Para que no digas, pues, que hablo sólo de ti. Para que después no me vengas a matar con una batería de caníbales. Para que no digas después que yo ocasiono las cosas, que siempre echo a perder la vida de todos, las de mis amigos, las de mis novias, las de mis padres, la mía, la tuya, la recontratuya maldita. Para que veas que el miedo lo cargo en la sangre, fluye en las venas algo que debe ser como veneno porque estoy con ganas de abrir una zanja en mi muñeca y llenar un charco que después se haga océano. Después no digas que fui yo quien malogró el mundo, que infecté mi ciudad de tanta tristeza contenida. No digas que tuve la culpa de las cosas que cometí de puro edulcorado. Tu generación y mi generación se repudiarán como los capuleto con los montequeso. Los piwis y los páucar. Unos se acusan de frívolos, y los frívolos los acusan de poco divertidos. Para que cuando llegue el momento de sacar la cuenta, los números superen la realidad que vivimos hoy, que nos hace falta tantas cosas para poder salir del hoyo. Para que vengan a decirme que soy un mediocre y termino expulsado del paraíso burocrático. Para que mañana el orgullo pueda más que la razón. Para inventar nuevas palabras, nuevas formas de crear sonido. Para por fin y dios mediante, poder quedarme callado.
martes, mayo 22, 2007
miércoles, mayo 09, 2007
Ahí donde vivo los viernes
Se me hace difícil pasar la noche en un lugar que no sea el mío, en una cama que no sea la mía, con la cantidad de almohadas que me gusta usar. Nunca he podido pasar una buena noche si no es en mi cama, en mi casa con mis sábanas, mi televisor y la radio.
Cuando me dijeron que viajaría todas las semanas, no repare lo difícil que se haría pasar una noche fuera de mi habitación. La primera vez, llegué a un hospedaje modesto de una sola estrella. Apenas abrí la puerta prendí la luz y una cucaracha salió disparada a esconderse entre las cortinas. Fue un saludo, pensé. Pasé la noche en vela hasta que me di cuenta que las cosas en las ciudades pequeñas comienzan mucho más temprano. Será que el sol toca la puerta desde la madrugada, o es la lechera que ofrece, o un tamalero, o los obreros que rompen las pistas. Todo comienza a oscuras.
A la siguiente semana, en el cuarto de a lado un par de hombres comenzaron a discutir pasado la medianoche. Como a las dos de la mañana, el intercambio se volvió más violento y las lámparas volaron. Se mentaron la madre, ambos estaban ebrios y peleaban por una plata que no lograban encontrar. Se escuchó que la cama la iban desarmando mientras el televisor había perdido la señal. Cuando llegó el cuartelero, ambos se habían trenzado a golpes, se echaban la culpa de ser tan bruto por haber perdido el dinero. Uno dijo habérselo dado mientras volvían al hospedaje. El otro negaba tajantemente la versión y sólo recordaba que habían estado en un bulín con unas nenitas que les gustaba mucho bailar salsa pegadita. Una se llamaba Nené y la otra Rita, llevaban minifaldas y el busto era un homenaje a las charcuterías del mundo. Bailaron buen tiempo hasta que cada uno se fue por su lado. Ambos aparecieron en el cuarto del hospedaje, sin dinero, sin maletas y con ganas de matarse entre ellos.
Para cuando amaneció, yo estaba dispuesto a renunciar.

La última semana que me quedé en ese hospedaje, el dueño del lugar estaba un poco alterado. No era mi culpa. Yo quise ser atento con él y se negó a rebajarme la tarifa. Él quería cobrarme un día más por demorarme tres horas en sacar mis cosas. Amenacé con no volver y me abrieron la puerta con una ramera sonrisa. Me fui al costado. Era más barato, más sucio y había que compartir el baño. Pagué el extra y obtuve una habitación con baño y televisor con cable. Me sentí contento con mi nuevo lugar, entonces salí a tomar unas copas y al volver no recordaba cuál era mi habitación. Saqué las llaves del bolsillo y traté de abrir una puerta. Una mujer soltó un grito asustado y comenzó a llamar a la policía: ¡Violador!, gritaba mientras yo entraba a mi cuarto rápidamente. Llegó un oficial y la señora dio su versión de los hechos. Ella había sentido una sombra que cargaba un puñal en sus manos. Ella tenía un novio muy celoso que había muerto hacía poco en un atentado a un banco. Ella decía que el novio venía a visitarla y le hacía el amor. Estaba en cinta y necesitaba dinero. El oficial se quedó un rato con ella, acompañándola y viendo una manera carnal para saldar favores de seguridad. Ella gimió bajito por el resto de la noche. Yo me había comprado audífonos y aprendí a convivir con la hostilidad.
