sábado, agosto 19, 2006
martes, agosto 15, 2006
martes, agosto 08, 2006
Diez segundos finales de una canción de aserrín
Una chica de barrio construye un mundo de ilusiones que se abrazan -unas a otras / unas sobre otras- de mentiritas tímidas / Y sonríen cada vez que suena el timbre con el salón listo para romper corazones al ritmo de una balada triste –tipo Los Viejitos de Barrón- solo para feos / Una colilla menos en el cenicero jamás hará de ti una indecente / Unos pies bonitos que reclaman camino seguro para descansar del tedio de sus propios miedos.
Un orate sin ropa camina con los rulos mugrosos cruza la ciudad todas las noches volado en sus angustias por ella / mientras picaflores bailan al sonido de las combis que invitan a escapar de la realidad / Una chica de barrio se tragó la habitación de un telo barato conmigo adentro / y en la TV pasaba cualquier cosa porque al final nadie ve la tele cuando se revuelcan a escondidas en la mecedora de mi abuela. / Una pepita milagrosa cayó sobre la cabeza de ella / y creció un capulí de gafas negras / Con tanta lluvia que cae aquí… / el arbolito se hizo estrella musical / Se hicieron afiches full color y la chica de barrio pegó uno en su pared, que desde entonces carga un rostro angustiado por tocarla / Pefiriendo la libertad con alitas fritas de un chifa tres luca china.
Soy el salbutamol de una chica que prefiere vivir ahogándose en su propio barrio . / . Siempre busca una forma coqueta de decir no sin encontrar el dolor . . . dios ha violado todas las ilusiones de cantar en una banda de rock . / .
Las borracheras se curan con una pena... ? ? ?
Un orate sin ropa camina con los rulos mugrosos cruza la ciudad todas las noches volado en sus angustias por ella / mientras picaflores bailan al sonido de las combis que invitan a escapar de la realidad / Una chica de barrio se tragó la habitación de un telo barato conmigo adentro / y en la TV pasaba cualquier cosa porque al final nadie ve la tele cuando se revuelcan a escondidas en la mecedora de mi abuela. / Una pepita milagrosa cayó sobre la cabeza de ella / y creció un capulí de gafas negras / Con tanta lluvia que cae aquí… / el arbolito se hizo estrella musical / Se hicieron afiches full color y la chica de barrio pegó uno en su pared, que desde entonces carga un rostro angustiado por tocarla / Pefiriendo la libertad con alitas fritas de un chifa tres luca china.
Soy el salbutamol de una chica que prefiere vivir ahogándose en su propio barrio . / . Siempre busca una forma coqueta de decir no sin encontrar el dolor . . . dios ha violado todas las ilusiones de cantar en una banda de rock . / .
Las borracheras se curan con una pena... ? ? ?
viernes, junio 30, 2006
Sapito Hinchado y los pies de la capulí amarilla

Sapito Hinchado tenía una capulí amarilla que regaba todas las mañanas. Pasaban tanto tiempo juntos que se fueron haciendo muy amigos. Entonces el sapito le contaba sus cosas, y ella le inventaba historias que ambos celebraban con risas.
Siempre que salía el sol, la capulí silvestre esperaba ser bañada con gotitas calientes que caían de la regadera de Sapito. Entonces ambos se enredaban entre las ramas del arbolito y se iban jurando amor eterno.
Un día, Sapito hinchado regaba su plantita, acariciaba sus hojitas y le contaba su día de escuela. Cuando la capulí amarilla se dio cuenta que había dado un fruto agrio entre sus plantas. Entonces, observando la inmensidad de las nubes que la cubrían, dijo:
- Sapito, quiero ser grande, quiero llegar al cielo.
Y se fue creciendo y creciendo con el tiempo. Así anduvieron hasta que el invierno llegó y la capulí amarilla ya era tan alta que no se le podía oír nada. El sapito la bañaba con gotitas calientes todas las mañanas, pero nomás alcanzaba a lavar sus pies.
Las mañanas de Sapito Hinchado se fueron haciendo tristes, solo, sin tener con quién conversar. Hasta que decidió agarrar un hacha y cortar el árbol. Nunca pensó que con esto, la capulí amarilla dormiría eternamente.
Cuando pudo volver a ver su rostro nuevamente, la capulí amarilla tenía la mirada esquiva, llorosa y de dolor. Nunca pudo perdonar al Sapito Hinchado, que desde entonces, riega los pies mutilados de la capulí amarillo, les conversa de cosas bonitas y espera que algún día aquel arbolito tierno vuelva a sonreír.
sábado, junio 17, 2006
LAS RATAS DE MI CASA

LAS RATAS DE MI CASA
Juan José Sandoval
(Independiente, 2005)
54 pp.
Muy pocas veces elementos de sencillez cotidiana, algo influenciada por un contexto crudo y estilo nada prolijo, dan vida a una edición interesante. El autor, periodista y escritor peruano, Juan José Sandoval, sorprende con su ultimo trabajo titulado “Las ratas de mi casa”. Luego de su primer libro de cuentos “Barrunto” (2001), con dos ediciones agotadas y llevada al cine en el año 2004, da vida a su nueva obra, un compendio de 10 cuentos interesantes.
En su narrativa nos presenta un estilo ágil y desaforado, evocado al espíritu del autor. La obra presenta en la mayoría de los cuentos, construcciones simbólicas que se encuentran ocultas al lector, tras narraciones simples y objetivas de los hechos. Con un lenguaje áspero y a la vez extraño, Juan José intenta presentar un testimonio de los problemas de “Juanito” y de su contexto, insertándonos en una vida de cruel realismo, egoísmos e indiferencia. No desaparece el interés al empezar un nuevo cuento debido a la elocuencia del estilo; aquí se ve la capacidad o incapacidad de aprehender y aceptar la realidad en toda su dimensión, y asumir un acercamiento parcial e incompleto a su presente.
Este lenguaje algo cotidiano y la sencillez en su prosa, nos encauzan hacia un contexto bastante inseguro y problemático, pero que a su vez pueden generar en cierta forma emociones, así, aunque el autor no reúne grandes descripciones ni abundancia de adjetivos, este buen manejo de frases cortas y directas, logra encerrar una lección de vida.
De esta manera, la obra nos advierte de la realidad que a veces nos encauza a lo cotidiano, y nos enfrenta a ella misma mostrándonos los elementos más sensibles, un sentimiento presente, de repente de frustración y rabia, aunque quizá oculta; evocando a una predisposición en la representación del mundo tratado, así el lector irá de pagina en pagina, tropezando con ese mundo de sus deseos y miedos. Esta obra es una clara expresión del cambio del pensamiento y de cómo el arte y temática crean un universo que reflejan los dilemas que agobian al ser humano. (Patricia Bracamonte / Cajanegra.net)
sábado, mayo 06, 2006
UN DÍA DE COLA
mi esposa dice que yo odio a todas las mujeres. incluso a mi mamá que ya me tiene harto y todas las mañanas que amanece orinada me da más cólera todavía. tamadre.
y peor aún. dice la bruja menor, que la vieja mayor un día de estos se me puede morir. a la mierda, le respondo. le respondo y sigo comiendo mi pan con mantequilla, rápido para ir a trabajar. a la mierda, me dice: como si tú la fueras a enterrar. misio de mierda. tamadre. a comer nomás.
pero hubo un día que había que llevar a la vieja a hacer un trámite en el banco. un asunto que demoraba -por lo menos- unas tres horas. como yo soy el hermano que vive con la vieja, arrinconándola, viviendo de su pensión, dicen, vertiéndole mi veneno, también dicen, o simplemente jodiéndole la vida.
entonces fuimos temprano. ella se había preparado hacía como tres días para ir. estaba lista a primera hora, con los pañales bien puestos y bien desayunada, para aguantar la velada. el banco, aún de amanecer, era un basural de gente. puros ancianos, todos jodiéndose al otro, todos gritándose, todos quejándose. nos pusimos a la cola. éramos como el número sesentaicinco. chuchesumadre, caray. así no iré a trabajar. murmuré con preocupación. para lo que trabajas, murmuró la vieja. comenzó la joda.
la cola no avanzaba. estática, quieta. tamadre, vieja. fui a comprar un diario. lo leí todo. la cola seguía inmobil. me hice el crucigrama, nada. el horóscopo, ni mierda. tamadre. fuí a comprar maní. me cayó mal, fuí ventilarme del maní a la puerta y la cola seguía malditamente quieta. para esto, la vieja era conversa y conversa. comenzaba con que tenía tres hijos. los tres eran profesionales. uno era economista, tenía residencia en eeuu. el otro era auditor, ya tenía tres niñas y se iba por el varón. como era el más rebelde, comenzaba a contar que lo tuvo que llevar a la Normal por años. dice que le funcionó, aunque siempre va tener esos arranques... y se comenzaba a señalar la rodilla. aquí fue la primera vez. se abría un poco el escote y se señalaba con su mano: aquí también me mordió un día que llegó sampao. tamadre, vieja, cállate.
cuando habló de mí, fuí por un cigarrillo. pero escuché a lo lejos. tamadre. el tercero es el gordito de allá que fuma. sí, tiene su patilla de loco. yo siempre he sido tímido y mi mamá sabe que esas cosas me molestan. mas, me ofuzcan. recuerdo que una vez a los tres años yo me rebelé en el patio y me resistí a entrar a la casa por muchas horas. recuerdo haber carburado las peores maldades en contra de mis padres, quería que se vayan de ahí, que nos dejen en paz. que no vuelvan a lanzarse nada. tamadre. y cuando se hizo de noche, cuando ya tenía todo calculado para reporcharles lo que sentía, salió mi mamá y bastó una sonrisa para derrumbar ese odio que cargaba por nada.
