jueves, junio 03, 2021

ESTERILIZAR A KEIKO



A Keiko le ha venido su primera regla. Desde hacía días que se lamía la cosita. Recién tiene unos meses, nació el día del periodista. Por eso creo que es la hija que me ha dado la vida. El 1 de octubre en plena pandemia. Luego tuve que ir a recogerla enmascarado adonde Sarita de los Milagros. Ella tenía una perrita peruana sin pelo y con las orejas en punta. Pero la Keiko tenía pelo y las orejas caídas. Es más, tiene una cola grande, larga y de pelo trinchudo. Más que perra, parecía una zorra agringada. 
Pero me la llevé con mucho cariño, la acepté así como se aceptan los hijos feítos como yo. Lo mismo habrá sentido mi mamá cuando me vio la primera vez, pensé. 
Desde la primera noche durmió en mi almohada sobre mi cabeza. Al comienzo se aferraba a mi cabeza pero con los días se fue soltando. Mi idea era tenerla hasta que pueda ir a la casa de playa de mi hermano mayor. Yo tengo dos hermanos mayores, uno es el que tiene plata y el otro es el millonario. Esta casa de playa es del que tiene plata, tiene grandes jardines y hartos montículos para correr, además de la playa mitad piedra mitad arena. Siento que desde que la he llevado a la playa ha sido eternamente feliz. Corre, grita, encuentra huesos o cabezas de algún animal, a la basura no le hace mucho caso en la playa. Siempre hay basura que viene del río y desemboca en el mar. Nosotros somos el mar. 
El día que le vino la regla fue por la noche, porque amanecí con la almohada manchada de sangre. 

Pensé que era yo pero Keiko me miraba con cara de culpa. Entonces la llevé donde el veterinario, el doctor Figari. El doctor y yo hemos crecido en el mismo barrio, en Villa Coca, límite de Surco con Surquillo. Él vivía más cerca de la casa de Abimael que de El Padrino. Aunque más cerca vivía a la casa de un fiscal, que en esa época se le llamaba 'jueces sin rostro', que atentaron de madrugada los terroristas de Sendero Luminoso. La casa del doctor Figari, que en ese entonces era niño y su papá tenía ahí la veterinaria, quedó con las ventanas quebradas. Además del miedo que ocasiona que exploten kilos de dinamita a unos metros de tu inmueble. 
Yo vivía más allá pero también se rompieron las ventanas. Y había apagones donde solo quedaba escuchar una radio a pilas, Radio Programas o Radio Panamericana. Todos juntos caballero, no había mayor entretenimiento en la oscuridad. A veces volvía la luz casi a medianoche y solo podías ver la movida de Verónica Castro o a Jaime Bayly que salía durazo hablando locuras. 

En aquella época en el barrio de Villa Coca, a un perrito pequinés se le salió un ojo. Caminaba tardíamente en su casa, cuando la puerta de la cocina se cerro cuando él pasaba y le apretó la carita, que de pronto se puso como si se le hubiera incrustado una bola de billar. 

Así estuvo por horas, en el jardín de la calle asustado, mientras los chicos del barrio mirábamos agonizar al perrito que se le había salido el ojo.  El veterinario era el doctor Figari padre, vino inmediatamente y sugirió dos caminos: uno era sacrificarlo y otro era hacerle una cirugía complicada y costosa. Hubo niños y niñas que se unieron a la causa y propusieron pagarle una operación. Todos queríamos salvar la vida del perrito pequinés. Pero la decisión más razonable para los papás fue sacrificarlo. Así, el doctor Figari sacó del maletín una jeringa y le puso una inyección al perrito que minutos después comenzó a convulsionar en el jardín de la calle, frente a todo el barrio de Villa Coca. Y estiró la pata. 
No fue un final feliz para los niños y niñas que presenciamos el desenlace. Pero eran tiempos en que en el país no había mucha felicidad. 

El doctor Figari hijo tiene dos locales veterinarios, lo he entrevistado en mi programa empresarial varias veces y siempre ha dado la talla, siempre un mensaje positivo y de esperanza para los emprendedores como él. 
Me dice que a la Keiko hay que esterilizarla. Y me da un precio especial, de amigo. Estoy juntando mis monedas para poder cumplirle. Lo que más hace falta en estos días es dinero, ahora que salgo a la calle a comprar a Wong y veo la cola de ingreso de una cuadra, me hace recordar cuando fuimos a pedir Visa a la embajada de EEUU, en Miraflores. Una cola muy parecida. A dios gracias aún se ven los anaqueles llenos de productos, pero por ejemplo la comida para la Keiko que le compro ha subido ya unos buenos soles. Entonces tener una perrita ya requiere un presupuesto que no había pensado cuando llegó, porque pensé que se iba a la playa y ya está. Pero en la playa hace un frío de los infiernos en agosto. 

El único que está contento con todo esto es Vato, mi otro perrito pug que ya tiene quince años. Al parecer morirá intentando amar a la Keiko. Mi mamá ya se encariñó con la Keiko, todas las mañanas después de hacer caca, que por cierto come todo tipo de alambres, plásticos y algodón que luego aparecen en el jardín del edificio dentro de sus mojones. Apenas entra corre hacia ella y le lame la cara. Luego le muestra los dientas y le mueve su cola trinchuda. Lo malo que ladra mucho y ya los vecinos detectaron que tengo una intrusa. 
Aún no me hacen chongo, pero la Keiko tiene sus días contados aquí. Durante el día se pone sobre la ventana y mira hacia la calle, y le ladra a todos los que pasan por ahí: vendedores, vecinos con sus perros, cantantes de todo género, desde balada, folclor y música de la selva que son los más bulleros e innovadores, incluso traen a un o una para que baile, pero una vez pasaron con el bailarin pintado de azul, como si fuera el personaje de la jungla maravillosa de una película de esas que pasan en los buses de Soyuz cuando voy a la playa. Algunos les lanzan plata en una bolsa y así van juntando de cuadra en cuadra los músicos. 