Un día llegué tarde y no encontré habitación. Caminé un poco más allá y encontré a Cristina, que es muchachita, es bellísima, es inteligente y sobre todo tiene habilidad para los negocios. Estudia derecho, le explique que sufría un calvario todas las semanas que no dormía con mis peluches. Ella me ofreció su amistad y me rentó la habitación más alejada de la realidad: la del cuarto piso. Y desde ahí es que veo el mundo todas las semanas. Aunque el travesti que alquila la habitación del costado habla fuerte y se le escucha ahombrado, todas sus conversaciones giran en torno a los levantes que se dan en la plaza, a unos metros de mi hotel.
Siempre será mejor estar arriba de todo, aunque sea por unos cuantos metros de altura. Una señora me levanta con el sonido de su carretilla. Lleva frutas que recoge del mercado central y hace todo tipo de jugo. El público la espera en la esquina y pide también pan con queso, jamón y palta. Sabe cortar la palta como si fuera una naranja. Si fuera por ella, las mañanas las recibiría en galletas de soda y agua mineral.
Cuando me dijeron que viajaría todas las semanas, no repare lo difícil que se haría pasar una noche fuera de mi habitación. La primera vez, llegué a un hospedaje modesto de una sola estrella. Apenas abrí la puerta prendí la luz y una cucaracha salió disparada a esconderse entre las cortinas. Fue un saludo, pensé. Pasé la noche en vela hasta que me di cuenta que las cosas en las ciudades pequeñas comienzan mucho más temprano. Será que el sol toca la puerta desde la madrugada, o es la lechera que ofrece, o un tamalero, o los obreros que rompen las pistas. Todo comienza a oscuras.
A la siguiente semana, en el cuarto de a lado un par de hombres comenzaron a discutir pasado la medianoche. Como a las dos de la mañana, el intercambio se volvió más violento y las lámparas volaron. Se mentaron la madre, ambos estaban ebrios y peleaban por una plata que no lograban encontrar. Se escuchó que la cama la iban desarmando mientras el televisor había perdido la señal. Cuando llegó el cuartelero, ambos se habían trenzado a golpes, se echaban la culpa de ser tan bruto por haber perdido el dinero. Uno dijo habérselo dado mientras volvían al hospedaje. El otro negaba tajantemente la versión y sólo recordaba que habían estado en un bulín con unas nenitas que les gustaba mucho bailar salsa pegadita. Una se llamaba Nené y la otra Rita, llevaban minifaldas y el busto era un homenaje a las charcuterías del mundo. Bailaron buen tiempo hasta que cada uno se fue por su lado. Ambos aparecieron en el cuarto del hospedaje, sin dinero, sin maletas y con ganas de matarse entre ellos.
Para cuando amaneció, yo estaba dispuesto a renunciar.

La última semana que me quedé en ese hospedaje, el dueño del lugar estaba un poco alterado. No era mi culpa. Yo quise ser atento con él y se negó a rebajarme la tarifa. Él quería cobrarme un día más por demorarme tres horas en sacar mis cosas. Amenacé con no volver y me abrieron la puerta con una ramera sonrisa. Me fui al costado. Era más barato, más sucio y había que compartir el baño. Pagué el extra y obtuve una habitación con baño y televisor con cable. Me sentí contento con mi nuevo lugar, entonces salí a tomar unas copas y al volver no recordaba cuál era mi habitación. Saqué las llaves del bolsillo y traté de abrir una puerta. Una mujer soltó un grito asustado y comenzó a llamar a la policía: ¡Violador!, gritaba mientras yo entraba a mi cuarto rápidamente. Llegó un oficial y la señora dio su versión de los hechos. Ella había sentido una sombra que cargaba un puñal en sus manos. Ella tenía un novio muy celoso que había muerto hacía poco en un atentado a un banco. Ella decía que el novio venía a visitarla y le hacía el amor. Estaba en cinta y necesitaba dinero. El oficial se quedó un rato con ella, acompañándola y viendo una manera carnal para saldar favores de seguridad. Ella gimió bajito por el resto de la noche. Yo me había comprado audífonos y aprendí a convivir con la hostilidad.
