Jorge Salazar y su tragedia del Estadio Nacional.
Ese tipo de limitaciones mentales para tomar decisiones son el resultado de no haber leído un libro y tener la posibilidad de sensibilizarse. Por eso la gente apasionada pierde la razón y se nubla en situaciones que aprietan. Y un hincha engorilado jamás podrá dirigir una institución.

Este año que mi cuento Barrunto ha logrado la trascendencia del multiverso aliancista, noté una cosa en dos circuntancias distintas: primero fue la presentación del libro 'A la victoria volveremos', del compilador Kike Gómez. Yo fui buscando a Carlos Zambrano para hablarle de la obra de teatro y ver si nos tiraba una onda. Pero Zambrano estuvo siempre rodeado de niños, y si no era de niños era de ayayeros. Lo que más resaltó de su participación fue lo primero que dijo: "no he leído el libro".
Es decir, lo invitan a la presentación de un libro y ni siquiera tuvo la delicadeza de darle una ojeada. Peor aún, decirlo en público fue hasta ofensivo para los autores y la gente aliancista que estaba presente en la mesa, como Walter Oyarce y el literato Víctor Vich.
Yo fui con un ejemplar de Barrunto, pero nunca llegué a él. Solo pude hablar con su amigo el comba Cueto, a quien le expliqué mi intención. Pero nunca hubo contacto posterior. El libro habrá quedado junto al otro que presentó y no leyó.
Meses después me invitaron a presentar el libro Soy de Alianza, de Martín Roldán, donde invitaron a la mesa a la futbolista Sandy Dorador, que por cierto llegó tarde a la mesa, y lo primero que dijo: disculpen no he leído el libro. 
Entonces veo su historial virtual y me aparecen noticias de que la jugadora había sido suspendida por celebraciones discriminadoras, y no pudo jugar la final que también se perdió contra la U. Quién sabe y si hubiese leído o siquiera ojeado una páginas de este maravillo libro de Roldán, podría tener una amplitud de pensamiento que le haya permitido controlar sus emociones.
Lamentablemente estamos en un tiempo en que se celebra la pendejada, se premia al borracho, se le renueva contrato al que tiene mejor representante, mientras la identidad de los colores íntimos se van forjando en el corazón de la humildad.


domingo, octubre 15, 2023

EL PADRE JUAN Y SU MONAGUILLO JUAN JOSÉ, PORQUE EN LATINOAMÉRICA MATAN A LA GENTE PERO NO MATAN A LAS IDEAS


Días previos al estreno de la obra de teatro Barrunto me encontré con personas importantes en mi vida.
Primero, en la plaza de armas, me encontré con el padre Juan.
Me le acerqué y le dije Padre Juan, gracias a usted soy lo que soy, se lo debo. El padre Juan me miró sonriente pero no lograba recordarme bien. Le dije, Padre Juan, soy el autor de Barrunto, usted me ayudó en mi carrera. Se acuerda de la Federación? de la Asociación de estudiantes? Usted financió mi viaje a Luxemburgo. No lo recuerda?

Pero el padre Juan dijo que había ayudado a miles de personas. No podría recordar quién era yo. Quería decirle que la otra vez me habían invitado a la PUCP y un doctor antropólogo había dicho que yo era una leyenda, y eso se lo debía al padre Juan. Ya no quise insistir más. Me hubiese tomado una foto, pero no sirvo para figureti. Desde que el doctor en la PUCP me dijo eso de que venía de un Lago a fundar un imperio, siento que yo ya no soy yo. O tal vez piensan que soy alguien que alguna vez fui. Pero ya no está aquí. Ya no vive aquí.

