domingo, octubre 14, 2007
La Bogeda de Matute
La bodega era conocida por toda la ciudad. Quedaba en uno de los lados de la Plaza Mayor y a diario bajaban centenares de personas que buscaban comprar productos importados. Matute vendía todo tipo de licores, cigarrillos finos, gaseosas extranjeras y los mejores güisquis. Pero lo que más atraía clientela eran las tejas que su esposa preparaba. Ya había formado todo un menú de delicias de pecanas, guindones, ron con pasas e higos secos, que eran pedidos con meses de anticipación.
Con el tiempo, la conocida atracción por los dulces de la señora Matute se fueron reflejando en su pequeña hija de doce años. Iba integrándose a las labores comerciales del papá con curiosidad punzante. Orgulloso él, dedicaba tiempos veraniegos a beber cerveza con sus amigos, sentados en una mesa acondicionada, viendo quizás los triunfos aquellos de la selección de fútbol, mientras su esposa preparaba las tejas más deliciosas del país y sus hijos atendían la bodega con señorial cortesía.
Hecha una belleza, Doménica llegó a los dieciséis años con una jauría de pretendientes que gastaban dinerales en productos que nunca consumían, con tal de estar merodeando la bodega de don Ítalo Matute, natural de Ica y dispuesto a morir bajo el sol del desierto. Sus amigos cuidaban el local como si fuera un imperio de la importación. Gozaban de un televisor con cable exclusivo. Cada vez que había transmisión, los Matute cerraban temprano y se juntaban los amigos más cercanos a disfrutar de los encuentros. Perú tocó la gloria con una gira a Europa y los clientes jóvenes fueron invirtiendo su plata en conquistar a la bella heredera de la bodega.
Un flacucho pelilargo y ojón de apellido Consigliere, hijo de unos cocineros italianos que vendían fideos hechos a mano, apenas con una moto de motor setenta y la heladería familiar, que quedaba en frente de la Plaza, conquistó a Doménica durante una fiesta de año nuevo. El baile de moda era el perreo sandunguero, a ritmo de meneos y quiebres de cintura, el buen Facundo logró robarle de sus labios un picarón con miel.
A partir de ahí, comenzaron un noviazgo que se iniciaba a las tres de la tarde hasta las nueve, hora en que el señor Matute echaba a la calle a sus macerados amigos. La mala cara del señor Matute se hizo una marca de venta. Podía tener de todo, pero la mirada siempre la tenía en el muchacho de ojos salidos que veía la televisión con Doménica en sus piernas. Y ella, feliz de la vida, hablaba por su celular en el pecho de su novio. Lo peor fue que al niño no le gustaba el fútbol.
La señora Matute enfermó de diabetes, se había cansado de probar tanto dulce por años que algo anduvo mareada por años. Ella siempre decía que aquellos mareos eran de felicidad por vivir en el lugar más hermoso del mundo. Y este lugar no tenía un doctor que la curase bien y se tuvo que ir a Lima. El señor Matute no vio otra que acompañarla, abandonando su bodega con sus amigos. Algunos ya habían pasado por la desgracia del encierro. Otros siempre tuvieron intenciones, así que la mercadería fue ajustándose mientras por teléfono reportaban mezquinas ventas al dueño. Facundo sintió que el hogar de su chica se estaba cayendo, tomó el timón y se puso a atender a la clientela y a controlar la caja registradora. El negocio se repuso pero las tejas quedaron truncas hasta que la señora volvió, más delgada y sin sonrisa ni ganas de seguir con los dulces.
El pequeño novio se había convertido en un servicial buen mozo que cuidaba tanto de la tienda como de su pequeña doncella. A los cautivos pretendientes enamorados de Doménica se les exigía un mínimo de compra, o la posibilidad de ser sacado a la fuerza por los amigos, que nunca dejaron de asistir a ver el fútbol.