El futuro de la keiko es cuidar de la casa de playa, aún le falta una vacuna más y que la esterilicen porque allá, en la playa, hay bandas de perros. Perros de todos los tipos, pitbuls cruzados con chitzús, o mutaciones ya con otros animales. Todos salvajes, todos quieren procear. Mi perrito Vato también quiere procrear. Como yo, aún cree que puede encontrar el amor. Pero la Keiko la va a tener difícil en la playa. Por eso es importante que la esterilicen. Obviamente, no le han consultado a ella si quiere ser esterilizada y dejar de tener la opción de procrear en el futuro. Me lo consultaron a mí y yo tuve que hacer números. Entre la vacuna y su esterilizada, me dijeron que mejor la lleve a la facultad de veterinaria de la San Marcos, en Salamanca. Que ahí los alumnos pagaban por practicar con tu mascota.

Mientras iba en el taxi el taxista me preguntó por quién iba a votar.
Por qué, maestro. Le respondí. Por si acaso soy periodista maestrito. Mientras acariciaba a la Keiko y de paso iba limpiando las manchas de sangre que iba dejando en el carro. 
Porque de lo que he preguntado el día de hoy usted es el 31. Y como 25 van a votar por Castillo. 
La cosa está bien jodida profe. Intenté matizar su experimento.
Me dan ganas de pegarles. Chibolos huevones, me da ganas de bajarlos de mi carro. Me dijo ofuzcado. Parece que no han vivido el terrorismo estos chibolos. Tamadre, on. 
Así es maestrito, hay descontento. 
Yo voy a votar por Keiko señor. Porque no quiero que los venecos me caguen la plaza.
Pienso igual amigo. Yo también creo en Keiko. Mientras Keiko me lamía la mano y luego se lamía la cosa. 

viernes, abril 09, 2021

CAIMANES DEL MISMO POZO

Casa de 'Villa Coca' en la actualidad adquirida por una familia emprendedora circense. Nótese los colores de la fachada. 


Yo crecí en el barrio de Villa Coca. 
Al lado derecho vivía 'El Padrino' Reynaldo Rodríguez López. Cuya casa explotó resultando ser un laboratorio de drogas. Nosotros jugábamos partido en la  pista, en ese entonces no había mucho tráfico de autos y por la explosión salió volando disparado un hombre en llamas, cayó al suelo, nos vio y se fue corriendo. Al rato llegó la policía y el resto está en internet. 
Al lado izquierdo vivía Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso, y cuando lo encontraron en la casa vecina y lo presentaron en televisión con su pijama de rayas comenzaron a tirar bombas por el barrio.
Nosotros ya estábamos acostumbrados entonces a las explosiones, por cualquier lado de donde viniera. 

Mi papá era un profesional independiente en crecimiento. Le iba muy bien en los negocios y sus planes de expansión incluyeron nuevos rumbos fuera de casa. 

Entonces nosotros, sus hijos, nos convertimos en parlamentarios de oposición. Cual bancada fujimorista, íbamos con mi papá a comer a algún restaurante y pedíamos lo más caro. Y para joder más: pedíamos adicional para llevarle a mi mamá.

La convicción política a un nivel doméstico se instauró en el drama familiar, si ibas con la pareja de mi padre, entonces eras un traidor. Y en ese juego, mi papá seguía creciendo como profesional. Hasta que un colega le propuso postular al Colegio de Contadores, como vicedecano.

Yo estudiaba Contabilidad en una universidad particular y mi papá me había comprado un auto del año por ingresar en buen puesto. Pero ya cuando comenzaron  los cursos de verdad, mi rendimiendo se fue en picada. 

Me frustraba mucho no poder rendir en los números mientras mi padre se convertía en una eminencia. Sus dictámenes de auditoría se comenzaban a publicar como libros, y se presentaban en hoteles a donde íbamos como sus hijos, futuros profesionales como él. 

También comenzó a escribir una columna en la revista Gente, que en ese entonces era una de las más leídas del Perú y donde él era gerente. Se titulaba BUFETE TRIBUTARIO y escribía de temas contables. Entonces el dueño de la revista, el señor Escardó, le dijo que su columna se había convertido en la más leída de la revista.
Pero no era que la leían muchos lectores, sino que el mismo lector tenía que leerlo varias veces para entenderlo.

En ese contexto fue que mi papá decide postular al vicedecanato por medio de elecciones. Las listas eran varias y las propuestas diversas. Pero su oficina de San Isidro se convirtió, de un estudio contable que revisaba todo el día libros diario, libro mayor o planillas, pasó a ser un local de campaña desde donde se realizaban llamadas para invitar a los colegiados, del colegio de contadores públicos de Lima, a votar el día sábado, y de paso votar por la dupla Virgilio-Sandoval.

Virgilio era, como mi padre, un profesional independiente pero con mucho más relaciones que mi papá. Y había sido ya dos veces decano del colegio profesional y su empresa crecía a buen ritmo. 

Pero nosotros, el equipo de campaña, que éramos los practicantes del estudio contable: la secretaria, yo, una prima, Magaly, y dos más. Y todo el día nos dedicábamos a llamar por teléfono a los colegiados a que vayan a votar. Habrá que resaltar que en ese entonces, a principios de los noventas, llamar por teléfono era una señal de estatus.

El mes de campaña fue intenso y mi padre entregó toda su energía, tanto así que acaba exhausto cada noche, después de una jornada electoral donde siempre había mucho alcohol, gente y sueños de opio. Pero sobre todo: un gritón.

La campaña la acompañaba un personaje de voz extremadamente ronca pero potente, como si fuera un parlante esterofónico de pollada bailable, el gritón se convirtió en pieza clave de aquella energía que  necesita una comunidad enardecida por las ganas de cambio. Y como mi papá era quien le pagaba al gritón, por sobre Virgilio, primaba la arenga: Sandoval!!! Sandoval!!! Sandoval!!! Como si fuera una barra brava, Sandoval!!! Sandoval!!!