Un día llegué tarde y no encontré habitación. Caminé un poco más allá y encontré a Cristina, que es muchachita, es bellísima, es inteligente y sobre todo tiene habilidad para los negocios. Estudia derecho, le explique que sufría un calvario todas las semanas que no dormía con mis peluches. Ella me ofreció su amistad y me rentó la habitación más alejada de la realidad: la del cuarto piso. Y desde ahí es que veo el mundo todas las semanas. Aunque el travesti que alquila la habitación del costado habla fuerte y se le escucha ahombrado, todas sus conversaciones giran en torno a los levantes que se dan en la plaza, a unos metros de mi hotel.
Siempre será mejor estar arriba de todo, aunque sea por unos cuantos metros de altura. Una señora me levanta con el sonido de su carretilla. Lleva frutas que recoge del mercado central y hace todo tipo de jugo. El público la espera en la esquina y pide también pan con queso, jamón y palta. Sabe cortar la palta como si fuera una naranja. Si fuera por ella, las mañanas las recibiría en galletas de soda y agua mineral.
sábado, abril 07, 2007
EL ROCK DE LOS VIEJITOS DE BARRON
martes, febrero 06, 2007
LOS VIEJITOS DE BARRON EN BARRANCO
jueves, febrero 01, 2007
viernes, enero 19, 2007
CUALQUIER COSA
Cualquiera puede tentar el amor. Un cualquiera puede lograr cruzar la línea. Cualquiera aspira lo venga. La cosa del éxito está en el intento. Mientras más lo intentes, más posibilidades habrá de lograr el éxito. El rotundo triunfo, el clímax: la cima.
Una cualquiera puede mirarte directo a la cara y hacerte ruborizar. Una cualquiera también tiene derecho a amar. Quizás con más derecho que un pobre diablo cualquiera. Con más derecho y ganas, dirán los mal pensantes. Pero uno se gana la vida como puede, o como va aprendiendo con los años. Lo intenta noche a noche, entonces una cualquiera es propensa a sonreír con delirio y llorar con desesperación al mismo tiempo. Al tiempo que vamos bailando esta piecita que suena en el parlante. Una cualquiera también tiene derecho a bailar con cualquiera que se le antoje, uno cualquiera de esos que siempre andan arrinconados con los ojos inyectados de tristeza. O alegría según sea el caso cualquiera. Pero con el brillo en la mirada de aquel que ha vivido cualquier cosa, pero ha vivido sus cositas.
Y ambos bailan cualquier cosa, cualquier ritmo, cualquier letra (¡la cosa es que te mueva!), de a poquitos se acercan los ombligos y se van tocando los gemidos, con miedo –porque cualquiera puede tener miedo en esas situaciones, sudar frío, mojarse un poquito la frente con sus mejillas, sus rulitos sudando, rulitos cualquiera- pero se juntan de casualidad y también a propósito. Cualquier ritmo es pretexto para tocarse, cualquier parte. Cuando comiencen las finales canciones de la fiesta, cualquiera podrá tomar un poco de trago y esperar que la inercia le traiga un poco de amor, cualquiera que sea. Venga, yo invito. Cualquiera tiene derecho de poner unas monedas sobre la mesa y ofrecer una cantina sin gente. Porqué no una cama. O un taller de ilusiones, con techo alto. Antiguo, contiguo.
Cualquiera hace de las suyas si apagan la luz de la alcoba. Un pretexto cualquiera, tropezarse contra sí mismo, simular ceguera, alzar los brazos y encontrar respuesta con otra cieguita que necesita de un cualquiera. Al fin y al cabo, lo que más quiere una cualquiera, es que la abracen fuerte, porque no se quiere sentir una cualquiera. Y el otro, que sí es uno cualquiera que encuentras por ahí y te abruma con sus palabras extrañas -porque jamás podrá seducir con la mirada, ni con los pies-, y te habla de duendecitos y papitas fritas que anhelan ese abrazo suplicante y desesperado.