Las tejas de la familia Matute volvieron a venderse ocho meses después de la enfermedad que la tumbó a la señora. Su hija comenzó a experimentar con el chocolate y las frutas secas. Y sus pretendientes fueron los primeros en comprar toneladas de ilusión.
martes, octubre 09, 2007
EMPRENDE PUCP
Estimados señores:
Para nosotros, los integrantes del equipo profesional de Urbania, es muy importante esta oportunidad que se nos brinda de tomar contacto con los jóvenes estudiantes de esta prestigiosa casa universitaria, con las autoridades representantes de este importante evento de desarrollo académico, con los colegas de las demás empresas que promueven la cultura y también una labor social importante para el país.
Un agradecimiento total a la Universidad Católica por este reconocimiento que se nos da como empresa emprendedora y que este testimonio sirva en la formación de valores positivos en nuestro país.
Nuestro producto –URBANIA- es un impreso gratuito mensual con 16 páginas a full color, donde se publican contenidos referidos al arte y el entretenimiento, tomando como eje central todas las actividades que se realizan en nuestra ciudad, con lo cual se convierte en una agenda informativa de los eventos culturales, y también sirve como guía turística para los visitantes que escapan del viajero convencional.
A lo largo de estos 42 meses de trabajo, Urbania ha ido evolucionando en los contenidos periodísticos, logrando muchas veces destacar en los medios de comunicación.
La diagramación también ha tenido un proceso de crecimiento, lo cual hace que nuestro impreso sea reconocido por un público cada vez mayor, consolidando una audiencia que se ve representada por una marca consistente.
Si es que se nos permite proponer un mensaje para ustedes, los jóvenes emprendedores (porque tenemos que establecer que los señores aquí presentes, por el mismo hecho de estar dedicando atención a estas palabras, ya están asumiendo un rol protagonista, de avanzada).
Si es que la prudencia lo permite, debemos decirles que el eje fundamental de todo éxito es la pasión.
Sin una carga afectiva hacia la actividad que uno realiza, es difícil que se puedan lograr cosas favorables. Mientras exista una fuerza espiritual que sostenga el ejercicio con nobleza, con transparencia y dignidad, siempre habrá un horizonte con esperanza.
En Urbania nadie hace las cosas porque las tiene que hacer, porque exista algún tipo de obligación comercial o judicial.
Por el contrario, cada uno de los integrantes de la empresa cumple su rol de manera responsable, se hacen las cosas sin generar conflictos y respetando el oficio que se lleva a cabo, porque Urbania es un espacio donde se conjugan diferentes pasiones profesionales. Está la música, el rock, la discoteca, el skate, el teatro y la danza, la electrónica, la gastronomía, los deportes extremos, el cine, el turismo y toda forma susceptible de fomentarse.
Porque dentro del carácter emprendedor de nuestro producto está el ampliar el espectro cultural, dando a conocer las actividades de entretenimiento que se registran para el mes.
El segundo mensaje que le queremos hacer llegar refiere a la libertad.
Porque somos respetuosos de esta institución que hoy nos ha invitado y celebramos que su publicidad invoque a la libertad como un deber, como una exigencia, una obligación en sus estudiantes.
Lo mejor que puede hacer un joven emprendedor es ampliar sus límites. Aprovechar la energía contenida y dedicarla a conocer nuevos mundos, nuevas experiencias, identificarse con el país y también sentir la variedad social de nuestro continente.
La sensibilidad juega mucho en el arte, y Urbania no deja de ser un producto que se elabora bajo la fuerza de la inspiración.
No todo emprendedor sale de las canteras universitarias, pues ese espíritu de libertad que se inculca en el claustro, muchas veces juega de manera riesgosa. Urbania se fundó de un grupo profesional proveniente de Ciencias de la Comunicación y toda la gestación del producto impreso, se formó de acuerdo a previos estudios técnicos.
Claro ejemplo es nuestro logo, el cual se diseñó de acuerdo a una serie de focus groups, con los que se llegó a la conclusión de que el perfil de nuestro cliente modelo tenía preferencias por el color anaranjado, pues, se presume que los jóvenes son vespertinos, y en el logo de Urbania se ve reflejado el atardecer, con una proyección nocturna.