él escribía sus cuentos. sí, había ganado un concurso distrital, sí. claro, también es poeta, mijo. tamadre. se acabó el cigarrillo. pero el sonso embarazó a su novia y se tuvo que casar. ahí lo tengo, pues. yo volvía y ella hablaba más bajito, pero nunca paraba de hablar.
la cola de mierda nunca avanzó. fui a reclamar allá adelante. que espere que ya el funcionario comenzaba con fuerza. tamadre. y todo para seguir manteniendo viva a la vieja. y por qué no se muere si tanto jode? por qué mejor no la mandamos al asilo? acaso se va morir ahí? pero si ahí tendrá amigas, para que juegue timba... y por qué no usamos el dinero que manda el negro para pagarle un nicho. total, si se muere, yo mismo la entierro en el jardín, eh. tamadre. vieja de mierda.
yo quemaba pensamientos. todos malos. me he percatado que cuando me altero el mal humor siempre recae en mi mamá. me dan ganar de meterle un cocacho, de abofetearla, jalarle el pelo. patearle la canilla, pisarle un dedo del pie, meterle un codazo, morderle la pierna... hacerle doler.
generalmente, cuando tengo estos pensamientos, genero un poco de gastritis y me comienzan unos dolores en la parte derecha del estómago. ya te he diiiicho, no me haces caaaaaaaaaaso, toma tu pastiiiiiilla. deja de fumar tu cigarriiiiiiito. y seguí cuchicheando con la del costado: este muchacho está igual que su padre. así andaba tenso, tenso, hasta que un día ¡pum!, se le reventó la panza. síiiiiiii. tamadre, vieja. deja de decir mentiras.
me senté un rato para sobarme el estómago. tamadre, si no fuera por la vieja esto no pasaría. ojalá te mueras. tamadre. y mi mamá seguía con el raje: mi juanito fue el que me hizo esto en el codo. ¡mamá!, salté alterado del asiento. ¡basta!, pero ella no paró de hablar con la de a lado: ya ve, ya ve? así se pone siempre. el cigarrito lo tiene así.
apenas escuché esto último, decidí regresar solo a casa. que se joda, grité saliendo. la cola comenzó a avanzar. ¡soria!, ¡ventocilla!, por acá. ¡sotelo!, por acá. ¡zapata!, no hay.
¿¡cruz cornejo arsenia!?, lanzaron por el parlante. el nombre era inconfundible.
volví con ella y del brazo me presenté en ventanilla. vengo por un poder...
yo iba mirando alrededor, los viejitos que no paraban de hablar, no paraban de saludarse y sonreírse como si se estuvieran cireando. entonces vi a una señora que cargaba pesadamente a su hijo down. y esto joven no paraba de moverse, de reír, de carcajearse y de pronto ponerse a llorar, a resondrar, a morderle el brazo a su madre. le comenzó a pisar el pie. le jaló el pelo, la arañó por el cuello, le pateó la canilla y le metió cocachos. finalmente, le escupió la cara. la señora nunca se quejó. la señora le pedía que se calme. ya, mijo, ya. juanito, ya. tranquilo. ya, juanito. el niño se alteraba más y más y volvía a golpear. ahora más fuerte. comenzaba a gritar con toda su alma y babeaba y se tiraba al suelo y lloraba de impotencia. la madre le sonreía y le pedía que se vuelva de pie. ya, mijo. tamadre.
la vieja terminó el trámite, firmó y me entregó todo el billete. yo lo metí al bolsillo sin contar. vámonos de aquí, hay mucho ladrón, le dije. ella asintió. saliendo del banco fue que me di cuenta que mi mamá era una anciana que dependía del bastón para mantenerse en pie. tamadre. a pesar de todos los golpes que ha recibido de sus hijos, aún no la hemos podido matar. tamadre. por algo será.
y peor aún. dice la bruja menor, que la vieja mayor un día de estos se me puede morir. a la mierda, le respondo. le respondo y sigo comiendo mi pan con mantequilla, rápido para ir a trabajar. a la mierda, me dice: como si tú la fueras a enterrar. misio de mierda. tamadre. a comer nomás.
pero hubo un día que había que llevar a la vieja a hacer un trámite en el banco. un asunto que demoraba -por lo menos- unas tres horas. como yo soy el hermano que vive con la vieja, arrinconándola, viviendo de su pensión, dicen, vertiéndole mi veneno, también dicen, o simplemente jodiéndole la vida.
entonces fuimos temprano. ella se había preparado hacía como tres días para ir. estaba lista a primera hora, con los pañales bien puestos y bien desayunada, para aguantar la velada. el banco, aún de amanecer, era un basural de gente. puros ancianos, todos jodiéndose al otro, todos gritándose, todos quejándose. nos pusimos a la cola. éramos como el número sesentaicinco. chuchesumadre, caray. así no iré a trabajar. murmuré con preocupación. para lo que trabajas, murmuró la vieja. comenzó la joda.
la cola no avanzaba. estática, quieta. tamadre, vieja. fui a comprar un diario. lo leí todo. la cola seguía inmobil. me hice el crucigrama, nada. el horóscopo, ni mierda. tamadre. fuí a comprar maní. me cayó mal, fuí ventilarme del maní a la puerta y la cola seguía malditamente quieta. para esto, la vieja era conversa y conversa. comenzaba con que tenía tres hijos. los tres eran profesionales. uno era economista, tenía residencia en eeuu. el otro era auditor, ya tenía tres niñas y se iba por el varón. como era el más rebelde, comenzaba a contar que lo tuvo que llevar a la Normal por años. dice que le funcionó, aunque siempre va tener esos arranques... y se comenzaba a señalar la rodilla. aquí fue la primera vez. se abría un poco el escote y se señalaba con su mano: aquí también me mordió un día que llegó sampao. tamadre, vieja, cállate.
cuando habló de mí, fuí por un cigarrillo. pero escuché a lo lejos. tamadre. el tercero es el gordito de allá que fuma. sí, tiene su patilla de loco. yo siempre he sido tímido y mi mamá sabe que esas cosas me molestan. mas, me ofuzcan. recuerdo que una vez a los tres años yo me rebelé en el patio y me resistí a entrar a la casa por muchas horas. recuerdo haber carburado las peores maldades en contra de mis padres, quería que se vayan de ahí, que nos dejen en paz. que no vuelvan a lanzarse nada. tamadre. y cuando se hizo de noche, cuando ya tenía todo calculado para reporcharles lo que sentía, salió mi mamá y bastó una sonrisa para derrumbar ese odio que cargaba por nada.
él escribía sus cuentos. sí, había ganado un concurso distrital, sí. claro, también es poeta, mijo. tamadre. se acabó el cigarrillo. pero el sonso embarazó a su novia y se tuvo que casar. ahí lo tengo, pues. yo volvía y ella hablaba más bajito, pero nunca paraba de hablar.
la cola de mierda nunca avanzó. fui a reclamar allá adelante. que espere que ya el funcionario comenzaba con fuerza. tamadre. y todo para seguir manteniendo viva a la vieja. y por qué no se muere si tanto jode? por qué mejor no la mandamos al asilo? acaso se va morir ahí? pero si ahí tendrá amigas, para que juegue timba... y por qué no usamos el dinero que manda el negro para pagarle un nicho. total, si se muere, yo mismo la entierro en el jardín, eh. tamadre. vieja de mierda.
yo quemaba pensamientos. todos malos. me he percatado que cuando me altero el mal humor siempre recae en mi mamá. me dan ganar de meterle un cocacho, de abofetearla, jalarle el pelo. patearle la canilla, pisarle un dedo del pie, meterle un codazo, morderle la pierna... hacerle doler.
generalmente, cuando tengo estos pensamientos, genero un poco de gastritis y me comienzan unos dolores en la parte derecha del estómago. ya te he diiiicho, no me haces caaaaaaaaaaso, toma tu pastiiiiiilla. deja de fumar tu cigarriiiiiiito. y seguí cuchicheando con la del costado: este muchacho está igual que su padre. así andaba tenso, tenso, hasta que un día ¡pum!, se le reventó la panza. síiiiiiii. tamadre, vieja. deja de decir mentiras.
me senté un rato para sobarme el estómago. tamadre, si no fuera por la vieja esto no pasaría. ojalá te mueras. tamadre. y mi mamá seguía con el raje: mi juanito fue el que me hizo esto en el codo. ¡mamá!, salté alterado del asiento. ¡basta!, pero ella no paró de hablar con la de a lado: ya ve, ya ve? así se pone siempre. el cigarrito lo tiene así.
apenas escuché esto último, decidí regresar solo a casa. que se joda, grité saliendo. la cola comenzó a avanzar. ¡soria!, ¡ventocilla!, por acá. ¡sotelo!, por acá. ¡zapata!, no hay.