Entonces Sandoval se volvió una ola libertaria. Un grito que venía de las entrañas y que emergía del cambio. Sandoval. Vamos Sandoval Vicedecano. Sandoval, vamos Sandoval !!!

Ya para el día de las elecciones, habíamos preparado unos volantes fotocopiados en blanco y negro, insistiendo en marcar la V de Victoria, pero que también era de Virgilio que también era de SANDOVAL !!!

Y desde temprano, el comando activo de calle de campaña comenzó en la votación, y commenzaron a llegar los votantes cada vez más desanimados por el acto cívico profesional. 

¿Sandoval? ¿Quién es Sandoval? Fuira de acá chibolo. Me dijeron varias veces. Otras ya no tan agresivos, pero amablemente me invitaban a alejarme de ellos, que no querían saber más de políticos. 

Nos pasamos el día volanteando hasta el final de la contienda, donde comenzaron los votos y mi papá, desde un local de campaña cercano, rodeado de ayayeros y botellas de cerveza y el gritón, esperaba los resultados. 

Eran más de 30 mesas, y las primeras que llegaban Sandoval no aparecía por ningún lado. Como a la décima mesa apareció un personero: Virgilio gana la mesa. Y volvieron las arengas: ¡¡¡Sandoval, Sandoval!!!

Pero no volvieron más buenas noticias. Habremos ganado en cinco mesas más, pero en el conteo final quedamos cuartos, o quintos. Ni siquiera estuvimos en la foto. Y mi padre aceptaba la derrota estoicamente tomándose un vaso lleno de chela. Hasta que llegó Virgilio y rodeado de más gritones y más ayayeros juró por el Perú que no iba a parar hasta cambiar la política del colegio de contadores. Y se fue, y nos fuimos quedando solos.

Lo fuimos a dejar a mi papá y nos fuimos con mi hermano Rafo y nos fuimos en uno de los carros, sacamos una caja de cerveza y nos fuimos a La Herradura. 

De ahí dejé la facultad de contabilidad y entré a comunicaciones. Y al primer semestre que acabé, me fui a practicar a la revista Gente, adonde mi padre era una leyenda. 
Hice mis prácticas la universidad me parecía un poco fácil porque venía de una facultad de números, y claro este espacio era de ideas, de figuras, de colores, imágenes. 

En tercer ciclo gracias a un compañero de aula, el poeta Rafael García Godos que era fanático del rock y tenía buenas notas como yo, entramos al tercio estudiantil que era como una cúpula de estudiantes que veíamos cosas por el bienestar de los alumnos de la facultad. 

Pero los alumnos de la facultad nos odiaban, cada vez que entrábamos aula por aula a pedir alguna cosa, como recordarles que tenían que asistir a la vacunación anual de la gripe, nos remataban a dardos de bolas de papel. Era un trabajo duro y sabíamos desde el comienzo que éramos los alumnos más impopulares. 

Entonces un día, en la oficina del tercio estudiantil, porque éramos los más odiados pero teníamos oficina propia para discutir nuestro trabajo como si fuera un reality show actual. Abriendo el cajón de la directiva anterior, encontramos, Rafael y Yo, ambos poetas y por eso mismo sin escrúpulos, un file de cartas donde la anterior directiva pedía fondos para viajar a distintos sitios del mundo. 

Que porque había el festival de estudiantes de comunicación de Bogotá, representación de la universidad. Que porque había el congreso de estudiosos de la comunicación en Guatemala, representación de la universidad. Que porque había una reunión de dirigentes en Buenos Aires, representación de la universidad. 

Nos dimos cuenta rápido que había un patrón que nosotros estábamos dispuestos a seguir: viajar con todo pagado en nombre de la unión latinoamericana de la federación de estudiantes de comunicación. 

Y cuando se dio la siguiente reunión con el decano, que era un cura infranqueable, después que todo el equipo de representación estudiantil presentó sus actividades, presentamos la carta para ir a Bogotá, al congreso de estudiantes de la región bolivariana. 
El cura vio la carta y la firmó sin dudar. Se alegró que le hayamos hablado de la federación. 

Nos fuimos a Bogotá y participé por primera vez de una asamblea bolivariana de estudiantes, con representantes de otros países hermanos, y asentimos varias cosas que ni entendíamos pero ahí estábamos disfrutanto de un tiempo de intercambio estudiantil pero también de viaje y política.

Desde tercer semestre de diez, hasta que terminé y un semestre más, me dedique ya no a estudiar sino a viajar. 
Tenía una agenda que vinculaba reuniones, participaciones en asambleas y gestiones diversas que nos llevaban a viajar por todo el continente financiado por la universidad. Era una maravilla ser estudiante. 

Tanto así que mi papá, que siempre pagó la universidad, comenzó a cuestionar esos viajes, que al final de la carrera se hicieron 15 viajes al extranjero y 26 al interior del país. A todos los lugares iba con viáticos que luego me sobraban unos meses, íbamos a buenos restaurantes y pedía a la carta como pedía cuando salía con mi papá de chico: lo más caro y para llevar. 

Sobre todo el último viaje, hacia la Habana, adonde íbamos para una reunión sin sentido  pero que para nosotros era importante asistir. Mi padre pensaba que este viaje era la consumasión de guerrilleros en lucha. Claro, éramos devotos de Hugo Chávez en ese entonces, fuimos al Foro Mundial Social, y éramos gente de lucha y palabra. Entonces ir a Cuba para nosotros era el camino natural. Pero mi padre estaba muy desconfiado de los viajes, de los fondos que recibíamos para -básicamente- vivir bien mientras terminábamos  la carrera. En Cuba vimos que Fidel siendo estudiante se tiró al monte y se hizo presidente, y creíamos que ese era el camino. Entonces yo pensaba que no necesitaba terminar la universidad para ser presidente de mi país. 

Para el último semestre, teníamos tantos viajes al extranjero que parecíamos empresarios. Bogotá, Buenos Aires, Panamá, La Paz, Santiago, Montevideo. Infinidad de historias para registrar mientras éramos estudiantes.