Cuando estudiaba en la universidad, consideraba a la gente que iba a la especialidad de televisión como gente idiota, maricones afeminados y frívolos. Y desde hace siete años me tuve que tragar el orgullo y comenzar a conducir mi programa propio. Pero para llegar a esa decisión tuve que viajar mucho y el padre Juan fue fundamental. Primero mi papá, porque el primer viaje a Colombia me lo pagó él, a la asamblea bolivariana de estudiantes de comunicación. Lo que no le dije a mi papá fue que el padre Juan también nos había auspiciado. Entonces fuimos con doble viático. Volví con camisetas de la selección, recuerdos y a una llama encendida que tenía que ver con la lucha política. 
Gracias a la federación latinoamericana de estudiantes de comunicación social pude conocer gente importante. Por ejemplo Fernando Meza  de Chile, a quien conocí en Montevideo en el año 99, él ya conocía la ciudad así que gracias a él me inserte en el mundo de la noche, y sobre todo ir al estadio Centenario. Luego hemos coincidido en Panamá, en Bogotá, en Isla Margarita, en Santiago y ahora en Lima. Grandes amistades que se forjan gracias a la política y el arte. Recuerdo que Fernando hacía cine con cintas de VHS que cortaba y pegaba con cinta. Y en Colombia, donde hicimos turismo urbano e incluso nasal, porque era el deber conocer a fondo el país de la coca. Fernando vio de joven a Sumo en vivo, en Viña del Mar, y le voló la cabeza. Y además, Fernando es chespiritólogo, incluso su tesis de licenciatura la hizo sobre Bolaños.Así que cultura y conversación había cada vez que hemos coincidido. 
Ahora ha venido con su esposa y su hijo para ver el estreno de Barrunto, 23 años después. 
Aproveché para que mi sobrino Amaro se suba al escenario conmigo y hagamos la reverencia al público cuando el público aplaudía a los actores. Les robamos un poco de su fama.
El niño se sintió cautivado y pienso que será artista. Sus papás quieren que sea futbolista. Pero lo que sea pienso que haber ido al estreno de la obra de teatro de su tío peruano debe haber significado algo importante.