¿¡cruz cornejo arsenia!?, lanzaron por el parlante. el nombre era inconfundible.
volví con ella y del brazo me presenté en ventanilla. vengo por un poder...
yo iba mirando alrededor, los viejitos que no paraban de hablar, no paraban de saludarse y sonreírse como si se estuvieran cireando. entonces vi a una señora que cargaba pesadamente a su hijo down. y esto joven no paraba de moverse, de reír, de carcajearse y de pronto ponerse a llorar, a resondrar, a morderle el brazo a su madre. le comenzó a pisar el pie. le jaló el pelo, la arañó por el cuello, le pateó la canilla y le metió cocachos. finalmente, le escupió la cara. la señora nunca se quejó. la señora le pedía que se calme. ya, mijo, ya. juanito, ya. tranquilo. ya, juanito. el niño se alteraba más y más y volvía a golpear. ahora más fuerte. comenzaba a gritar con toda su alma y babeaba y se tiraba al suelo y lloraba de impotencia. la madre le sonreía y le pedía que se vuelva de pie. ya, mijo. tamadre.
la vieja terminó el trámite, firmó y me entregó todo el billete. yo lo metí al bolsillo sin contar. vámonos de aquí, hay mucho ladrón, le dije. ella asintió. saliendo del banco fue que me di cuenta que mi mamá era una anciana que dependía del bastón para mantenerse en pie. tamadre. a pesar de todos los golpes que ha recibido de sus hijos, aún no la hemos podido matar. tamadre. por algo será.
martes, abril 18, 2006
TU MOSTRITO
Yo también puedo escribir
Bonito
Como tú.
Sacudir tu ego
Y cortarte la cara para que me veas al espejo.
Porque soy más que tus miserias encarnadas
Tu herencia más fecunda
Merodeando fumaderos
y sueños estrellados contra el cemento de mis ideas torpes.
Puedo ser tan feo como tú y llegar a ser amado
Hasta que la muerte nos depare una mejor oportunidad para sonreir.
Voy a alimentarme de tus pantalones humedecidos por el miedo
De tus caricias caballescas
y tus borracheras mal narradas...
Después de toda la juerga,
haberte conocido no será más que la sexta vida de un gato que se resiste a dormir en cuna de oro.
Y pasarán cien años y las tristezas bailarán salsa pegadita en la oscuridad.
Y Cuasimodo será Miss Universo. Y Carevagina leerá noticias en TV.
Y mientras violas rompan en su estridencia
A mí me seguirán llamando Tu Mostrito.
Bonito
Como tú.
Sacudir tu ego
Y cortarte la cara para que me veas al espejo.
Porque soy más que tus miserias encarnadas
Tu herencia más fecunda
Merodeando fumaderos
y sueños estrellados contra el cemento de mis ideas torpes.
Puedo ser tan feo como tú y llegar a ser amado
Hasta que la muerte nos depare una mejor oportunidad para sonreir.
Voy a alimentarme de tus pantalones humedecidos por el miedo
De tus caricias caballescas
y tus borracheras mal narradas...
Después de toda la juerga,
haberte conocido no será más que la sexta vida de un gato que se resiste a dormir en cuna de oro.
Y pasarán cien años y las tristezas bailarán salsa pegadita en la oscuridad.
Y Cuasimodo será Miss Universo. Y Carevagina leerá noticias en TV.
Y mientras violas rompan en su estridencia
A mí me seguirán llamando Tu Mostrito.
domingo, marzo 26, 2006
Sapito Hinchado y su mamitis
Sapito Hinchado se puso a llorar el primer día de clases. Era la primera vez que iba al colegio, y era la primera vez que se alejaba de su mamá. Él solía dormir hasta tarde, soñando las historias más extraordinarias que nadie ha imaginado, y despertaba cargado de ilusiones y mil personajes que sólo vivían en su cabeza durante las noches.
Ella lo fue a dejar hasta la puerta, lo vistió con uniforme nuevo y le puso zapatos de tacón, "para que guardes la postura", le dijo su mamá entusiasta. "En el colegio aprenderás a ser un buen chico. Además, cuando veas todos los amigos que tendrás, serás más feliz aún".
Sapito Hinchado aún no abría bien los ojos cuando su mamá lo metió a empujones al salón de clases, entonces, se vio rodeado de muchos niños y niñas que no hacían más que gritar. Todos lo observaban raramente, sonreían sonrojados, vacilaban entre ellos hasta que la maestra llegó y lo puso al frente.
- Niños, éste es Sapito Hinchado -y lo tomó del hombro-. Será nuestro compañero.
- ¡Hola Sapito Hinchado! -gritaron todos con mucha fuerza.
Pero Sapito no pudo decir ni "pío". Se asustó, y comenzó a temblar de miedo. La maestra se dio cuenta y lo sentó en su pupitre. Le dio agua y esperó a que se calmara, pero Sapito Hinchado se puso peor, y se puso a llorar. "Quiero estar con mi mamá", suplicó entre lágrimas. "Quiero volver a mi casa, con mi mamá".
Así anduvo triste Sapito Hinchado los primeros días del colegio. Durante los recreos, mientras los otros niños salían a jugar pelota, chapita, pita con nudo y otras locuras, Sapito se quedaba sentado en su pupitre llorando, pidiendo a su mamá.
Chillaba y chillaba por horas hasta la salida, donde su mamá lo iba a recoger, y sólo ahí era que a Sapito le volvía la vida. Se le secaban los mocos y regresaba saltando a casa. Hasta el día siguiente que iba al colegio comenzaba a llorar.
La maestra le había dicho a su mamá que lo que tenía su hijo era mamitis, "un mal muy común entre los niños que quieren demasiado a su mamá. Pero se le pasará", dijo con esperanzas. Y dejaron que pasen los días a ver si mejoraba la cosa.
Un día, en el recreo, mientras los niños y las niñas salían disparados a jugar bajo la luz del sol, Sapito se acurrucó en su pupitre y comenzó a dibujar en su cuaderno, mientras iba diciéndose en voz bajita "mi mamá, yo quiero a mi mamá". Entonces oyó que alguien más decía "mamá" muy cerquita, y vio que en el salón también había una niña bajita de ojos redondos y las orejas grandes, tan grandes que flameaban lentamente como queriendo volar. "Yo también quiero estar con mi mamá", dijo la niña. Se llamaba Orejitas Tristes y también tenía mamitis. Ambos se miraron y se dieron cuenta que eran raros, que los niños que jugaban fuera en el recreo eran atléticos y fuertes, pero ellos eran diferentes y sabían dibujar mágicas figuras, porque Orejitas Tristes, al igual que Sapito Hinchado, también solía soñar historias fantásticas que luego, ya al despertar, pintaba en su cuaderno. Entonces, Sapito también le enseñó sus dibujos y animalitos que había inventado entre sueños.
Ambos sonrieron y vieron que no estaban solos, y comenzaron a salir del salón durante el recreo, y luego fueron mostrándoles sus dibujos a los demás niños, quienes también insistieron en jugar lingo, chinela, salto pirata y chapita, ahora con Sapito en el equipo. Y las niñas invitaron a Orejitas Tristes a jugar siete culebras con las demás.
A partir de entonces, durante los recreos en el colegio nadie se quedó en el salón de clases. Y los niños y las niñas jugaron al máximo, cada uno por su lado. Pero Sapito Hinchado y Orejitas Tristes se hicieron amigos de dibujo, para siempre.
Ella lo fue a dejar hasta la puerta, lo vistió con uniforme nuevo y le puso zapatos de tacón, "para que guardes la postura", le dijo su mamá entusiasta. "En el colegio aprenderás a ser un buen chico. Además, cuando veas todos los amigos que tendrás, serás más feliz aún".