Para ese viaje a Cuba, al parecer ya los compañeros de aula se habían dado cuenta: había un par de sinvergüenzas que no iba a clases, pero que tenían las mejores notas y que alardeaban de sus viajes al extranjero 'sin pagar un mango'.

Y un compañero de aula, el chato 'Josh' me encaró antes de comenzar una clase:
-Qué, osea tú viajas con nuestra plata... Eres un mantenido de la política!!!

Yo no aguanté, sobre todo porque tenía unas ínfulas de ganador que me hicieron explotar. Y caí en la tentación de golpear a un correligionaio crítico. 

Terminé en problemas en la coordinación, pero en mi cabeza solo iba la idea de ir a Cuba y armar la revolución. Y fuimos a la Habana y recibimos el adoctrinamiento de Fidel. Éramos jóvenes y el futuro se veía solamente por medio del cambio radical.

Así, fuimos chavistas y luego evistas, luego humalistas y hasta que me di cuenta que había terminado la universidad, mi padre ya no estaba contento con esa circunstancia de ser estudiante habiendo culminado los estudios, y seguir viajando y seguir hablando de un futuro mejor pero sin haber entrado al camino profesional, sin haber vivido nada, solo viajes que pensábamos que eran de placer pero eran  subvencionados por la universidad que daba recursos para fortalecer los lazos estudiantiles a nivel regional. Entonces quise hacer un curriculum vitae para insertarme al mundo profesional pero vi que solo tenía recuerdos en mi cabeza. Y el único camino que me quedaba era seguir en la universidad, tal vez ya no como estudiante, como profesor podía armar mi revolución. 

viernes, abril 02, 2021

domingo, marzo 07, 2021

ESCRITOR JUAN JOSÉ SANDOVAL EN RADIO NACIONAL

POLÍTICA & ARTE


martes, enero 26, 2021

LA ECONOMÍA DEL EGO, LA TRANSFORMACIÓN DIGITAL DEL DOLOR

Cusco, 27 de enero de 2000.


Mañana cumplo 45. 
Me hubiese gustado estar como el año pasado en un lugar donde nadie me conozca y no tenga que recibir saludos. Pero apenas llegué a Santiago me fue a recoger un viejo amigo de la época universitaria al aeropuerto. Yo no sabía que él sabía que estaba de cumpleaños. Pero vio que mi reacción no fue gentil cuando me dijo feliz día. Entonces no volvió a mencionarlo.

Pero cuando uno ve los cientos de mensajes que te ponen en el Facebook, se te hincha el ego. Te sientes estrella. O influencer con miles de seguidores. Aunque siempre esperas que esa persona que quieres que te salude, nunca lo hace.


Por eso cada cierto tiempo cierro mi Facebook o bloqueo a la mitad de mis contactos.
Los primeros días vivo bien, liberado. Pero al tiempo necesito volver. No solo para publicar fotos de lo que cómo, dónde como. Si me encuentro con una amiga me tomo una selfie con ella para que mi papá crea que todavía cacho. Pero es pura finta como todo lo que existe en redes sociales.


Veo gente que hizo de sus vidas miserables una narrativa fabulosa, una vida genial, casi de famosos. Entonces todos somos estrellas, así quieras hacer notar que tienes una cadenita de oro que no vale ni lo que gana un ratero al día, pero crees que la gente te ve como si fueras rico y famoso, a pesar que al fondo de la foto que publican, el paisaje es digno de una descripción limeña de Ribeyro. Azoteas asquerosas meadas de perros sarnosos, paredes sin tarrajear, pobreza notoria pero que uno piensa que porque te pones una cadenita de fantasía tus contactos pensarán que tienes plata.


A eso hemos llegado: si tu vida está en Facebook, entonces tu alma es algoritmo deprimido.


Por ejemplo mi perfil no tiene nada que sea yo. Osea una persona miserable.


Solo tengo fotos del programa en vivo que conduzco y que entrevisto desde hace tres años. Por el set del canal pasan los gerentes más serios del país y yo los recibo con la cara dura, con un saco y corbata que mi papá estaba botando a la basura y yo los recogí porque como buen actor que soy sabía que me iba a servir.


Aunque el saco me queda grande, experto en utilería teatral, lo ajusté a mi con imperdibles y ganchos de pelo.
Usualmente los ejecutivos que entrevisto se van encantados de mi programa. Supongo que desconocen que no les entendí un pincho de lo que hablaron porque más anduve pensando en si el sonido entraba bien durante la transmisión o si el asistento tuvo un rapto de inteligencia y cumplió con la parte técnica. O pensando si mi chacal ha traído un paco más para seguirla después de la transmisión. Pero lo que digan los invitados poco o nada. Igual tengo toda la semana para repasar la información y ver qué podemos hacer para ganarme la vida.


Igual la plata que gano queda insuficiente y hago pequeños trabajos que algunos inútiles no pueden hacer, ya sea porque tienen altos cargos gerenciales y no hay tiempo para cumplir con las tareas de sus oficinas, en maestrías, sus MBAs, sus cursos de posgrado con lo que buscan duplicar sus sueldos en grandes organizaciones.


Por ejemplo, a un empresario amigo de mi hermano el negro, su socio a quien cariñosamente le llama 'su sucio', le hice hace poco un ensayo de dos páginas sobre tecnología e innovación para su MBA en Esan. Me pagó una mierda pero igual le tuve que agradecer porque por más miserable que sea él y por más miserable que sea yo, soy una persona agradecida con todo lo que cae del cielo. El negro se molestó conmigo porque le cobro muy poco por los trabajos que le hago, porque además de ese ensayo también le hago su Facebook corporativo, con noticias del sector y algunos podcast que me animo a producir cuando la abstinencia me ataca y necesito dinero al toque nomás. Entonces lo llamo al sucio y le cobro, y él saca de su bolsillo un par de soles y me los avienta por el celular. 'Tú sabes cuánto gana ese huevón?', me saca en cara mi hermano. 'Gana más de 15 mil soles'. Yo más calmado, porque ya me compré la droga que necesitaba para seguir pensando 'zen', que su socio/sucio no podría ganar lo que dice, porque simplemente si tuviese esa cantidad mensual ya se habría hecho hace tiempo un tratamiento contra la sudoración y el mal olor.