Me preguntan mis amigos qué se siente la trascendencia.Qué significa que después de 23 años mi libro Barrunto siga con vida. Tal vez hay un sentimiendo de mayor culpa como la vez que en la PUCP me engañaron que yo era una leyenda, me bajaron el autoestima.
No sé, igual no tengo para comprarme una lata de cerveza, ni un cigarrillo. Menos comer una vianda. Debo volver a casa en micro, o caminando si ya la hora me ha ganado. Mis zapatos se gastan rápido, debo seguir caminando con el hueco en cada paso. Al menos no tengo que correr de nadie. A nadie le debo, menos temor le pueda tener a nadie. Solo a la oscuridad. A veces salimos del ensayo tan tarde que la gente duerme. Una semana antes del estreno nos botaron el local donde estábamos ensayando. Llegó una manada de señoras en bata de noche, gritando, con ruleros, diciendo que nos vayamos que ya estaban hartas de escuchar malas palabras, tanta bulla, tanta vulgaridad. Y si no nos íbamos al día siguiente traerían a la prensa. Eso lo vimos bien, wow, que venga a prensa a vernos. Pero al dueño del local no le gustó para nada la idea y nos dijo que teníamos que desalojar. Ya nos tenía medio a distancia porque el trato con el espacio iba por incluir a su hija en el elenco teatral. Su hija, que era de un canal clandestino de su vida amorosa familiar, tenía 17 años y quería ser actriz. Había hecho unos talleres pero cuando le tocó demostrar, no pintó. Y no se le pudo incluir en el elenco. Ella quería ser actriz, pero la gente que estaba en la obra ya eran profesionales con varios años en el arte. El señor lo tomó muy mal pero ya habíamos firmado el acuerdo y luego se fue de vacaciones a Europa tres meses. Por eso nos dejó ser, pero cuando vinieron las tías pitucas de San Isidro, y como amenazaron con multar al insituto al que le  pertenecía el local, decidió unilateralmente que nos vayamos. Adonde, adonde sea,  pero se me van. Entonces encontramos una casona en Barranco, casi abandonada, gestión de Fiorella Luna, actriz del elenco y super conocida como actriz de cine, novela y publicidad. Yo me sentía un poco opacado en los ensayos con tanta luz que se juntaba. Tanta estrella. Coco el actor principal, famoso desde los cinco años. El que me interpreta en la obra, un chico talentoso y con medio millón de seguidores. Cada vez que acaba la obra, la gente se queda para esperarlo a él. Le dicen ven baila quinceañera, Maricucha. Una vez vino un señor y le grito cachudo. Y él tranquilo, se tomó foto con el señor. gracias, cachudo, le dijo el tío. Borjas tranquilo nomás sonríe. Sabe su negocio. Hubo un momento en que los actores pidieron a la producción que yo deje de tomar con mis amigos, desconcentraba a la gente durante los ensayos. Pero no se podía contener la algarabía de la gente que me conoce hace 23 años cuando hice Barrunto. 
Yo estaba en Bogotá. Mi amigo Ariel nos ubicaba en el contexto, estábamos en el Bronx, o también conocido como El Cartucho. No buscábamos un libro, pero me recomendó: parcero, si usted quiere conocer buena literatura, este libro es ideal para usted. Era el libro 'Que viva la música', de Andrés Caicedo. Ahí descubrí el camino. 
Al tiempo, ya cuando terminé la universidad y era complicado seguir con la vida de dirigente estudiantil. Pero el padre Juan me recomendó como docente investigador. Y también me dieron un curso electivo de literatura para chicos de primeros ciclos. Y estuve tres años trabajando en una tesis sobre la jerga que nunca comencé. Después de tres años solo tenía medio capítulo. Todo el tiempo me la pasé escribiendo, creando o rompiendo reglas gramaticales en la computadora. 
Cuando me comunicaron que no iban a renovarme el contrato, fui a buscarlo al padre Juan, pero ya no me atendió. Con el último sueldo imprimí la primera edición de Barrunto. Con ilustración de David Collazos, una réplica digital de Jean Michael Basquiat. Sacamos mil ejemplares y comenzó a rodar la pelotita. 
Se libro se posicionó bien, tenía saoco, quimba, driblin  y harto chocolate. Tenía aguadito pero también ají. Tenía curruñao. Era una época loca en que parábamos en el malecón de Chorrillos, en la casa de Kabriel, una cabaña que construyó en un piso falso, se veía el mar. Ahí me hicieron las primeras entrevistas sobre el libro. Entonces aproveché para despotricar. Me invitaron a una entrevista con el gran Alonso Cueto, y llegué en mal estado hablando cosas negativas, karmosas y oscuras de mi vida. No me censuraron pero sí logré que la gente capte atención de mis palabras. También hablé mal de algunos amigos escritores con mucha reputación y eso creo que pegó bien. No se olvidaron de mí. Ha pasado tanto tiempo y que sigan hablando del libro, o de las cosas que digo, dicen mucho de mí. Bien y mal. 