Sapito Hinchado aún no abría bien los ojos cuando su mamá lo metió a empujones al salón de clases, entonces, se vio rodeado de muchos niños y niñas que no hacían más que gritar. Todos lo observaban raramente, sonreían sonrojados, vacilaban entre ellos hasta que la maestra llegó y lo puso al frente.
- Niños, éste es Sapito Hinchado -y lo tomó del hombro-. Será nuestro compañero.
- ¡Hola Sapito Hinchado! -gritaron todos con mucha fuerza.
Pero Sapito no pudo decir ni "pío". Se asustó, y comenzó a temblar de miedo. La maestra se dio cuenta y lo sentó en su pupitre. Le dio agua y esperó a que se calmara, pero Sapito Hinchado se puso peor, y se puso a llorar. "Quiero estar con mi mamá", suplicó entre lágrimas. "Quiero volver a mi casa, con mi mamá".
Así anduvo triste Sapito Hinchado los primeros días del colegio. Durante los recreos, mientras los otros niños salían a jugar pelota, chapita, pita con nudo y otras locuras, Sapito se quedaba sentado en su pupitre llorando, pidiendo a su mamá.
Chillaba y chillaba por horas hasta la salida, donde su mamá lo iba a recoger, y sólo ahí era que a Sapito le volvía la vida. Se le secaban los mocos y regresaba saltando a casa. Hasta el día siguiente que iba al colegio comenzaba a llorar.
La maestra le había dicho a su mamá que lo que tenía su hijo era mamitis, "un mal muy común entre los niños que quieren demasiado a su mamá. Pero se le pasará", dijo con esperanzas. Y dejaron que pasen los días a ver si mejoraba la cosa.
Un día, en el recreo, mientras los niños y las niñas salían disparados a jugar bajo la luz del sol, Sapito se acurrucó en su pupitre y comenzó a dibujar en su cuaderno, mientras iba diciéndose en voz bajita "mi mamá, yo quiero a mi mamá". Entonces oyó que alguien más decía "mamá" muy cerquita, y vio que en el salón también había una niña bajita de ojos redondos y las orejas grandes, tan grandes que flameaban lentamente como queriendo volar. "Yo también quiero estar con mi mamá", dijo la niña. Se llamaba Orejitas Tristes y también tenía mamitis. Ambos se miraron y se dieron cuenta que eran raros, que los niños que jugaban fuera en el recreo eran atléticos y fuertes, pero ellos eran diferentes y sabían dibujar mágicas figuras, porque Orejitas Tristes, al igual que Sapito Hinchado, también solía soñar historias fantásticas que luego, ya al despertar, pintaba en su cuaderno. Entonces, Sapito también le enseñó sus dibujos y animalitos que había inventado entre sueños.
Ambos sonrieron y vieron que no estaban solos, y comenzaron a salir del salón durante el recreo, y luego fueron mostrándoles sus dibujos a los demás niños, quienes también insistieron en jugar lingo, chinela, salto pirata y chapita, ahora con Sapito en el equipo. Y las niñas invitaron a Orejitas Tristes a jugar siete culebras con las demás.
A partir de entonces, durante los recreos en el colegio nadie se quedó en el salón de clases. Y los niños y las niñas jugaron al máximo, cada uno por su lado. Pero Sapito Hinchado y Orejitas Tristes se hicieron amigos de dibujo, para siempre.
miércoles, marzo 15, 2006
De cuando Sapito Hinchado no se quería bañar

A Sapito Hinchado no le gustaba bañarse porque decía que el jabón le daba
picazón y no soportaba rascarse todo el cuerpo. Cuando su mamá Sapito le
preguntaba en las mañanas si se había bañado, éste le respondía:
- Sí, mamá. Como todos los días.
Al tiempo, su mamá se dio cuenta que Sapito Hinchado llevaba grandes manchas en
la cara.
- Sapito, ¿te bañaste hoy? -le preguntó su mamá Sapito, muy preocupada.
- Sí, mamá. Como todos los días -mintió el Sapito.
Pasaron los días y su mamá vio que Sapito Hinchado llevaba grandes costras de
colores en el cuerpo. Algunas tenían pelos y se movían como medusas.
- Sapito, ¿te bañaste hoy? -le preguntó su mamá Sapito, más preocupada
aún.
- Sí, mamá. Como todos los días - volvió a mentir el Sapito.
Las manchas y costras de suciedad de Sapito Hinchado fueron creciendo tanto que
les comenzaron a crecerles bocas hambrientas. Entonces, algunas se movían como
medusas, y otras no paraban de hablar.
- ¡Somos los cochinos y venimos a comer! - Gritó una boca.
- Sí, ¡te vamos a comer! - Gritó otra medusa.
A Sapito Hinchado se lo iban a comer: primero, le echaron limón en el cuerpo.
Luego, un poco de sal.
En eso fue que la mamá Sapito escuchó un ruido y fue en busca de su hijo.
Sapito Hinchado estaba a punto de ser almorzado por sus costras y manchas cuando
su mamá le volvió a preguntar:
- Sapito, ¿estás seguro que te bañaste hoy? - Le preguntó angustiada.
Sapito Hinchado quiso decir que sí, como todos los días. Pero una boca de su
cuerpo le amenazó:
- Sapito, si no te bañas, te comeremos.
Entonces, Sapito Hinchado no tuvo otra que confesarle a su mamá que hacía un
año que no se bañaba porque decía que el jabón le daba picazón y no
soportaba rascarse todo el cuerpo. su mamá Sapito entendió, y lo bañó con
una escobilla de ropa que fue sacando las manchas y las costras de su cuerpo.
La última boca que salió del cuerpo de Sapito Hinchado, le dijo:
- Sapito, si no era por tu mamá, te comíamos con limón y sal.
martes, febrero 28, 2006
UN DÍA DE COMBI
Yo viajo en micro porque me da la gana. No importa que me tomen por imbecil, pero jamás he gozado estar en el volante. Menos, aguantar el tráfico, y peor aún, los accidentes de tránsito. Por eso, hace ya varios años que vendí mi auto y decidí estar más cerca de mi realidad.
Iba por la Javier Prado, sentado con el culo sudando cuando la combi impactó con el auto de adelante. El chofer, que tenía el volumen de su radio a full escuchando reggaeton, increpó a su cobrador de no avisarle que había que parar. El cobrador le respondió en tono desafiante que su misión es cobrar. Y en medio de su crisis apareció el dueño del carro chocado. Era un pituquito flaco con la nariz respingada y hacía cara de asco por cualquier cosa a su alrededor. Se acercó a la ventana del piloto y comenzó con el rosario de insultos: que si uno está ciego, que si uno no sabe ver la luz roja, que si uno no sabe manejar para qué se mete, que la suciedad en las calles, que los cholos de mierda. Que la policía. Y la policía ni estaba cerca, así que el conductor de la combi, entre los insultos y el desprecio de ser un serrano ignorante que le fallan los reflejos, se comenzó a dar cuenta que bien podría poner primera y escapar del lugar de los hechos. Entonces, mientras el agraviado seguía reclamándole que sus uñas se habían ensuciado por culpa de los cholos, y el cobrador de la combi le ofrecía por lo bajo diez soles de indenmización, el chofer volteó hacia el público que lo acompañaba y gritó: ¡Llevan! Y arrancó. Y como el agraviado pituquito seguía llorando por su uña rota, entre su impotencia, se lanzó dentro del auto por la ventana del conductor. Mientras que la combi avanzaba y tomaba vuelo, el pituquito agraviado quedó con las piernas colgando, flameándose como tomando forma de superman en pleno vuelo. A media cuadra cayó seco y siguió gritando por su uña rota.
La combi se fue alejando por la Javier Prado y la figura del pituco caído en el asfalto se fue achicando, como el cierre de un telón, y la combi siguió su ruta sin problema alguno. El cobrador le reclamó a su conductor la falta de responsabilidad que lo albergaba pero el público pasajero lo terminó callando con chiflidos y señales de cansancio y exasperación. Entonces no hubo otra que seguir cobrando el pasaje.
Antes de llegar a una luz roja, las señoras más adultas que viajaban en la combi avisaron con susto: ¡Ahí viene el loco! ¡Ahí viene el loco!
El auto agraviado venía detrás a toda velocidad, zigzageando atolondrado y hábido de justicia. Al llegar donde la combi, salió raudo de su vehículo, su polo lucía ensangrentado y el brazo izquierdo le colgaba en tres pedazos. Sus lentes oscuros se habían rajado y su pelo engominado era -ahora- una mata de cabello sucio y grasoso que dejaba especular en una severa calvicie.