Igual con el mismo afán de conseguir monedas le hago las tareas que le dejan a un pata mío que estudia una maestría en gestión deportiva en España. Y me manda unos euros. Igual una amiga viceministra que entre tantas obligaciones que tiene me pide que haga llamadas a gente que ni conozco pero que debo aparentar ser un funcionario del ministerio, y además dicta cursos en la escuela de administración pública, por lo que he redactado el silabus y hasta podría decir que estoy apto para ser docente ahí. Aplicaría la misma metodología que uso en mis programas de televisión online: actuar.


Hace poco me llamó otro amigo para que lo ayude a terminar un servicio para el Estado. Había que llamar a 36 instancias sobre la violencia contra la mujer. 36 informes desgarradores de cómo le sacan la mierda a las mujeres a nivel nacional. Pude haber terminado abatido pero ya hace tanto tiempo que estoy acostumbrado a leer basura.


Desde aquella vez en Cusco en el 2000, foto que ilustra este escrito, adonde fui gracias a la familia de mi novia cusqueña y me quedé 45 días en que terminé de escribir Barrunto en una máquina de escribir que me pusieron en una habitación. Todititito para mí, el cuarto con baño y una máquina de escribir, más nada. Pero también aproveché para entrar al diario La República de Cusco, El Gran Sur se llamaba y me mandaron a hacer policiales, entonces todos los lunes iba a la comisaría de la séptima región y me ponía a revisar el cuaderno de ocurrencias. Usualmente el fin de semana estaba cargado ese cuaderno, donde se escribía a mano y se describía cómo violaban a niñas de 5 años, cómo le cortaban la cara a mujeres jóvenes o simplemente aparecía muerta alguna en al ribera de un río, mientras el esposo confesaba aún borracho que la había matado por celos.


Pensé que esos 36 informes del ministerio serían cosa fácil, pude quedar aturdido y hasta deprimido. Pero ya me acostumbré a aplicar la metodología Sandoval: arroparme de drogas que anestecien la realidad y yo pueda seguir sonriendo para las fotos del Facebook. Porque ahí en el Facebook sí que uno puede tener una vida extraordinaria.


He conocido a varios que el Facebook les ha cambiado el carácter. Viven eufóricos por cada like que le dan a sus fotos ordinarias. Pero cuando alguien los trolea o se burlan de sus reales falencias, se ponen como locos y comienzan a insultar a ciegas. Entonces te das cuenta que la ilusión de querer ser una celebridad por redes sociales se queda en una mera patraña. Gente que publica fotos con libros que supuestamente leen, pero a saber de lo que postean denotan que se han olvidado hasta del coquito de la primaria.


Evidentemente es una construcción que se forma de imágenes y pensamientos que ya no son pensamientos sino memes, y que la filosofía de sus vidas (y la mía también) se empodera en la frivolidad y un glamour triste.


Yo entendí eso en el 2009 cuando me invitaron a Europa. Meses antes cuando me llegó la invitación me pidieron una foto. Yo estaba desnudo en mi cama con Capulí, que luego de estar con su novio venía a mi casa y tirábamos unas cuantas veces. Al menos tenía la decencia de bañarse antes de bucear entre mis sábanas. Yo no, entraba al ruedo sucio y enredado. Ella era fotógrafa y aprovechamos en que me tome unas fotos y para sentirme más pendejo me puse un cigarrillo a medio avanzar entre los labios. Luego me tomó otra con el condón (usado) en la mano. Y las mandé a Europa, donde usaron la del cigarrillo.


Tiempo después, cuando volví de ese viaje entré a trabajar como profesor de una universidad que más parecía el Arca de Noé por la cantidad de animales que había. Y el Facebook y el Google comenzaban a invadir las vidas de todos y todas. Entonces aparecieron las dos fotos y comenzaron a circular entre mis alumnos. No solo evidenciaban que era un consumador fumador de canabis sino también un enfermo sexual.


Y los siguientes trabajos que tuve ambas fotos fueron mi carta de presentación. De tanto rechazo preferí dejar de buscar laburo y dedicarme a escribir. Igual esas dos fotos me siguieron por mucho tiempo hasta que comencé a postear muchas fotos, ahora con saco y corbata, para 'chancar' mi pasado.


Intenté superar mi propia imagen, pero adonde iba me siguieron esas dos fotos. Más bien la que dejó de seguirme fue Capulí, que se terminó casándose con su novio.


El otro día me llamó y la atendí con la falsa gentileza que es mi coraza para atender a mis clientes y amigos. Siempre atiendo favores por teléfono y a pesar que la retribución es ingrata cumplo con mi oficio de servidor público sin sueldo fijo.


Siempre me piden orientación en temas empresariales, por lo que brindo lo que sé que es lo que dicen mis invitados al programa. Algo capto y lo comparto. Pero Capulí me pidió orientación sobre un tema no empresarial y que según ella yo conocía. 'Mi primo se ha intentado suicidar y no sabemos qué hacer'.


Como experto en el tema le di el teléfono de mi siquiatra, y le dije que él era el indicado porque había sido director de siquiatría del hospital militar, que había visto casos de gente mutilada durante el terrorismo, así que mis intentos de morir y mi depresión simplemente les parecía puras mariconadas mías.


Tomó nota del doctor pero luego me que si conocía alguna posta porque no tenía recursos. Justamente, le dije que habían inaugurado una posta de salud mental con el nombre de mi doctor, pero no sabía en qué cerro estaba ubicado.