Por último, y menos mal, hay todavía una raza casi extinta que se resiste a comportarse como un cualquiera. Y siempre andan en busca de perpetuar la especie tras los pasos de aquella que no se siente una cualquiera.
Una cualquiera puede mirarte directo a la cara y hacerte ruborizar. Una cualquiera también tiene derecho a amar. Quizás con más derecho que un pobre diablo cualquiera. Con más derecho y ganas, dirán los mal pensantes. Pero uno se gana la vida como puede, o como va aprendiendo con los años. Lo intenta noche a noche, entonces una cualquiera es propensa a sonreír con delirio y llorar con desesperación al mismo tiempo. Al tiempo que vamos bailando esta piecita que suena en el parlante. Una cualquiera también tiene derecho a bailar con cualquiera que se le antoje, uno cualquiera de esos que siempre andan arrinconados con los ojos inyectados de tristeza. O alegría según sea el caso cualquiera. Pero con el brillo en la mirada de aquel que ha vivido cualquier cosa, pero ha vivido sus cositas.
Y ambos bailan cualquier cosa, cualquier ritmo, cualquier letra (¡la cosa es que te mueva!), de a poquitos se acercan los ombligos y se van tocando los gemidos, con miedo –porque cualquiera puede tener miedo en esas situaciones, sudar frío, mojarse un poquito la frente con sus mejillas, sus rulitos sudando, rulitos cualquiera- pero se juntan de casualidad y también a propósito. Cualquier ritmo es pretexto para tocarse, cualquier parte. Cuando comiencen las finales canciones de la fiesta, cualquiera podrá tomar un poco de trago y esperar que la inercia le traiga un poco de amor, cualquiera que sea. Venga, yo invito. Cualquiera tiene derecho de poner unas monedas sobre la mesa y ofrecer una cantina sin gente. Porqué no una cama. O un taller de ilusiones, con techo alto. Antiguo, contiguo.
Cualquiera hace de las suyas si apagan la luz de la alcoba. Un pretexto cualquiera, tropezarse contra sí mismo, simular ceguera, alzar los brazos y encontrar respuesta con otra cieguita que necesita de un cualquiera. Al fin y al cabo, lo que más quiere una cualquiera, es que la abracen fuerte, porque no se quiere sentir una cualquiera. Y el otro, que sí es uno cualquiera que encuentras por ahí y te abruma con sus palabras extrañas -porque jamás podrá seducir con la mirada, ni con los pies-, y te habla de duendecitos y papitas fritas que anhelan ese abrazo suplicante y desesperado.
Por último, y menos mal, hay todavía una raza casi extinta que se resiste a comportarse como un cualquiera. Y siempre andan en busca de perpetuar la especie tras los pasos de aquella que no se siente una cualquiera.
martes, enero 02, 2007
Arroz Confusión
Echa dos tasas de ira en un recipiente
Vierte lo más granulado de tu sazonada tristeza
Filetea a los enemigos
( en juliana )
((( enana )))
(((( M-A-R-C-I-A-N-A )))).
Mezcla pasión con razón y bate.
Vate chocolate.
Bate por cinco años tus palabras.
Bátete a duelo con el papel en blanco
y lograrás la cocción precisa para no seguir llorando
Para no seguir hablando
((( L-A-DRA-N-D-O )))
Para no seguir andando bastardo.
Métete en el infierno a fuego lento por unos minutos
A baño maría tus caídas más grotescas pantagruel
Pide clemencia por lo que harás cuando te perdonen las vidas que malogras día a día.
Igual, la mesa está servida para todos, menos tú y yo.
Se recomienda servir el plato con los sueños endulzados pastel
( con miel )
(( Muriel ))
Esta locura no lleva guarnición alguna que acompañe el plato, va estepario.
Maridarás la digestiva depresión con trementina y hielo seco.
No olvidar siempre bendecir los alimentos antes de ser sacrificados
celebrar el éxito con un coqueto eructo sprite.
Vierte lo más granulado de tu sazonada tristeza
Filetea a los enemigos
( en juliana )
((( enana )))
(((( M-A-R-C-I-A-N-A )))).
Mezcla pasión con razón y bate.
Vate chocolate.