El conductor, ni cojudo que fuera, cerró su ventana y espero sentado su sentencia. Pero cuando el pituquito quiso lanzar un puñete, el brazo no le respondió y el golpe solo manchó un poco la ventana con sangre.
En medio del tráfico vehicular, una tomba estaba dirigiendo el tránsito hasta que se dio cuenta que había un tumulto a medio metro de la avenida que ella ordenadamente mantenía caótica. Se acercó, vio al pituquito con su pelo sucio, el brazo roto, las uñas descuidadas y el auto chocado por detrás, y le pidió a la combi que se estacionara a un lado. La gente comenzó a abuchear la medida disciplinaria.
Mientras llegaban más efectivos policiales, el chofer y su cobrador insistieron que fue el pituquito quien metió el vehículo por su camino, que eran inocentes de todo y que tenían que seguir la ruta porque había público que tenía que volver a su casa. La gente apoyó este argumento con palmas solidarias, pero la tomba seguía llenando las papeletas de rigor: Choque, fuga, agresión, falta de respeto e imprudencia cívica. Antes de firmar el acta, la tomba se dio cuenta también que la combi no tenía permiso para circular, que el conductor tenía un brevete caduco y que el cobrador no había repartido boleto.
La tomba sacó la cuenta total de los daños y le ofreció al conductor un precio de ocasión para poder seguir cumpliendo con los pasajeros. El boletero, en su desesperación por solucionar el percance, juntó parte del dinero. Y como faltaba algunos soles para completar la oferta, volvió al pasillo pidiendo ayuda a los viajeros. Cuando completó el monto, la tomba esperó a que llegue la ambulancia para el pituquito y se lo lleven a emergencia. Entonces, apenas pusieron al agredido en la camilla, la tomba abrió su bolsillo y pidió que le chorreen el dinero. Volvió a su puesto de semáforo humano y la combi siguió su ruta entre aplausos de la gente que por unos cuantos minutos se sintieron satisfechos por la democracia que lograron.
Cuando cambiaron de turno en el cruce, la nueva tomba se percató que había un vehículo estacionado en medio de la pista, en la puerta había unas cuantas gotas de sangre y en el parachoques un ligero rasguño. Apenas hizo la inspección oficial, tomó su libreta de papeletas y le dejó entre las plumillas una infracción por negligencia vial, y siguió dirigiendo el tránsito caóticamente.
Iba por la Javier Prado, sentado con el culo sudando cuando la combi impactó con el auto de adelante. El chofer, que tenía el volumen de su radio a full escuchando reggaeton, increpó a su cobrador de no avisarle que había que parar. El cobrador le respondió en tono desafiante que su misión es cobrar. Y en medio de su crisis apareció el dueño del carro chocado. Era un pituquito flaco con la nariz respingada y hacía cara de asco por cualquier cosa a su alrededor. Se acercó a la ventana del piloto y comenzó con el rosario de insultos: que si uno está ciego, que si uno no sabe ver la luz roja, que si uno no sabe manejar para qué se mete, que la suciedad en las calles, que los cholos de mierda. Que la policía. Y la policía ni estaba cerca, así que el conductor de la combi, entre los insultos y el desprecio de ser un serrano ignorante que le fallan los reflejos, se comenzó a dar cuenta que bien podría poner primera y escapar del lugar de los hechos. Entonces, mientras el agraviado seguía reclamándole que sus uñas se habían ensuciado por culpa de los cholos, y el cobrador de la combi le ofrecía por lo bajo diez soles de indenmización, el chofer volteó hacia el público que lo acompañaba y gritó: ¡Llevan! Y arrancó. Y como el agraviado pituquito seguía llorando por su uña rota, entre su impotencia, se lanzó dentro del auto por la ventana del conductor. Mientras que la combi avanzaba y tomaba vuelo, el pituquito agraviado quedó con las piernas colgando, flameándose como tomando forma de superman en pleno vuelo. A media cuadra cayó seco y siguió gritando por su uña rota.
La combi se fue alejando por la Javier Prado y la figura del pituco caído en el asfalto se fue achicando, como el cierre de un telón, y la combi siguió su ruta sin problema alguno. El cobrador le reclamó a su conductor la falta de responsabilidad que lo albergaba pero el público pasajero lo terminó callando con chiflidos y señales de cansancio y exasperación. Entonces no hubo otra que seguir cobrando el pasaje.
Antes de llegar a una luz roja, las señoras más adultas que viajaban en la combi avisaron con susto: ¡Ahí viene el loco! ¡Ahí viene el loco!
El auto agraviado venía detrás a toda velocidad, zigzageando atolondrado y hábido de justicia. Al llegar donde la combi, salió raudo de su vehículo, su polo lucía ensangrentado y el brazo izquierdo le colgaba en tres pedazos. Sus lentes oscuros se habían rajado y su pelo engominado era -ahora- una mata de cabello sucio y grasoso que dejaba especular en una severa calvicie.
El conductor, ni cojudo que fuera, cerró su ventana y espero sentado su sentencia. Pero cuando el pituquito quiso lanzar un puñete, el brazo no le respondió y el golpe solo manchó un poco la ventana con sangre.
En medio del tráfico vehicular, una tomba estaba dirigiendo el tránsito hasta que se dio cuenta que había un tumulto a medio metro de la avenida que ella ordenadamente mantenía caótica. Se acercó, vio al pituquito con su pelo sucio, el brazo roto, las uñas descuidadas y el auto chocado por detrás, y le pidió a la combi que se estacionara a un lado. La gente comenzó a abuchear la medida disciplinaria.
Mientras llegaban más efectivos policiales, el chofer y su cobrador insistieron que fue el pituquito quien metió el vehículo por su camino, que eran inocentes de todo y que tenían que seguir la ruta porque había público que tenía que volver a su casa. La gente apoyó este argumento con palmas solidarias, pero la tomba seguía llenando las papeletas de rigor: Choque, fuga, agresión, falta de respeto e imprudencia cívica. Antes de firmar el acta, la tomba se dio cuenta también que la combi no tenía permiso para circular, que el conductor tenía un brevete caduco y que el cobrador no había repartido boleto.
La tomba sacó la cuenta total de los daños y le ofreció al conductor un precio de ocasión para poder seguir cumpliendo con los pasajeros. El boletero, en su desesperación por solucionar el percance, juntó parte del dinero. Y como faltaba algunos soles para completar la oferta, volvió al pasillo pidiendo ayuda a los viajeros. Cuando completó el monto, la tomba esperó a que llegue la ambulancia para el pituquito y se lo lleven a emergencia. Entonces, apenas pusieron al agredido en la camilla, la tomba abrió su bolsillo y pidió que le chorreen el dinero. Volvió a su puesto de semáforo humano y la combi siguió su ruta entre aplausos de la gente que por unos cuantos minutos se sintieron satisfechos por la democracia que lograron.
Cuando cambiaron de turno en el cruce, la nueva tomba se percató que había un vehículo estacionado en medio de la pista, en la puerta había unas cuantas gotas de sangre y en el parachoques un ligero rasguño. Apenas hizo la inspección oficial, tomó su libreta de papeletas y le dejó entre las plumillas una infracción por negligencia vial, y siguió dirigiendo el tránsito caóticamente.
viernes, febrero 17, 2006
TANTAS VECES LLOSA
Pedro Llosa Vélez tiene una docena de premios como escritor. Su más reciente libro "Protocolo Rorschach" ha recibido la venia de los peruanos más prestigiosos.
Economista egresado de la U. del Pacífico, luego estudió una Maestría en Literatura Latinoamericana en San Marcos. Este escritor limeño nacido en 1975, desde hace varios años tiene presencia constante en todos los concursos literarios locales. Entre los más importantes destacan una mención en el Concurso de Dramaturgia del Teatro Nacional 2001, el premio Dedo Crítico por su libro “Viento en Proa” (en 2002 fue publicado), finalista en el Premio Nacional PUCP y tres destacadas presencias en el prestigioso Copé de Cuento.
La vida de Pedro Llosa transcurre entre los salones de un colegio y su estudio privado, donde trabaja su escritura con vocación de artesano. Ha publicado artículos en varios medios de prensa y ha participado en antologías publicadas en el extranjero. Para la presentación de su último libro “Protocolo Rorschach” (PUCP, 2005), además de la singular presencia de inquietas jovencitas, Pedro tuvo entre sus invitados a gente de primer nivel como Mario Vargas Llosa, Oswaldo Reynoso y Yolanda Westphalen.

Percy Encinas, Oswaldo, Yolanda, Pedro y Mario
¿Qué sensación te deja la presencia de los pilares de la literatura contemporánea peruana en la presentación de tu libro?