Capulí me pidió algunas sugerencias, aunque sin dinero iba a estar difícil solucionar la situación. A su primo lo tenían encerrado en su cuarto esperando que se le pase el sueño por todas las pastillas que se había tomado. Yo le detallé que lo mismo me pasó a mí, pero al despertarme me di cuenta que había fracasado en mi objetivo y que seguía ahí como una cucaracha o como un elefante, seguía ahí. Y eso me puso furioso y comencé a romper todo incluída las ventanas, mi laptop, la cara de mi madre y el tabique de mi hermano. Hasta que llegaron unos grandulones en bata blanca y me amarraron con correas. Me llevaron un hospital de nombre Noguchi y cuando iba a pasar al Valdizán, adonde ingresaría por el servicio del Estado oficialmente como un loco esquizofrénico. Entonces mi familia me internó en una clínica privada con una habitación propia, televisor con cable y baño. Había estado dos semanas encerrado en una habitación sin ventanas y me pasaban la comida por una puertita que cerraban de inmediato. Por lo que la clínica fue como el paraíso. Pero cuando hubo la oportunidad de ver a mi familia mi madre tenía un parche en la ceja, mi hermano la nariz enyesada y mi hermano mayor estaba ahí aunque vivía en EEUU.


Pedí perdón por todo y agradecí por haber pagado la cuenta de mis platos rotos. Pero igual dejaron internado un tiempo más.


Todo eso le conté a Capulí quien mientras más le contaba más lloraba por teléfono. Y el problema era que su primo no tenía recursos. Entonces le recomendé que lo mantengan encerrado y le pasen la comida por debajo de la puerta. Pero que si la cosa se ponía brava que le dieran una bolsa de veneno para ratas. Y que él decida.

domingo, diciembre 27, 2020

COPLAS POR LA MUERTE DEL PAPÁ DE MI PATA


Mi pata Ralph me llamó un día antes del partido de Perú contra Uruguay. Careperro, me dijo. Siempre me dice así. Desde el colegio. Estaré en Lima este fin de semana, vente a la casa de mis viejos. Sus viejos vivían a unas cuadras de mi casa. Entonces fui porque ya iba ser muy atorrante con uno de mis mejores amigos. Ya le había fallado al no asistir a su matrimonio. Ya le había fallado tantas veces en la juventud, que era momento de reivindicarse. Era su último fin de semana disponible, porque se iba de Panamá, luego de más de diez años como ejecutivo de una importante transnacional, hacia España, donde también había vivido tantos años de máster y trabajando en otra importante empresa global. Ahí estaré, le dije mientras cancelaba toda la cerveza que había ordenado para beber con mis compinches de vicio mientras veíamos el Perú-Uruguay de la Copa América del 2019 que llegamos a la final. 
Entonces lo esperé en la puerta del edificio y llegó a las justas en el taxi porque el partido ya comenzaba. Por teléfono me dijo que me iba a contar el por qué estaba en Lima y por qué se iba a España. Pero llegó tan rápido que solo dio tiempo para entrar, saludar a sus hermanos que también se habían dado cita en el depa de los papás, sus hijos y esposas. Todos con la camiseta de Perú, con las caras pintadas.  Y a ponerse frente al televisor, sin poder tener detaller de por qué me había invitado. Pero mi mente roedora funciona veinticuatro siete. Y me di cuenta que a Ralph le habían hecho no solo su almuerzo preferido, un sancochado espectacular preparado por su madre, sino que recibía todo tipo de atenciones como si se tratara de su cumpleaños. Y pensé: este huevón está con cáncer. Y seguimos viendo el partido.

Perú aguantó el cero a cero y le ganamos a Uruguay por penales. Fuimos héroes y nos bebimos una cerveza más. Se hizo de noche y viendo que sus hermamos se iban yendo, yo más me quedaba y sacaba otra botella de la refrigeradora. 

Nos quedamos Ralph, su padre y yo. Todos vaso en mano nos divertimos filosofando un poco de la vida en general. Hacía mucho tiempo que no la pasaba tan bien, con una conversación tan versátil que me hizo olvidar un poco de la vida ordinaria que llevo a veces. Y también me di cuenta -porque nunca me lo contó- que mi amigo no estaba enfermo, sino que se estaba separando de su esposa. Lo cual fue un alivio que al menos, frente a cualquier problema, la vida y la salud son irremplazables.

Al viejo de Ralph lo conocí adolescente. Mi papá ya no vivía en casa y no tenía quién me recoja de las fiestas por la medianoche. Y Ralph vivía a unas cuadras, entonces me comencé a colar a su carro y me dejaba en mi casa, ya tarde. 

Eran tiempos de pendejadas incipientes, de primeras borracheras que muchas veces eran en casa del doctor. La casa de Ralph era además de grande, porque era una esquina en surco, con una arquitectura de clase, con subidas y bajadas, una gran sala, y un estudio, donde su padre tenía además de sus equipos de oftalmología un equipo de radio aficionado. Ya en ese entonces, los noventas, el equipo era un tanto antiguo pero todo estaba funcionando a la perfección. Además, colgaba en la pared un dibujo enmarcado, una caricatura de cinco amigos de la niñez, entre los que estaba el papá de Ralph y Genaro Delgado Parker. Entonces Ralph nos contaba que su padre era amigo del dueño del canal cinco, entre otras amistades claro, porque era un señor con altas relaciones. Pero nosotros estábamos siempre al juego y en ese entonces esas cosas pasaban desapercibidas. Solo había cabeza para pensar en ir a las fiestas y emborracharse. 

Teníamos una fiesta y el papá de Ralph nos llevaba en su auto, junto con un pata que le decíamos poeta. El poeta, llevaba una chata de ron en el bolsillo, que habíamos comprado para llevarla a la fiesta y tomar caletas. Pero la chata de vidrio se rompió en su bolsillo en el camino mientras íbamos a la  fiesta. Y el carro andando comenzó a oler extrañamente a alcohol, ni siquiera a licor. El papá de Ralph tuvo que parar su carro para que el poeta se saque los vidrios del bolsillo. Pensamos que el plan y la fiesta se habían arruinado, pero el señor nos habló de la manera más cariñosa que no volvimos a tomar buen tiempo. Igual nos llevó a la fiesta, pero no fue lo mismo porque la reprimenda, que no fue una reprimenda sino un consejo racional de forma apasionada que iba directo al corazón. 