Así estuve varios años tirando mierda en los medios, todo lo que escribía era resentimiento, veneno puro. Me botaron de algunos talleres literarios por leer textos aberrantes para los asistentes, había a veces gente adulta mayor que iba con sus poemas de amor, y yo odiaba a todos los que aman. Me invitaron a retirarme. Me gustaba el taller porque lo dictaba la esposa de un poeta mayor que me tenía afecto. Me dejó un libro de Andy Warhol autografiado donde dedica 'de un ángel a otro ángel'. Eso significó para mí una señal. Enrique había leído Barrunto y me dio la bendición. Luego me pidió cinco luquitas para una cajetillas de cigarrillos y yo le saqué una moneda falsa. Pero apenas la tocó la sintió bien y dijo oe tu crees que soy sonso. Y se cagó de risa. Luego fuimos a tomar vino. 
Igual seguía resentido con la vida, con mis papás, con todos. Me odiaba y me quería morir. Y odiaba a todos los escritores del país, peor si tenían mi edad. Hice de la bilis una forma de expresión. 
Hasta que a fines de 2008 alguien me escribió un correo que decía: tú no sabes quién soy yo, pero yo sí sé quién eres tú por tus libros. Y te quiero invitar al salón del libro de Luxemburgo. Noemí era la presidente de la asociación cultural peruano luxemburguesa y me propuso ir allá. Solo necesitaba una inyección, un pasaje que garantice mi presencia. 
Años antes de que me boten de la universidad por no hacer la investigación sobre la jerga, tuve una conversación con Jorge Salazar, autor del libro 'La ópera de los fantasmas', sobre la tragedia en el Estadio Nacional. Yo quería que él me consiga chamba, para eso fui, y para eso también le llevé un queso cusqueño que me había mandado mi novia de ese entonces. Pero Salazar me dijo usted lo que tiene que hacer es seguir viajando, conociendo, oliendo, descubriendo. Debes tener encendida la llama del interés y la ambición de crecer. Y debes tenerlo siempre presente lo que quieres, porque cuando se dé la oportunidad, tu propia energía hará que eso que tanto querías, llegue a ti.
Ese momento no lo entendí, es más me sentí estafado. Yo quería que me recomiende en una chamba. Pero nada, salí de su edificio sin chamba, sin queso que en realidad era para mi abuelita, y sin plata. Tuve que volver masticando mi derrota hasta mi casa.
Pero cuando me escribió Noemí, para invitarme a Luxemburgo, y que necesitaba conseguirme un pasaje para estar ahí. Jorge Salazar ya había muerto. Es más, cuando llegué al velorio ya se lo habían llevado. Pero me acoerdé del padre Juan y pedí audiencia en la universidad. Y me dio unos minutos, minutos que aproveché no para pedirle auspicio, sino para exigirle que necesitaba ir a Europa porque me habían invitado al salón del libro de Luxemburgo. No tenía para comer, pero me habían invitado al país más rico del mundo. El padre Juan firmó mi carta y me dieron mi pasaje en tres días. Mi primera vez en Europa. 
LLegué con la billetera raquítica, tenía a lo mucho 200 euros que cuidaba como oro. Adentro mío, tenía intenciones de quedarme, escaparme, no volver. Pero fue lo primero que me dijo Noemí: no se te ocurra quedarte aquí, porque la migración es muy dura. 
En mi ilusión, pensaba que con mi presupuesto iba a alcanzarme para visitar a mis amigos, Mauricio estaba en Madrid, Luchini estaba en Touluse, y Romero estaba en Dublín. Sobrado la hago, pensé. Pero mi tía Tania, una de las mejores amigas de mi mamá, vive en Alemania y me dijo sobrino, de Luxemburgo toma un tren hasta Frankfurt, yo te recojo. Eso hice, luego del evento donde me sentí en Babel, escuchaba tantos idiomas raros que a veces me quedaba dormimdo. No hice amigos pero me hicieron entender que el oficio que yo hacía era valioso para ellos. Pusieron un enorme afiche A5 con mi cara y mi nombre, y mi nacionalidad. Y firmé mis libros, y aunque cuando me dieron el micrófono hice lo que yo pensaba que era lo correcto: despotricar, hablar mal, tirar veneno con ventilador. Pero la gente que me compraba libros y me pedía que les firme, me pedían que hable, que diga esas palabras que no están en el diccionario, pero que eran parte de una oralidad exptica. Habla, barrunto. Habla. Y luego Noemí me aconsejo tanto que aprendí a no hablar mal de nadie ni de nada. Y aprendí a valorar mi oficio para preservarlo y no ensuciarlo con mis miedos.