Satisfacción, sin duda. Sin embargo, al igual que las palabras de Luis Jaime en el libro, lo tomo como una simple voz de aliento para hacer lo que todavía no he hecho. Creo que la presencia de ambos es, antes que cualquier celebración por mis libros, un valioso gesto de solidaridad por haber priorizado la literatura en mi vida.
¿Cuál es el motor de tu creación literaria?
Son muchos, algunos más fuertes que otros. El primero es el placer del ejercicio mismo de la escritura. Y ahí hay muchas cosas en juego. Cuando todo lo que no es leer o escribir te pone de mal humor, es porque esa actividad concentra demasiado. Está el vicio del lenguaje, en donde disfrutas de una buena frase como el mejor manjar, está la hipnosis por la historia que quieres contar.

Finalmente, ¿qué opinas de la escena actual en lima? ¿Tienes alguna opinión respecto del debate literario entre “criollos” y “andinos”?
Creo que ha sido un año positivo para la literatura peruana. Hay un gran flujo editorial. Respecto al debate que inició Miguel Gutiérrez, me quedó una gran conclusión: el reclamo inicial es legítimo y real, aunque la discusión se llevó para otro lado. El tema no es quien escribe mal o bien; sino que hay medios de prensa excluyentes y panacales. Lo que ha faltado en el debate es un mea culpa de este lado y no una defensa basada en llamar envidiosos al resto. Incluso, dentro de este grupo, que supuestamente maneja los medios, hay quienes sí son democráticos y tratan de leerlo y comentarlo todo, y otros quienes creen que el mundo es un ayllu, en donde cualquier ajeno va a venir a achicarles la torta.
PUBLICADO EN LA REVISTA URBNAIA 21, febrero 2006. Perú.
Economista egresado de la U. del Pacífico, luego estudió una Maestría en Literatura Latinoamericana en San Marcos. Este escritor limeño nacido en 1975, desde hace varios años tiene presencia constante en todos los concursos literarios locales. Entre los más importantes destacan una mención en el Concurso de Dramaturgia del Teatro Nacional 2001, el premio Dedo Crítico por su libro “Viento en Proa” (en 2002 fue publicado), finalista en el Premio Nacional PUCP y tres destacadas presencias en el prestigioso Copé de Cuento.
La vida de Pedro Llosa transcurre entre los salones de un colegio y su estudio privado, donde trabaja su escritura con vocación de artesano. Ha publicado artículos en varios medios de prensa y ha participado en antologías publicadas en el extranjero. Para la presentación de su último libro “Protocolo Rorschach” (PUCP, 2005), además de la singular presencia de inquietas jovencitas, Pedro tuvo entre sus invitados a gente de primer nivel como Mario Vargas Llosa, Oswaldo Reynoso y Yolanda Westphalen.

Percy Encinas, Oswaldo, Yolanda, Pedro y Mario
¿Qué sensación te deja la presencia de los pilares de la literatura contemporánea peruana en la presentación de tu libro?
Satisfacción, sin duda. Sin embargo, al igual que las palabras de Luis Jaime en el libro, lo tomo como una simple voz de aliento para hacer lo que todavía no he hecho. Creo que la presencia de ambos es, antes que cualquier celebración por mis libros, un valioso gesto de solidaridad por haber priorizado la literatura en mi vida.
¿Cuál es el motor de tu creación literaria?
Son muchos, algunos más fuertes que otros. El primero es el placer del ejercicio mismo de la escritura. Y ahí hay muchas cosas en juego. Cuando todo lo que no es leer o escribir te pone de mal humor, es porque esa actividad concentra demasiado. Está el vicio del lenguaje, en donde disfrutas de una buena frase como el mejor manjar, está la hipnosis por la historia que quieres contar.

Finalmente, ¿qué opinas de la escena actual en lima? ¿Tienes alguna opinión respecto del debate literario entre “criollos” y “andinos”?
Creo que ha sido un año positivo para la literatura peruana. Hay un gran flujo editorial. Respecto al debate que inició Miguel Gutiérrez, me quedó una gran conclusión: el reclamo inicial es legítimo y real, aunque la discusión se llevó para otro lado. El tema no es quien escribe mal o bien; sino que hay medios de prensa excluyentes y panacales. Lo que ha faltado en el debate es un mea culpa de este lado y no una defensa basada en llamar envidiosos al resto. Incluso, dentro de este grupo, que supuestamente maneja los medios, hay quienes sí son democráticos y tratan de leerlo y comentarlo todo, y otros quienes creen que el mundo es un ayllu, en donde cualquier ajeno va a venir a achicarles la torta.
PUBLICADO EN LA REVISTA URBNAIA 21, febrero 2006. Perú.
martes, febrero 14, 2006
martes, febrero 07, 2006
EL DEBUT DE LOS VIEJITOS DE BARRÓN
sábado, enero 07, 2006
lunes, enero 02, 2006
CONFESIONES DE UN PAPEL HIGIÉNICO OLVIDADO
¿Usted cree que para mí es fácil venir hasta aquí a contarle mis miserias? ¿O acaso no se ha dado cuenta de con quién está hablando?
Mi color rosado me delata, lo sé. En mis tiempos infantes, no había cosa peor que ser negro. Y peor aún, tener que caminar por la calle mostrando esa oscura desazón. Habré conocido a más de una docena de negros en toda mi vida y jamás he rechazado el saludo de nadie, quisiera que se diga de mí que siempre fui solidario con todos mis hermanos, incluído los negros.
Ahí está la gasa del hospital, una amiga inolvidable. También recuerdo las toallas húmedas para limpiar el cutis, que andaban en amores con su médico de cabecera. Se casaron, me dijeron por ahí, como queriendo sacarme celos, pero yo sigo metido en mis desgracias y ningún doctor cura hemorroides va sacarme de mi propio juicio.
Justamente, por no acudir donde ese médico fue que me crucé con el último negro que vi en vida. Yo daba vueltas en mi propio espacio, tenía solidez tal en mi accionar que todos querían de mis servicios: bebés con "premio", niños agripados, señoras en llanto, ancianos incontinentes, perros legañosos, toda una fauna llena de ganas por darles mi alegría, mi limpieza, mi pureza.
Para ese entonces, yo me entregaba a quien me pedía. Nunca puse peros ni cuestioné para qué me usaban. Incluso, cuando fui convocado para ayudar a ese pobre negro que sufría de extreñimiento, me acerqué con las mejores intenciones. Puse mi mejilla rosada junto a su nalga de ébano, lo froté levemente y dejé que su indigestión vaya calmándose.
El pobre hombre se había olvidado decirle a su médico que la noche anterior, mientras celebraba el cumpleaños de su tía, tuvo una formidable cena: chupín de camarones como entrada, risoto de pescado y conchas de abanico como segundo, y una chirimoya de postre. Justamente, nadie le avisó al negro que las pepitas no se comían y se las terminó tragando. Entonces, nada pasó sino hasta dos días despues, que la cena no salía del estómago. Pujó un millón de veces frente a mí, sentado, con cara de compungido y dolorosamente asustado. ¿Qué me pasa?, gritaba en el baño. ¡Dios!, ¡me voy a morir!, y no dejaba el llanto.
Yo mismo tuve que atenderlo cuando cayó desamayado. sequé sus lágrimas de sangre e intenté parar la hemorragia con mis propias manos. Luego, lo acompañe hasta el consultorio, donde lo echaron un rato boca abajo, mientras le ponían los somníferos y preparaban una lavativa.
Terminada la limpieza, el pobre hombre no se pudo sentar por cuatro días. Ahí estuve yo, soportando su dolor como buen amigo que soy de la indigestión. Y como no tuve otra cosa mejor qué hacer, comencé a apuntarlo todo para venir a demostrarte que sigo vigente, que sigo firme en el baño, esperando que alguien pida por mis servicios de sanidad.
Mi color rosado me delata, lo sé. En mis tiempos infantes, no había cosa peor que ser negro. Y peor aún, tener que caminar por la calle mostrando esa oscura desazón. Habré conocido a más de una docena de negros en toda mi vida y jamás he rechazado el saludo de nadie, quisiera que se diga de mí que siempre fui solidario con todos mis hermanos, incluído los negros.
Ahí está la gasa del hospital, una amiga inolvidable. También recuerdo las toallas húmedas para limpiar el cutis, que andaban en amores con su médico de cabecera. Se casaron, me dijeron por ahí, como queriendo sacarme celos, pero yo sigo metido en mis desgracias y ningún doctor cura hemorroides va sacarme de mi propio juicio.
Justamente, por no acudir donde ese médico fue que me crucé con el último negro que vi en vida. Yo daba vueltas en mi propio espacio, tenía solidez tal en mi accionar que todos querían de mis servicios: bebés con "premio", niños agripados, señoras en llanto, ancianos incontinentes, perros legañosos, toda una fauna llena de ganas por darles mi alegría, mi limpieza, mi pureza.