Ese tiempo de adolescencia me ayudó mucho tener un amigo como Ralph, con una familia como la de Ralph, tan sólida y armoniosa, frente al caos que tenía en mi casa, por lo que a veces sentía que su amistad me ayudaba a mí, pero mi amistad más bien era para Ralph una mala influencia. 

Igual las pendejadas siguieron con el tiempo, había salido en ese entonces la popular 'margarito', una versión de litro de la cerveza. Nosotros no éramos ajenos a ese furor y un domingo, mientras la gente compraba pan nosotros éramos quinceañeros que prendíamos un cigarrillo tras otro. Y compramos una botella de 'margarito' heladita y nos sentamos junto a la bodega. Pero pasó el papá de Ralph con su bolsa de pan y volviendo de la panadería se nos acercó. Su cara no fue la más cortez por lo que nuestra sonrisa se opacó rápido.

El papá de Ralph pidió el vaso y se lo llenó sin hacer una sola raya de espuma. Y se tomó el vaso en seco y volteado. Luego miró a Ralph y le dijo: prefiero tomarme el vaso yo que te lo tomes tú.

Y se fue, y nuevamente nos cagó el vacilón. Seguramente dejamos otra vez de tomar y fumar un tiempo. Luego ya dejó de recogernos y le encomendó esa tarea a su hermano que era estudiante de medicina. Usualmente llegaba un poco tarde a propósito para dejarnos un rato más en el tono, y nos recogía en un vocho rojo que usualmente llevaba varias botellas de cerveza, algunas llenas otras vacías, y portaba su arma porque era del centro federado de la San Marcos. Sus historias eran alucinantes, como cuando nos contó cómo se le escapó un tiro en el cuarto de la casa mientras limpiaba su pistola. 

También tenía un hermano mayor que estudiaba con nosotros en el colegio, que me ayudó mucho a pasar de año, era tan capo que no necesitó matricularse en ningún centro pre universitario para que lo bequen en una universidad de Estados Unidos. 

Hace no mucho pude tenerlo en mi programa Tecnología & Negocios, en ese momento era líder regional de IBM, una persona extremadamente inteligente. Y luego también pude invitar al programa su otro hermano, el cirujano estético, con quien pude hacer buen contacto e incluso tomarnos unos tragos. Por eso fue que me invitó a su casa a un almuerzo de despedida, pues ahora sí que no iba a volver a Perú. 

Ya entonces había entendido que la invitación de mi pata Ralph a su casa, para ver el partido Perú Uruguay en el 2019, no era precisamente porque estaba separándose, sino que también había decidido volver a España para estar cerca de su hijo, lo cual lo iba a impedir tal vez ver a sus padres otra vez.

El almuerzo en casa del hermano de Ralph fue una sinfonía de sabor, con chancho al palo y merlot, con cerveza y tantos recuerdos que perdi la memoria. Tomé hasta que sus hermanos se fueron y me quedé solo con el doctor y con Ralph, hablando de cualquier cosa, pero siempre con la exigencia que implicaba conversar con gente realmente inteligente. 

En mi borrachera me disculpé por no haber ido a su matrimonio y le deseé lo mejor en su nuevo periplo europeo. Aunque agradecido una vez más de compartir con una familia extraordinaria, y haber visto a su padre como un roble que siempre copa en mano te soltaba un comentario que emprendía una alturada conversación controversial. Lúcido y divertido era el papá de Ralph, que falleció hace algunas semanas. Con el mayor dolor de saber que alguien sufre a la distancia, le mandé un mensaje escueto a Ralph, que también respondió con poco detalle. A los días vi que su hermano el cirujano plástico apareció en vivo en un programa de televisión, hablando de implantes e innovaciones, y a las semanas vi que su otro hermano era el flamante socio de una firma mundial. Y que Ralph había lanzado una startup en España y comienza a aparecer en los medios de comunicación. Ellos siguen creciendo en sus vidas mientras 
yo recién comienzo a asimilar lo valioso que fue estar en esos dos almuerzos con la familia de Ralph.