Cuando llegué a Alemania, mi tía me preguntó de cuánto disponía, me había ido muy bien con la venta de mis libros y había duplicado mi capital. Pero igual todo era carísimo, el tren nomás me quitó una extremidad. 
Entonces me propuso que me quede, tenía tres semanas libres. Y ella en su casa tenía espacio de sobra. 
Mi tío Cord, el esposo de mi tía Tania, es médico y hablaba español porque su doctorado lo hizo en México. Gracias a Cord conocí tanto que estoy agradecido de por vida. Sobre todo porque en ese entonces llevaba unos dolores lumbares, me querían operar en el seguro de la columna, y allá en su consultorio viendo cómo hacía procedimientos de infiltraciones de analgésicos, le dije, tío, tengo 500 euros, hazme una infiltración. Pero sonrió y me dijo: sobrino, tú estás sano. No necesitas nada. 
Y nunca más me volvió a doler la columna. Y cuando me duele, me tomo una pastilla (o seis) y me acuesto tranquilo. Yo estoy sano.
Mi tío Cord estudió en Berlín y fue taxista para costear sus estudios. Nos llevó un fin de semana a Berlín y en su auto nos pasó desde el orienta hasta occidente, luego fuimos al muro y por la noche nos tomamos una copa en un hotel con una pecera gigante. Mi tío creció en la guerra fría. Igual que el padre Juan, que es belga, igual que el fallecido Hendrix, su amigo belga que trabajó muchos años en la universidad. Era bibliotecario, pero se puso viejito y lo mandaron a la oficina donde yo trabajaba. Y como yo no trabajaba nunca, me hice muy amigo de Hendrix. Además, Hendrix vivía cerca de mi casa y tenía una botica de nombre Amberes. Además, su hija Melissa era guapa y todo el barrio pasaba por la botica para verla. Luego se hizo productora de cine, y alguna vez le obsequió Barrunto. Y a los años vi que había producido una serie televisiva sobre barras bravas y hablaba del Alianza, y sentí que había tomado algo de mi libro. Hendrix habla poco español, y yo estaba estudiando la jerga. Fue un buen amigo Hendrix. Mi tío Cord también, sumamente inteligente y conocedor de la historia de la guerra, tanto porque la había vivido como por su vocación de lector. Le gustaba la música y coleccionaba discos. Tenía un estéreo inmenso que sonaba increíble. 
Cuando volví a Lima del viaje a Luxemburgo y Alemania, vine con buena cantidad de plata y de frente fui a pagarle al banco. Mientras estuve en Europa apareció una entrevista con el Chema Salcedo que hicimos días antes de irme de viaje. Y cuando salió, ese fin de semana jugó Alianza, y algunos dirigentes le mencionaron a mi papá que yo había salido en televisión. Me lo contó mi hermano el negro. Que me había hecho notar aun sin estar ahí. El tiempo ha seguido pasando y Barrunto sigue sólido, sigue creciendo. Me han seguido engañando, ahora a la gente se le ha ocurrido decir que Barrunto es un libro de culto. Yo ya no creo nada. Es como si mi libro ya no fuera mío, que ahora forma parte de un imaginario. 
Esa época en que escribí Barrunto, también frecuentaba la casa de Ronieco, que ya había dado de baja a su banda grunge Actitud Frenética, y había fundado Mamitud. Tenía canciones alucinantes, psicodélicas, rockeras, pop y mucho color. Tenía mucho de Brian Jones. Ese material ya no existe, no se ha podido recuperar tras la muerte de Ronieco. Fue una época intensa. 
Hace poco, buscando en mis cajones nosequé, me encontré un manuscrito de Ronieco, fechado en diciembre del 99. Se titula 'Amiguita Sacabientera'. Dinamita pura. Le avisé a su hermano Guido y me dijo que quería leerlo. 
Justo me invitaron a la presentación del libro 'Soy de Alianza', de Martín Roldán, en la librería Crisol de San Miguel. Aproveché para ir a visitar a la tía de Ronieco y a su hermano Guido. Les llevé el manuscrito y unas fotos de Ronieco de la época. Guido me dijo que mi sobrina Julieta estaba ahí, así que fuimos a la presentación del libro y aproveché para hacer una mención de la presencia de la hija de Ronieco, Julieta. Ella también tiene la misma cara de Ronieco. Igual que su mamá, que salió a la puerta y lo reconoció al Waro. La señora se emocionó de alegría por vernos, pero luego dijo que había estado mal de salud, y la tía estaba aún peor, estaba en cama. Yo sentí que de pronto en el rostro de la señora se hizo la cara de Ronieco de aquellas épocas en que parábamos en su casa haciendo bulla, emborrachándonos escandalosamente hasta que llegaba el serenazgo. Era la cara de Ronieco de los noventas, rebelde.