Para ese entonces, yo me entregaba a quien me pedía. Nunca puse peros ni cuestioné para qué me usaban. Incluso, cuando fui convocado para ayudar a ese pobre negro que sufría de extreñimiento, me acerqué con las mejores intenciones. Puse mi mejilla rosada junto a su nalga de ébano, lo froté levemente y dejé que su indigestión vaya calmándose.
El pobre hombre se había olvidado decirle a su médico que la noche anterior, mientras celebraba el cumpleaños de su tía, tuvo una formidable cena: chupín de camarones como entrada, risoto de pescado y conchas de abanico como segundo, y una chirimoya de postre. Justamente, nadie le avisó al negro que las pepitas no se comían y se las terminó tragando. Entonces, nada pasó sino hasta dos días despues, que la cena no salía del estómago. Pujó un millón de veces frente a mí, sentado, con cara de compungido y dolorosamente asustado. ¿Qué me pasa?, gritaba en el baño. ¡Dios!, ¡me voy a morir!, y no dejaba el llanto.
Yo mismo tuve que atenderlo cuando cayó desamayado. sequé sus lágrimas de sangre e intenté parar la hemorragia con mis propias manos. Luego, lo acompañe hasta el consultorio, donde lo echaron un rato boca abajo, mientras le ponían los somníferos y preparaban una lavativa.
Terminada la limpieza, el pobre hombre no se pudo sentar por cuatro días. Ahí estuve yo, soportando su dolor como buen amigo que soy de la indigestión. Y como no tuve otra cosa mejor qué hacer, comencé a apuntarlo todo para venir a demostrarte que sigo vigente, que sigo firme en el baño, esperando que alguien pida por mis servicios de sanidad.
sábado, diciembre 24, 2005
domingo, diciembre 18, 2005
Aventura Culinaria (Y tú, ¿cuál es tu secreto?)
Tenía yo un primo que administraba una pollería. Él cuidaba la caja de doce a nueve todos los días. Y durante las mañanas, Totó, gordo, sudoroso y ojeroso de la mala vida que le ha tocado, metía los pollos a la brasa caliente.
Decían ya algunos que el restauran de Totó era el mejor de Lima. Tuvo cierta fama cuando salió, entrevistado, en la televisión. Ahí presentó a los diez millones de peruanos que éramos en ese momento, su fórmula secreta para lograr tan exquisito pollo que todo el mundo apreciaba y atragantaba a la familia completa.
Un poco de ají, un poco de cerveza, un poco de sal, pimienta, más sal. Unas gotas de aceite. Y luego de esa vez, el lugar se hizo tan conocido que llegaron familias provenientes de todos los puntos. Autos grandes, autos chicos, taxis, familias caminando, todos querían el pollo frito de Totó.
Yo quería mucho a mi primo. También íbamos con la familia a consumirle, y siempre nos hacía un descuento. Incluso, no pagues, dijo delante de mis hijos, y tuve que guardar el dinero.
Una vez llegué de noche. Menos mal, no había clientes. Totó me atendió bien, pero estaba un poco ofuscado, pues el cocinero no venía a trabajar hacía días. Los pollos estaban retrasados. Entonces me pidió que lo acompañara un rato en la cocina. Yo iba picando de unas papas fritas que recién salían del aceite caliente, cuando Totó me dijo lo siguiente:
- Primo, quiero compartir mi secreto contigo.
Le sonreí nervioso. No entendí su broma, peor aún, pues se bajó el cierre del pantalón y sacó su XXX. Seguí comiendo papas crocantes, incómodo, pero el hambre me ganaba.
- Entonces, ¿cuál es tu secreto?
Totó apuntó a los pollos encurtidos y roció un poco de su pichi bendita, mientras hacía piruetas con su XXX y tarareaba una canción de niño. Cuando terminó de descargar su vejiga, se subió el cierre y, riendo casi endemoniado, me preguntó:
- Y tú, ¿cuál es tu secreto?
Decían ya algunos que el restauran de Totó era el mejor de Lima. Tuvo cierta fama cuando salió, entrevistado, en la televisión. Ahí presentó a los diez millones de peruanos que éramos en ese momento, su fórmula secreta para lograr tan exquisito pollo que todo el mundo apreciaba y atragantaba a la familia completa.
Un poco de ají, un poco de cerveza, un poco de sal, pimienta, más sal. Unas gotas de aceite. Y luego de esa vez, el lugar se hizo tan conocido que llegaron familias provenientes de todos los puntos. Autos grandes, autos chicos, taxis, familias caminando, todos querían el pollo frito de Totó.
Yo quería mucho a mi primo. También íbamos con la familia a consumirle, y siempre nos hacía un descuento. Incluso, no pagues, dijo delante de mis hijos, y tuve que guardar el dinero.
Una vez llegué de noche. Menos mal, no había clientes. Totó me atendió bien, pero estaba un poco ofuscado, pues el cocinero no venía a trabajar hacía días. Los pollos estaban retrasados. Entonces me pidió que lo acompañara un rato en la cocina. Yo iba picando de unas papas fritas que recién salían del aceite caliente, cuando Totó me dijo lo siguiente:
- Primo, quiero compartir mi secreto contigo.
Le sonreí nervioso. No entendí su broma, peor aún, pues se bajó el cierre del pantalón y sacó su XXX. Seguí comiendo papas crocantes, incómodo, pero el hambre me ganaba.
- Entonces, ¿cuál es tu secreto?
Totó apuntó a los pollos encurtidos y roció un poco de su pichi bendita, mientras hacía piruetas con su XXX y tarareaba una canción de niño. Cuando terminó de descargar su vejiga, se subió el cierre y, riendo casi endemoniado, me preguntó:
- Y tú, ¿cuál es tu secreto?
domingo, noviembre 27, 2005
ARENA DE MÉXICO
Arena, suplemento cultural de Excelcior. Año 6, Tomo 6. Domingo 27 de noviembre de 2005. Número 352. México.
Microrrelatos. Quinteto.
Testimonio
de un lápiz antes
de ser desecho
Juan José Sandoval Zapata
Usted va a pensar que estoy loco, señor. Pero disculpe usted si ataranto su lógica estructural. Las hojas cuadriculadas me producen jaqueca. Por eso es que vale la pena objetarle el hecho de utilizar esa horrorosa manta matemática, para acoplarnos a la blancura infinita del bond de ciento veinte gramos. Las yemas de mis dedos se lo agradecerán, estimado señor. Venga, que le voy a contar lo que me pasó.
Verá usted, señor. Yo no era como me ve ahora. No, señor, cómo cree que pudiera tener semejante fealdad
de manera perpetua. Señor, yo le cuento, fue el tajador quien mejoró mi sonrisa. Porque la mía era una cara de lamento cuando pasó el accidente que me ocurrió, señor.
Yo iba deslizando mi carbón sulfatado por el bond. Siempre había querido ser surfista pero ya pues, señor, aquí me tiene de lápiz de tercera edad escribiendo para terceras personas.
Entonces como que el deslizarme por el bond hizo que mi pasión por la tabla se vea compensada. Yo señor, que andaba bailando en zig-zag por el papel limpio, creando poesía de alta calidad, gustoso de mi vida íntima haciendo mías las lágrimas de quienes plasmaron su verso lacrimógeno por mi cuerpo de madera respingada.
El día aquel que le quiero contar, señor, data ya de unos años. Como le decía, andaba bailando palabras hermosas por el papel: deuteronomios, acemípalos, terecoideos, anitimotina, nefelibatas, pluscuamperfectos hidrocarburados, mentecatas comestibles. Toda una delicia de creatividad en que me hallaba profuso, sumergido en mí. Toda esa felicidad corría en mí, señor, hasta que el accidente me sacó del papel.
No recuerdo bien si fue un resbalón el que me sacó del camino. O fue mi sesgo de vida. Ese sesgo que le da la poesía a quienes ríen demasiado. La tiranía del verso, que le dicen. De la frase. De la palabra. La tiranía de la locura, señor, imagínese. La locura rompió mi puntiaguda nariz. La palabra quedó incompleta, la voz fracturada. Sólo se oía mi grito de dolor.
Sacarme más punta sería soltar la guillotina en mí, consultó el escribano. No había más que mi voz de lamento, señor. Suplicaba, siquiera, terminar el poema, no ceder a la vejez, al olvido del ser humano. Yo, heredero de la pluma con tinta con la que se escribió el primer Quijote. Yo, abuelo del bolígrafo que inundó Hollywood con sus estrellas. Yo, el precursor del pincel fino que parió el lienzo.