domingo, noviembre 15, 2020

CALAMBRITO LA REVOLUCIÓN




Para no chocar con temas personales, no incluiré el nombre de mi pata calambrito. Aunque algunas personas sabrán de quién se trata. Pero el nombre es instrascendente frente al mensaje que quisiera transmitir.
Calambrito era mi causa de niño, del mismo colegio, mismo salón, mismo barrio, misma cantidad de hermanos. Hinchas de Alianza cuyos ídolos eran los potrillos de Escobar y Tomasini. Mi papá y su papá provenían del mismo barrio en La Victoria.
Yo paraba en casa de calambrito, jugábamos pelota en el jardín de su casa o en el parque. Nos fuimos a probar al Iqueño y formamos parte de la categoría 76. El Centro Iqueño, mítico club de fútbol profesional, ahí éramos las canteras futbolísticas. Incluso nuestro debut fue en el Lima Cricket, un exclusivo club al costado del Larco Herrera, adonde el viejo de calambrito nos llevó en su auto a varios muchachos. 
No recuerdo cómo quedó el partido, pero sí un hecho raro cuando salíamos del club y llenábamos el auto de chibolos maltrechos y sudados. Vimos que un loco se escapaba por la pared del manicomio, cayó desde arriba hasta el suelo, se levantó, nos miró y se fue. Teníamos diez años. 
Ya para la secundaria nuestra amistad era cómplice, pues calambrito era extremadamente inquieto y avesado, y yo totalmente influenciable. Las califiaciones eran medianas, pero la materia conducta siempre estaba en rojo. Y a medida que crecíamos, hacia la adolescencia, los cigarrillos y el trago se hicieron parte de nuestro derecho a ser libres.
A calambrito también le gustaba el mar, le gustaba correr tabla y yo de copión también me compré mi 'morey'. Una vez nos metimos al sur y nos metimos al fondo a buscar olas, calambrito era atrevido y se trepaba buscando tubos. Yo la verdad no volví a meterme tan al fondo del mar, siempre que entro al mar pienso en los potrillos del Alianza, me entra un miedo aterrador estar flotando en la oscuridad.
Ya en los últimos años de colegio no fuimos tan pegados, aunque siempre fiel a la pendejada, a la chacota, a maltratar a los débiles, ponerles apodos perversos. Yo me comencé a pegar más a los músicos, mientras que él al surf, pero siempre coincidíamos en la cosa seria, en la mafia, como le pusieron a una mancha de galifardos del salón. A finales de la secundaria nos mandaron a un retiro con los sodálites y por una gigantografía que nos mandaron a expresar lo que significaba para nosotros el salón, se dibujó un Fredy Krugger, de la película, era la chapa que le habíamos puesto al director del colegio. Y en la gigantografía de papel, con plumones hicimos 'arte', le pusimos uno dos, ya viene por ti, tres cuatro, etc. 
El retiro se suspendió de inmediato, volvimos a Lima y llamaron a los padres de todos los involucrados. Nos expulsaron del colegio, pero luego nos perdonaron y nos rebajaron el castigo a una suspensión. 
Luego, ya para la pre, calambrito se fue a economía a la U de Lima y yo no sabía qué estudiar, pero entré a contabilidad y me demoró tres años comprender que no servía para los números, y me cambié a comunicaciones y descubrí la palabra.
En esos años ya no frecuentamos más con calambrito, salvo algún saludo en alguna reunión, o alguna fiesta. Aunque siempre le jalaba la idea para hacer alguna pendejada, tomar un trago, un cigarrillo, cosas malas, aunque ya como adultos el trato fue más distante.
Alguna vez lo vi en la filmoteca, viendo una película en animación. Entonces mantuve contacto porque cada vez que publicaba mis libros, le enviaba un ejemplar a su casa. Yo me hice periodista y comencé a recorrer ciudades y países. Y para el año 2000 era un redactor contratado en la revista Gente.
Era el tiempo de la tercera elección de Fujimori, que ganó con fraude, del tiempo de los 4 Suyos. Entonces yo iba a las manifestaciones y hacíamos cobertura periodística, y al volver a la redacción armábamos información diferenciada. Si habíamos visto a mil personas, poníamos de titular: cuatro gatos en protesta violenta. Si las actrices de moda salían a las calles a lavar la bandera, les poníamos 'terrucas' y publicábamos las peores fotos, donde salían haciendo muecas, sus peores ángulos. Y así vendíamos un montó de revistas.
Cuando se declaró el fraude electoral, la gente salió a las calles. Era domingo, casi las 6pm, quería descansar porque el ritmo de trabajo era arduo, la mitad del tiempo te la pasabas borracho. Y tenía la universidad todavía que aunque era un estudiante fantasma (porque era dirigente estudiantil), pero estaba agotado. Y me llamaron de la revista. Sandoval, tienes que ir. 
Y en la plaza San Martín la gente reventaba de arengas, 'a palacio', 'a palacio', gritaban en turba. Yo saqué la cámara de fotos (aún usábamos rollo fotográfico), y comencé a disparar hacia la gente que marchaba ya un poco corriendo, hacia la plaza de armas. 
En eso veo, entre la turba, a calambrito cargando un bate de beisbol, me vio y gritó '¡a palacio!' y siguió su camino libertario.
Nunca me olvidé de esa vez, donde reconocí a calambrito marchando, luchando por la democracia. Y lo admiré por su coraje y además por su vocación de acción. Entonces recordé que su viejo había sido candidato a la alcaldía y entendí que calambrito no era el chico frívolo que se desvivía por meter chongo, sino un tipo con conciencia social y política. 
Desde ahí he seguido su carrera, es uno de los marketeros más prestigiosos del Perú, y cuando he tenido oportunidad de entrevistarlo lo he hecho con el mayor gusto. Un pata inteligente y visionario, negociante asesino y talentoso orador. 
Entendí que, como yo escribía en la revista, no todos los que marchaban eran terrucos, que había gente valiosa que conocen la calle y saben exigir, indignarse frente a lo que pasa y no necesariamete pertenecer a un colectivo político. 
Una entrevista que le hice en mi programa le pregunté si tenía en mente alguna vez entrar en política. Pero no lo había visualizado, estaba muy enfocado en los temas corporativos. Calambrito sería un buen líder para mi país.
Hace no mucho llevé a mi vieja al hospital, a su cita. Antes de pandemia, y me quedaba en el auto esperándola mientras hacía su cola. Y cuando volvió me dijo 'estoy con la mamá de calambrito', que se la había encontrado en la cola. 
Nos fuimos los tres en el auto mientras le contaba que su hijo era un capo de capos, que era un gerente muy importante, pero más le tenía gran respeto porque recordaba haberlo visto marchando en los 4 suyos. 
Su mamá nos contó divertida que su hijo siempre los había hecho sufrir, era intrépido, que cuando se enteró que calambrito se había ido a la marcha, lo habían visto en televisión y unos vecinos le habían pasado la voz a la señora, que se puso a orar porque calambrito no conocía el centro de Lima y temía que le pase algo. Al final derrocaron a Fujimori, la presión social fue importante. Luego el chino se fugó a Japón. Y desde ahí han pasado varios presidentes pero la situación sigue siendo la misma. 
Ahora que han salido a las calles y se acaban de bajar al presidente en Perú, recuerdo una vez más que de la masa popular emerge la gente valiosa, porque es la gente que pisa el asfalto, que sabe de la calle y no se dejan pisotear. 
Ahora veo algunos jóvenes pulpines que no van a las marchas porque sus papás no les dan permiso, o les advierten que si pasa algo que ni los llamen de la comisaría. 
Acaso ser joven no es parte del aprendizaje, es un deber luchar y también ir a conocer lo que es el Perú más  allá de nuestra urbe.