Y le dijo al Waro: por qué me has abandonado? Ya no visitan. Aquí hemos sido tan felices con ustedes en la casa. Pero así es la vida: cuando uno muere, los amigos también mueren.

jueves, septiembre 21, 2023

martes, agosto 29, 2023

QUE VIVA LA MÚSICA DE BARRVNTO


La palpitación de mi locura es lo que manda. Un día más es un día menos según cómo estés, si dormiste bien o no dormiste, si no dormiste al menos lo intentaste hacer, o te fuiste a la calle para matar al demonio que te domina. Yo siempre quiero escapar de todo. De mi pasado sobre todo cuando trato mal a la gente. Y me dan ganas de no estar más. Luego aterrizas y vuelves a volar. Todo cambia en segundos. Mi tía me vio a lo lejos y no pude ocultar mi mal olor. Me le acerqué, estaba en la puerta de un colegio donde estudian sus nietos. Me dice que lee, me sigue y me ruborizo. Me avergüenzo de mí mismo. Qué dirán? Creen todo lo que digo o terminan por determinar que nunca estuve del todo bien. Usualmente no miro a los ojos y esquivo la mirada, o la entierro sobre mis pies. Pero verla era volverla a recordar. Cuando entraba a la adolescencia experimentaba arranques de excitación y mi tía era mi favorita. Verla era ir a esconderme y pensarla para siempre. Ahora que ha pasado un año del intento de asesinato que sufrió, verla me produce dolor de solo pensar lo que tuvo que hacer para sobrevivir. Me dio gusto encontrármela. La busqué durante el velorio de mi tía abuela, su mamá. Ambas asiduas a mis presentaciones, entusiastas lectoras de mis libros y promotoras de mi literatura. Es la gente que más vale. Por eso cuando llegué al velorio pensaba que la vida es así, que la gente se va, la edad. Quería dar abrazos contento, dar esperanza, fe. Pero nadie sonrería. Quería saludar a mi tía y abrazarla por la pérdida de su mamá. La mía ya estaba por llegar. Solo sabíamos que mi tía había fallecido y había que asistir al velorio porque la familia Sandoval siempre ha estado unida. Entonces vi a una mujer que se parecía mucho a mi tía. Y tal vez la pandemia nos había cambiado. Tía Ceci? Le dije confundido. Y no, me dijo. Soy tu tía Liz, su hermana, vengo de Huston. Acabo de llegar. Tú quien eres? Bueno yo soy Sandoval, hijo de Carlos y Maruja. Pero, dónde está mi tía?, le pregunté ya un poco más cauto. Tú tía está en la clínica, la operan hoy de emergencia. Ella sí sobrevivió. Le agradecí la información y me acerqué donde estaba mi padre y algunos de mi hermanos. Y a lo lejos vi a mi Lalo, ex esposo de mi tía Ceci. Mi tío Lalo también es gran lector y su hijo menor quiere ser escritor. Me lee por internet. Tanto como mis recuerdos de infante y mis autoacercamientos eróticos pensando en mí tía Ceci, eran fuertes como la separación de mi tío Lalo, sobre todo porque se emparejó con una joven que era menor que su hija menor. Lo volví a ver poco pero las redes sociales permiten esa magia. Conocer a tus lectores, descubrir gente que te sigue a través de lo que publicas o piensas, o alucinas e inventas en nombre del arte. 
Estuvimos hablando un rato, estaba una vecina de la familia que era periodista del Trome, y la conversación evitaba que yo sacie mi inquietud. Pero mi ansiedad pudo más, corté la conversación y le pregunté. Tío, qué ha pasado? Y justo cuando me iba responder, llegó mi tío Andy, hermano de mi tía Ceci. Y todos lo abrazaron. Era un pésame raro. Mi tío llegó a decir que el jardinero de la casa de Cieneguilla, ahí donde los Sandoval hacían los encuentros familiares más emotivos, se desquició y atacó a la anciana mujer y a mi tía Cecilia con la pata de cerámica del tanque del water del baño. A lo que mi tía había sobrevivido al ataque, sin embargo, su estado era bastante reservado y requería una operación de emergencia tras una desfiguración total de su rostro.Apenas llegó mi mamá le pedí que no pregunte por mi tía Ceci, vi a mi prima su hija y la volví a saludar. Ya no sabía qué hacer para manifestar mi solidaridad con lo que había escuchado.
Mi tía Angelita no se merecía un castigo así. En realidad nadie merece que le toquen este tipo de situaciones. Mi tía Ceci estaba en su auto y yo afuera le iba diciendo que las cosas no iban bien, que la chamba estaba baja y que se iba a poner peor. Pero ella venía de sobrevivir a un intento de asesinato. Donde tuvo que reaccionar ante la adversidad para salvar su vida. Yo intentaba ver, sobrino, y decía por qué no puedo ver, por qué si abro mis ojos. Y era que mi cara estaba hinchada sobrino, mi cara estaba coagulada y el maldito solo decía ya perdiste. Ya perdiste. Pero no sobrino, yo he estado mucho tiempo pensando que yo había perdido. Y el maldito aparecía en mis sueños y me decía ya perdiste, ya perdiste. Y no, sobrino.Yo no perdí, yo gané. Yo gané a la muerte. Él perdió. Se morirá preso. Y yo gané, estoy viva. Sobrino, la vida te cambia en cualquier momento. Y te lo cuento a ti porque tú eres escritor y lo debes saber. Yo la verdad venía de un estado depresivo que me empujaba constantemente a cuestionarme la vida. El pesimismo embriaga, pero mi tía me puso en sus zapatos. Necesitaba hablar con alguien. Y dios me la puso en mi camino para decirme que aún es posible seguir viviendo. Ella sobrevivió a un intento de asesinato, pero su mamá no. Aunque mi tía Ceci tuvo la piedad de Dios que no le permitió verla a su madre ser atacada mortalmente con el mismo objeto contundente con el que la dejaron casi muerta. 