Bate por cinco años tus palabras.
Bátete a duelo con el papel en blanco
y lograrás la cocción precisa para no seguir llorando
Para no seguir hablando
((( L-A-DRA-N-D-O )))
Para no seguir andando bastardo.
Métete en el infierno a fuego lento por unos minutos
A baño maría tus caídas más grotescas pantagruel
Pide clemencia por lo que harás cuando te perdonen las vidas que malogras día a día.
Igual, la mesa está servida para todos, menos tú y yo.
Se recomienda servir el plato con los sueños endulzados pastel
( con miel )
(( Muriel ))
Esta locura no lleva guarnición alguna que acompañe el plato, va estepario.
Maridarás la digestiva depresión con trementina y hielo seco.
No olvidar siempre bendecir los alimentos antes de ser sacrificados
celebrar el éxito con un coqueto eructo sprite.
jueves, diciembre 28, 2006
miércoles, diciembre 13, 2006
Canción
Mi mano derecha piensa
temblorosamente torpe
y huele a ti
cada vez que tintineas mil sueños
Y anda tan sola que dan ganas
de sacarla a bailar de poquitos
para que no se dé cuenta
si me sonrojo a sus espaldas
o me convierto en Peter Pan
Mi mano derecha surca el desierto
buscando tu mando izquierda
para enredar los dedos
como tallarines cocinados por mi mamá
y apachurrar mis yemas con tus risas
hasta asfixiar tus dilemas de amor
((((( apenas escuchó decir que ya empacaba, quel autobús se iba,
él le respondió con una pregunta:
- ¿ llovía el día que morí por ti ? )))))))
temblorosamente torpe
y huele a ti
cada vez que tintineas mil sueños
Y anda tan sola que dan ganas
de sacarla a bailar de poquitos
para que no se dé cuenta
si me sonrojo a sus espaldas
o me convierto en Peter Pan
Mi mano derecha surca el desierto
buscando tu mando izquierda
para enredar los dedos
como tallarines cocinados por mi mamá
y apachurrar mis yemas con tus risas
hasta asfixiar tus dilemas de amor
((((( apenas escuchó decir que ya empacaba, quel autobús se iba,
él le respondió con una pregunta:
- ¿ llovía el día que morí por ti ? )))))))
martes, diciembre 12, 2006
domingo, diciembre 03, 2006
LITERATURA NO LITERARIA
martes, noviembre 07, 2006
LA RETÓRICA DEL ACOSADOR

Siempre
Dijiste
la última
palabra
de la primera vez
que me regalaste
un verso con lengua
de aquellos
que jamás se separan.
Siempre
dijiste
para llamar la atención
sin saber tú
que yo divagaba en tus rizos
abriendo sueños
con mi pequeño abrelatas.
Siempre que quieras
el mundo en tu cabeza
gira
a gritos
que no dicen nada
cuando
sonroja
el pecho
y nos duele el Perú
porque ambos somos la misma herida.
Siempre que digas
Necesito
habré inventado un mundo para ti.
Siempre
fue la última palabra que dijiste la primera vez. Siempre.
Me gustas
Cuando
Tus palabras
Me bajan
A
La tierra
Cuando
Dices no
Con sonrisitas
Y chicle
Globosrojos
Que hacen bOOm!
Y me despiertan en medio de la calle Tarata
Y vuelve el Perú
Y sus arrebatos
Sus confusiones
Sus mejillas dulces
Con hoyuelos bañados
De tus rizitos
Bailarines
(t-a-ll-a-r-i-n-e-s)
Soy unnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn soñador
Que busca la realidad durmiendo
Y me gustas
Cuando tus palabras
Me bajan a la tierra
Porque
Volver
Al mundo
Siempre
Será volver a buscarte.
DE REPENTE
cualquiera
tropieza
con la misma piedra
varias veces
traviesa
mente
una tras otra
equivocaciones
que se hacen
deliciosas
que se derriten
y
se enfurecen
cuando necesitas dopamina
para hincar tu ego megalómano
que se endulza
y coquetea con la más fácil
porque
así se vive la vida
fugaz
mente
y tu ciudad
me ofrece locura
hecha efigie de cemento
que se derrumba
a pedazos
sobre mi cara
varias veces
una tras otra
equivocaciones
que se hacen deliciosas
que se derriten
y
se enfurecen
cuando me necesitas.