Y me descarrilé por completo...
Primero fui a dar a una fosa común. Hice amigos, sí, algunos con la misma edad que yo.
Algunos con los mismos dolores, los mismos traumas. Jamás me había dado cuenta que mientras yo versaba, había compatriotas míos que se dedicaban al dibujo, al color, al movimiento de las figuras. ¡Estaba en otra vida!
Negarme a ser tajado fue también renunciar a mi propia obra. Igual le pasó al lápiz rojo, que después del exilio se hizo amigo mío. Quién diría, me dijo. Jamás iba pensar ser amigo de un “rojo”. Pero ya ve usted, señor, todo se paga esta vida.
Luego de la fosa, señor, no tuve otra que huir. Entonces acordé con otros compañeros mutilados que bien podíamos salir del agujero a donde nos habían metido sin consulta alguna, que la revolución es posible. Que el poder real está en nosotros mismos. Que viva el Che, viva Neruda. ¡Viva la revolución!
Y nos unimos.
De nada sirvió, señor. Aquí me tiene usted. Recogido de un tacho de basura. Revindicado por usted, dándome la oportunidad de decir que sí, que aún puedo ser el de antes. Deme tan sólo una hoja bond de ciento veinte gramos y le explico.
Aquí un ejemplo: descuajeringamiento rocanrolerizado para niños insulínos con síndrome de incontinencia verbal. ¿Usted qué dice?
Microrrelatos. Quinteto.
Testimonio
de un lápiz antes
de ser desecho
Juan José Sandoval Zapata
Usted va a pensar que estoy loco, señor. Pero disculpe usted si ataranto su lógica estructural. Las hojas cuadriculadas me producen jaqueca. Por eso es que vale la pena objetarle el hecho de utilizar esa horrorosa manta matemática, para acoplarnos a la blancura infinita del bond de ciento veinte gramos. Las yemas de mis dedos se lo agradecerán, estimado señor. Venga, que le voy a contar lo que me pasó.
Verá usted, señor. Yo no era como me ve ahora. No, señor, cómo cree que pudiera tener semejante fealdad
de manera perpetua. Señor, yo le cuento, fue el tajador quien mejoró mi sonrisa. Porque la mía era una cara de lamento cuando pasó el accidente que me ocurrió, señor.
Yo iba deslizando mi carbón sulfatado por el bond. Siempre había querido ser surfista pero ya pues, señor, aquí me tiene de lápiz de tercera edad escribiendo para terceras personas.
Entonces como que el deslizarme por el bond hizo que mi pasión por la tabla se vea compensada. Yo señor, que andaba bailando en zig-zag por el papel limpio, creando poesía de alta calidad, gustoso de mi vida íntima haciendo mías las lágrimas de quienes plasmaron su verso lacrimógeno por mi cuerpo de madera respingada.
El día aquel que le quiero contar, señor, data ya de unos años. Como le decía, andaba bailando palabras hermosas por el papel: deuteronomios, acemípalos, terecoideos, anitimotina, nefelibatas, pluscuamperfectos hidrocarburados, mentecatas comestibles. Toda una delicia de creatividad en que me hallaba profuso, sumergido en mí. Toda esa felicidad corría en mí, señor, hasta que el accidente me sacó del papel.
No recuerdo bien si fue un resbalón el que me sacó del camino. O fue mi sesgo de vida. Ese sesgo que le da la poesía a quienes ríen demasiado. La tiranía del verso, que le dicen. De la frase. De la palabra. La tiranía de la locura, señor, imagínese. La locura rompió mi puntiaguda nariz. La palabra quedó incompleta, la voz fracturada. Sólo se oía mi grito de dolor.
Sacarme más punta sería soltar la guillotina en mí, consultó el escribano. No había más que mi voz de lamento, señor. Suplicaba, siquiera, terminar el poema, no ceder a la vejez, al olvido del ser humano. Yo, heredero de la pluma con tinta con la que se escribió el primer Quijote. Yo, abuelo del bolígrafo que inundó Hollywood con sus estrellas. Yo, el precursor del pincel fino que parió el lienzo.
Y me descarrilé por completo...
Primero fui a dar a una fosa común. Hice amigos, sí, algunos con la misma edad que yo.
Algunos con los mismos dolores, los mismos traumas. Jamás me había dado cuenta que mientras yo versaba, había compatriotas míos que se dedicaban al dibujo, al color, al movimiento de las figuras. ¡Estaba en otra vida!
Negarme a ser tajado fue también renunciar a mi propia obra. Igual le pasó al lápiz rojo, que después del exilio se hizo amigo mío. Quién diría, me dijo. Jamás iba pensar ser amigo de un “rojo”. Pero ya ve usted, señor, todo se paga esta vida.
Luego de la fosa, señor, no tuve otra que huir. Entonces acordé con otros compañeros mutilados que bien podíamos salir del agujero a donde nos habían metido sin consulta alguna, que la revolución es posible. Que el poder real está en nosotros mismos. Que viva el Che, viva Neruda. ¡Viva la revolución!
Y nos unimos.
De nada sirvió, señor. Aquí me tiene usted. Recogido de un tacho de basura. Revindicado por usted, dándome la oportunidad de decir que sí, que aún puedo ser el de antes. Deme tan sólo una hoja bond de ciento veinte gramos y le explico.
Aquí un ejemplo: descuajeringamiento rocanrolerizado para niños insulínos con síndrome de incontinencia verbal. ¿Usted qué dice?
domingo, noviembre 13, 2005
viernes, noviembre 04, 2005
LOS NOMBRES DE CEAPAZ
El peruano Daniel Salas escribió en su blog hace más de diez días un texto donde se pregunta qué ha sido de la vida de los que obtuvieron premios en el concurso de CEAPAZ, que duró cuatro ediciones, y en el cual obtuve una mención honrosa.
Ya que mencionan mi nombre en algún lado de su texto, dejo aquí la respuesta que le envié y que aún sigue bailando entre las coordenadas del silencio.
estimado daniel:
yo obtuve algo más que una mención honrosa en ceapaz, me gané un conato judicial (demanda por difamación, según argumentaron) y el aborrecimiento de cada uno de los integrantes de una promoción de colegio a la cual yo, después de diez años de distancia, había desconocido totalmente.
luego de la presentación de aquel compilatorio de cuentos, titulado "el gaviota y otros cuentos", mi cuento NACHO ha circulado en fotocopia, y ha demostrado que entre los integrantes de un colegio reliogioso habitaba un renegado camuflado, ahora convertido en artista profesional.
de hecho, si es que ceapaz ayudó a presentar mediáticamente una nueva generación, luego de la experiencia mía con ceapaz, yo plagié un poemario y lo imprimí con mi nombre, para lo cual tuve que vender mi bajo eléctrico y renunciar a mi banda de rocknroll; y luego, cual gringa con su plata, vendí mi auto y publiqué de manera independiente un libro de cuentos titulado BARRUNTO.
pero ninguno obtuvo el guiño de los críticos ni de los periodistas de culturales, más sí de algunas jovencitas que, de cuando en vez, sacian mi espíritu solitario a cambio de la mestranza que me ha dejado, casualmente, la experiencia que me brindó ceapaz al otorgarme tamaño galardón.
con afecto,
juan josé sandoval zapata
Ya que mencionan mi nombre en algún lado de su texto, dejo aquí la respuesta que le envié y que aún sigue bailando entre las coordenadas del silencio.
estimado daniel:
yo obtuve algo más que una mención honrosa en ceapaz, me gané un conato judicial (demanda por difamación, según argumentaron) y el aborrecimiento de cada uno de los integrantes de una promoción de colegio a la cual yo, después de diez años de distancia, había desconocido totalmente.
luego de la presentación de aquel compilatorio de cuentos, titulado "el gaviota y otros cuentos", mi cuento NACHO ha circulado en fotocopia, y ha demostrado que entre los integrantes de un colegio reliogioso habitaba un renegado camuflado, ahora convertido en artista profesional.
de hecho, si es que ceapaz ayudó a presentar mediáticamente una nueva generación, luego de la experiencia mía con ceapaz, yo plagié un poemario y lo imprimí con mi nombre, para lo cual tuve que vender mi bajo eléctrico y renunciar a mi banda de rocknroll; y luego, cual gringa con su plata, vendí mi auto y publiqué de manera independiente un libro de cuentos titulado BARRUNTO.
pero ninguno obtuvo el guiño de los críticos ni de los periodistas de culturales, más sí de algunas jovencitas que, de cuando en vez, sacian mi espíritu solitario a cambio de la mestranza que me ha dejado, casualmente, la experiencia que me brindó ceapaz al otorgarme tamaño galardón.
con afecto,
juan josé sandoval zapata
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