Los medios no dijeron mucho pero el noticiero de veinticuatro horas levantaron la noticia desde el parte policial. También salió en El Popular y detallaron los pormenores del ataque. Una anciana de 90 años fue asesinada por el jardinero, y su hija se encuentra grave. El hecho ocurrió en Cieneguilla y se investigan las causas del hecho. Según el reporte de la fiscalía, el asesino actuó bajo efectos del alcohol, lo que conllevó al ataque con la tapa del tanque del water. 
A mi tía Ceci por contarme lo que vivió le vino el dolor de cabeza. Me dijo que estaba con chichones, y su rostro denotaba diversas marcas y cicatrices que daban a entender la magnitud del ataque. Como quisiera que mi tía Ceci vaya al estreno de Barrunto, la obra de teatro. Pero temo que se pueda sentir aturdida, necesita tranquilidad. Hubo un tiempo en que estuve en el lado oscuro y casi me voy de este mundo. Terminé internado por crisis de ansiedad. Y trunqué la posibilidad de publicar mi tercer libro titulado El artista de la familia. Pero volví a los meses y presenté el libro en la FIL, y mi tía Angelita fue a la presentación, también mi tía Ceci y mi tía Dochi. Todas Sandoval, lectoras y orgullosas de mi labor. Están los videos de la época donde sale mi tía Angelita y la saludo. Hace unas semanas atrás estaba borrando archivos de mi computadora y me encontré con un audio del wasap del 8 de diciembre de 2021, santo de mi mamá y fecha en que atravesaba un tratamiento de quimioterapia para vencer el cáncer de seno. Había perdido el cabello y estaba sumamente deprimida y suceptible. Y mi tía Ceci mandó un mensaje enviándole feliz cumpleaños y mucha fuerza, que la vida era una maravillosa experiencia y que debía seguir adelante. Había que luchar, y a lo lejos se escuchaba a mi tía Angelita, feliz día Marujita. Se escuchaba su voz bien viejita pero con tanta alegría. Entonces hice el audio con una foto de mi tía Angelita y se lo mandé a mi tía Ceci como video. Y le puse la frase "la gratitud es la memoria del corazón". 
Ese día, como todos los lunes últimamente, salgo de mi casa y no vuelvo hasta la medianoche, voy de Miraflores al centro de Lima en Metropolitano y hago mi programa en vivo. Allá tengo una camisa, un saco y una corbata de utilería. La camisa huele a sudor de varios meses. Está impregnada de mi sudor. La lavo en cambio de estación, por cábala. Ese programa lo hice inquieto porque me había encontrado con mi tía Ceci y me contó cómo sobrevivió al ataque. Me quedé pensando en ella semanas. Pero ese programa, cada corte comercial, me iba al baño a llorar un rato. Luego echarme colirio y proseguir. Y saliendo, ya que tenía que estar en el ensayo de Barrunto, me puse a tomar. Los lunes además de ser el día más cargado de trabajo es también el día que más necesito alcohol. Y llego a ver a los actores en un estadío de efervecencia completo. Ese día había ensayo pero era especial porque iba a ir Ari, una poeta ex pareja mía y que ahora vivía en Tarapoto, pero estaba con su novio francés de pasada por Lima así que bajó al ensayo de Barrunto. Algo me había contado que su hija mayor estaba un poco confundida y agresiva. Le hice un cuaderno collage y le escribí un texto en la primera página. Le puse sobrina, no le hagas caso a tus padres, sé libre. Ellos te trajeron, que ellos te mantengan y págales con mala moneda. Ante la timidez, la autodestrucción. El sexo es el acto de las tinieblas y el enamoramiento la unión de los tormentos. Unas frases que me quedan en la cabeza de la novela Que viva la música de Andrés Caicedo. Libro que inspiró mucho a Barrunto. Me compré ese libro en versión pirata en Bogotá. Cerca del Bronx. Ahora ya no puedo ir a Bogotá porque mi amigo Martín está mal, le pegó una infección en la servical y no puede caminar. Necesita ayuda. Yo quisiera ayudar pero no puedo conmigo mismo también. Cuando siento que la crisis me va a embargar y no tengo solución de nada me pongo a escuchar a Facundo Cabral, pienso en mi tía Ceci y celebro su reivindicación de vida, pienso en mi viejita que a pesar que va olvidándose las cosas nunca olvidaremos que batalló contra la muerte y tuvo que ser valiente frente a lo que decían los médicos. O me pongo a pensar en mi sobrina Hanna, que la manda a la mierda a su abuela y le dice que se vaya o abandona el colegio. Prefiere dibujar. Pienso en gente luchadora que me inspira porque se necesita darle batalla a todo. 
El día del velorio de mi tía Angelita, su hijo mi tío Andy tuvo que dar las palabras a nombre de la familia. Pero su estado era de furia y resentimiento. Por eso cuando al cura le tocó hablar lo mandó al carajo. Le dijo, a usted le pagan por rezar. Usted no sabe lo que le han hecho a mi madre. Váyase a la mierda. Amén. 