Ahora que todos sabemos lo que somos y de lo que adolecemos
Ahora que sabemos quienes somos
A donde vamos
¿ Y cuándo vamos a morir ?
Los caminos errados
Las serpientes en la oscuridad
Ahora que la noche acecha y nos alimentamos con escombros de una explosiva canción de amor
Es necesario aprender de los errores que vamos regalando por el mundo.
¿Es necesario aprender de los errores que vamos regalando por el mundo?
Yo quería ser estrella para ver cómo se ve todo desde arriba
Si mañanas supiera lo que hiciste en mi corazón
La soberbia del universo ya habría hecho de ti una hormiga que llora al ritmo de la soledad.
jueves, octubre 26, 2006
ESTREPITOSIS

Por todos los seres insolentes
Por las madres tristes
los reinsertados al nosocomio de la injusticia
Por Todos los niños sin visa al paraíso
Paradisíacos basurales
Sumergidos al olor de la pobreza
Y el amor sin sal...
Condimentando penas
Para que los que nos sentimos solos
Tengamos de qué morir
De úlceras o escorbutos en el corazón.
Por los médicos y su filuda poesía.
Y cada punto que surca mi cara después de una traición
Cada fantasma
Cada terremoto pulmonar
Uno tras otro
Haciendo fila china
Para intentar fusilar mis palabras
Que seguiré viviendo...
miércoles, octubre 04, 2006
miércoles, septiembre 27, 2006
lunes, septiembre 18, 2006
jueves, septiembre 14, 2006
DESDE EL OCÉANO DE MIS TRISTEZAS, ESTAS PALABRAS DE SALVACIÓN
Sapito Hinchado y Juanita la Anticuchera
Caminando estaba por el Malecón de la Rarezas, Sapito Hinchado con las manos en los bolsillos y el hocico sobresaliente, cuando vio que de la esquina salía una ligera humareda de sabor.
Se acercó curioso hasta el punto donde una guapa morena cocinaba frente a una parrilla con carbón. Eran unos trozos de carne que se veían deliciosos. La mujer los bañaba en una salsa que cada vez que la rociaba sobre el asador, las llamas saltaban de alegría.
- ¿Qué es eso? – Preguntó Sapito.
- ¡Anticuchos! – Respondió la joven cocinera, un poco atareada y chispeando fuego.
Las carnes se fueron poniendo crocantes, ella fue incrustándolas en palitos de caña y los puso sobre un plato, junto a papas sancochadas y un gran choclo que fueron cubriéndose de una crema de ají.
- ¿Te sirves uno? – Le preguntó la guapa mujer.
Sapito Hinchado bajó la mirada y buscó inútilmente alguna moneda en sus bolsillos.
- No sé – respondió triste.
- ¿Por qué no sabes?
- Primero, porque no tengo dinero. Y segundo, porque no sé si me van a caer mal, pues algunas comidas enronchan mi piel.
La muchacha cogió un palito y se lo acercó hasta sus narices, y Sapito Hinchado no pudo con la tentación de tomarlo con sus propias manos y jalar un pedazo de carne con su propia boca. Y sintió el sabor exquisito que lo hipnotizó, cerró los ojos y creyó que flotaba.
- ¡Esto es lo más rico que he comido en mi vida! – Exclamó Sapito Hinchado, lleno de alegría.
Pero de pronto, recordó que no tenía dinero para pagarlo. Peor aún, no sabía de qué estaba hecha esa carne, le podía causar alguna enfermedad.
Entonces, cabizbajo, devolvió el palito a medio comer, y dijo:
- Perdón, no puedo pagarlo.
Ella lo miró con ternura y le respondió:
- No te preocupes, yo te invito. Soy nueva aquí y necesito que me conozcan, así que acéptalo como el obsequio de tu nueva amiga. Soy Juanita la Anticuchera.
- ¡Juanita! – Exclamó Sapito con emoción.
- ¡Juanita la Anticuchera! – Corrigió la mujer.
A Sapito Hinchado le volvió la alegría a la cara y se terminó el palito de un sopetón. Pero volvieron sus miedos:
- Juanita, ¿de que se hacen los anticuchos?