domingo, julio 16, 2023

LA RATA DE BARRUNTO



Un país que no ve su teatro, que no lee a sus autores ni ve las películas que hacen sus compatriotas, está destinado a la mediocridad política que nos gobierna. No es culpa del ladrón de ilusiones. A veces es culpa nuestra al despreciar lo nuestro. Lo aprendí a cocachos. Golpe avisa. Era joven cuando me di cuenta, aunque ya era tarde. Estábamos en Montevideo con un amigo chileno y unas guapas edecanes que nos acompañaban, parte de la organización que hacía la asamblea latinoamericana de estudiantes de comunicación social. Participaban 17 países y era mi primera vez en esas lides. Estaba solo, era el único peruano y esperaban mucho de mí. Estábamos caminando por el centro cuando nos cruzamos con un grupo de folclore. Zampoñas, quenas, ponchos y bombo. Era peruanos. La edecán uruguaya me lo hizo notar: son tus compatriotas. Y grito: Hey, aquí hay un peruano. Lo cual me puso tan nervioso que metí mi cara como una tortuga hacia adentro. Aún era tímido, me avergoncé. Y me puse peor cuando mi amigo chileno, Fernando Meza, coleccionista y cinéfilo, ya tenía varios años como dirigente estudiantil. Me dijo: si yo viera a un compatriota fuera de mi país lo abrazaría, lo felicitaría y me tomaría una foto con ellos. Yo no supe qué responder. Como tampoco supe responder cuando al día siguiente en la asamblea latinoamericana, hice una presentación de mi país y luego pasé a una suerte de interpelación que me dejó maltrecho. Hablaron de Perú por horas, decían cosas malas casi todas. Me di cuenta entonces por qué ningún peruano quería ir, porque habíamos tenido por años malos representantes, corrompidos y farsantes. Y yo, cojudamente ingenuo, acepté ir solo porque quería conocer el estadio Centenario e ir a ver al Peñarol. Me comí el muerto. Cada país presente emitió un comentario largo sobre lo que era el Perú para la asamblea latinoaméricana. 
Era año 1999. Y de regreso tuve que hacer escala de once horas en Santiago. Ahí estuché por primera vez la canción 'Al lado del camino', de Fito Páez. Estaba maltrecho, humillado por ser peruano. Como yo humillé a los peruanos que tocaban folclore con mi saludo avergonzado. En esa escala en Santiago comencé a escribir Barrunto. Cuando llegué a Lima estaba totalmente borracho, pero guardaba un manuscrito que sería el primer borrador del cuento. Aún sobrevive en alguna caja abandonada de cartón, en el depósito de mi casa donde vivo con mi mamá. Borrador que llevé al siguiente viaje de la asamblea latinoamericana, que fue en Bogotá y donde descubrí a Andrés Caicedo y su libro Que viva la música. Entonces mi texto se fue haciendo fuerte, fuerte.

Este 2023, mi amigo Fernando Meza, que es el único amigo que conozco quien ha visto a Sumo en vivo, en Viña del Mar en el 87, viene a Lima. Especialmente para el estreno de Barrunto, la obra de teatro del Alianza Lima, en septiembre.
Mi amigo viene desde Chile a ver Barrunto y celebrar. De paso a comer bien también. También viene de Nueva York la actriz Jennymar. Una trujillana a quien le envié la primera edición de Barrunto a EE.UU., y ahora desea llevar la obra a NYC el 2024.
Así, están viniendo por Barrunto varias personas importantes para mí. 
Como lo es también el actor Alain Salinas. Quien desde la primera lectura de Barrunto, con todos los actores, hace seis semanas, vino desde Huaraz. Llegó y apenas pisó Lima nuevamente se ha parado de construir uno de los papeles más importantes de la obra: la rata.
Porque la historia de Barrunto sobre dos hermanos hinchas del Alianza Lima, la pudo haber escrito cualquiera. El hecho de que ocurran hechos que marcan sus vidas, también. Pero lo que hace realmente a Barrunto una historia trascendente es la presencia de una rata. Una rata que se cruza con Yimi, o Barrvnto, el protagonista principal, que lo interpreta Jorge 'Coco' Gutiérrez, experimentado actor que enfrenta un desfaío enorme al construir un personaje malévolo y sin escrúpulos, lo cual representa las antípodas de su personalidad. Porque Coco además de talentoso artista es una persona bondadosa. 

Yimi camina el domingo del clásico. Está de boleto, por Jesús María. Ya es de día pero el cielo de Lima nunca termina de aclarar. Él está necio. camina sin pisar las rayas de la vereda. Se cruza entonces con una rata muerta con una cola enorme. Barrvnto saca un paquetito con cocaína y le da a la rata. 

La rata es interpretada en Barrunto por Alain Salinas, actor de trayectoria importante, en cine, televisión y teatro. Y ahora viene consolidando el real diferencial de nuestra historia. La rata, que representa a nuestro país y a nosotros mismos. Una connotación profunda que identifica a nuestra cultura y el país.

Aquí comparto la lectura de un extracto del cuento Barrunto, leído en Radio Nacional en vivo, en el año 2019, en la promoción del evento en la Casa España donde se presentó por primera vez la versión teatral de Barrunto.