Juanita vio que Sapito Hinchado era alguien que andaba siempre ocupándose de muchos problemas, nunca se quedaba tranquilo, siempre estaba mencionando la posibilidad de algo fatal. Mientras rociaba aceite sobre la parrilla y hacía bailar al fuego, la muchacha se le acercó y lo tomó de las mejillas, sintió que Sapito era un niño frágil y completamente nervioso. Él sintió las manos calientes de Juanita y su cara de pánico fue convirtiéndose en algo que aparentaba alegría.
- Los anticuchos se hacen con el corazón.
Desde entonces, cada vez que Sapito Hinchado camina por el Malecón de las Rarezas, visita la esquina de Juanita la Anticuchera, ríen juntos por horas y come decenas de palitos de anticuchos. Sabe que ningún daño le harán, pues los anticuchos se hacen con el corazón.
Caminando estaba por el Malecón de la Rarezas, Sapito Hinchado con las manos en los bolsillos y el hocico sobresaliente, cuando vio que de la esquina salía una ligera humareda de sabor.
Se acercó curioso hasta el punto donde una guapa morena cocinaba frente a una parrilla con carbón. Eran unos trozos de carne que se veían deliciosos. La mujer los bañaba en una salsa que cada vez que la rociaba sobre el asador, las llamas saltaban de alegría.
- ¿Qué es eso? – Preguntó Sapito.
- ¡Anticuchos! – Respondió la joven cocinera, un poco atareada y chispeando fuego.
Las carnes se fueron poniendo crocantes, ella fue incrustándolas en palitos de caña y los puso sobre un plato, junto a papas sancochadas y un gran choclo que fueron cubriéndose de una crema de ají.
- ¿Te sirves uno? – Le preguntó la guapa mujer.
Sapito Hinchado bajó la mirada y buscó inútilmente alguna moneda en sus bolsillos.
- No sé – respondió triste.
- ¿Por qué no sabes?
- Primero, porque no tengo dinero. Y segundo, porque no sé si me van a caer mal, pues algunas comidas enronchan mi piel.
La muchacha cogió un palito y se lo acercó hasta sus narices, y Sapito Hinchado no pudo con la tentación de tomarlo con sus propias manos y jalar un pedazo de carne con su propia boca. Y sintió el sabor exquisito que lo hipnotizó, cerró los ojos y creyó que flotaba.
- ¡Esto es lo más rico que he comido en mi vida! – Exclamó Sapito Hinchado, lleno de alegría.
Pero de pronto, recordó que no tenía dinero para pagarlo. Peor aún, no sabía de qué estaba hecha esa carne, le podía causar alguna enfermedad.
Entonces, cabizbajo, devolvió el palito a medio comer, y dijo:
- Perdón, no puedo pagarlo.
Ella lo miró con ternura y le respondió:
- No te preocupes, yo te invito. Soy nueva aquí y necesito que me conozcan, así que acéptalo como el obsequio de tu nueva amiga. Soy Juanita la Anticuchera.
- ¡Juanita! – Exclamó Sapito con emoción.
- ¡Juanita la Anticuchera! – Corrigió la mujer.
A Sapito Hinchado le volvió la alegría a la cara y se terminó el palito de un sopetón. Pero volvieron sus miedos:
- Juanita, ¿de que se hacen los anticuchos?
Juanita vio que Sapito Hinchado era alguien que andaba siempre ocupándose de muchos problemas, nunca se quedaba tranquilo, siempre estaba mencionando la posibilidad de algo fatal. Mientras rociaba aceite sobre la parrilla y hacía bailar al fuego, la muchacha se le acercó y lo tomó de las mejillas, sintió que Sapito era un niño frágil y completamente nervioso. Él sintió las manos calientes de Juanita y su cara de pánico fue convirtiéndose en algo que aparentaba alegría.
- Los anticuchos se hacen con el corazón.
Desde entonces, cada vez que Sapito Hinchado camina por el Malecón de las Rarezas, visita la esquina de Juanita la Anticuchera, ríen juntos por horas y come decenas de palitos de anticuchos. Sabe que ningún daño le harán, pues los anticuchos se hacen con el corazón.
martes, septiembre 05, 2006
URBANIA 28
sábado, septiembre 02, 2006
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