Además de los edificios, los cuales evocan una cosmovisión urbana, una alegoría al mundo posmoderno.
Pero, así como se desarrolló un trabajo disciplinario, profesional, a la hora de gestar el producto, también jugó mucho el factor espiritual. El espíritu emprendedor de Luis Farfán Villacís, autor intelectual de Urbania y quien actualmente se encuentra becado en Londres, lo hizo optar por abandonar la universidad hace ya diez años y entregarse a la libertad que le ofrecía su juventud.
Así cruzó América y llegó a Europa por primera vez, conociendo, consumiendo, aprendiendo de otros mundos hasta que se percató –en pleno viaje- que en muchas ciudades del viejo continente ofrecían periódicos gratuitos. Se repartían en las calles y se promocionaban en paraderos de buses y bares. Estos periódicos tenían la misma lógica comercial de aquellas publicaciones distritales que aún circulan en la ciudad de Lima, impresos pequeños que se sustentan con publicidad de los negocios vecinos, como las peluquerías, la venta de gas, las bodegas con delivery, entre otros.
Estas ideas se fusionaron para formar Urbania. Por un lado, el espíritu de libertad, y por el otro, el potencial técnico, el soporte científico, para crear el concepto inicial.
Luego, con la llegada de Kelly Dwayer, quien conocía el ambiente periodístico de Washington su ciudad natal, el proyecto Urbania se consolidó según sus experiencias, ya que la información que ella proporciona como extranjera es valiosa y nos permite desarrollar contenidos según las lógicas comerciales de los visitantes. Esto coincidió también con un profundo amor por este país que la cobija hace ya más de ocho años.
Desde el primer número publicado en julio de 2004, el espíritu del grupo no se ha quebrado. Han existido percances que nos han hecho tambalear empresarialmente.
Hace pocas semanas, a propósito del sismo ocurrido en el sur chico del Perú, un cliente nuestro, un hotel cinco estrellas de Chincha, se derrumbó por completo. Y con aquel derrumbe, también se vino abajo nuestro contrato publicitario, el cual era de un año.
Ante la adversidad, queremos proponer un mensaje de solidaridad, de que los momentos difíciles sólo ayudan a fortalecer el carácter. Y que los emprendedores siempre van a estar dispuestos a luchar por el cambio y el progreso.
La experiencia de Urbania ha significado la posibilidad de conocer el Perú en su totalidad. Ha permitido reforzar la marca país, con información que refleja el quehacer cultural de la ciudad. Mantiene un concepto de servicio informativo y se sustenta gracias a una red de distribución y su publicidad.
Tengamos en cuenta que el término cultura es tan ambiguo, que muchas veces se limita a representar lo referido a las artes clásicas. Que la cultura es sinónimo de ballet, la música de cámara o el drama teatral.
En ese sentido, Urbania apuesta por una idea amplia de la cultura, y ofrece contenidos que por lo general no son reconocidos como disciplinas oficiales. Por ejemplo: el skate, deporte en el que nuestro impreso está comprometido y promueve activamente su inclusión como disciplina deportiva en la Federación Peruana.
Nuestro sentido de cultura nos obliga a apostar por aquellas actividades que representan la vanguardia, lo juvenil, una evidencia de que nuestro país está vivo. De que existe una nueva generación de industria cultural que se está haciendo cada vez más sólida en el mercado.
Un profundo amor y respeto por nuestro país y por nuestros oficios, es lo que nos hace diferentes como empresa. Desde la gente que realiza las cobranzas a diario, pasando por el plantel periodístico y de ventas, hasta los socios y gerentes de Urbania.
Hemos establecido una mística de trabajo, una forma muy personal de ver el periodismo y la publicidad, que esperemos, registre una época valiosa de nuestra sociedad. Muchas gracias.
lunes, octubre 08, 2007
lunes, octubre 01, 2007
NuncaNadie
viernes, septiembre 28, 2007
domingo, septiembre 23, 2007
miércoles, septiembre 12, 2007
GELANITOSIS
domingo, septiembre 09, 2007
sábado, septiembre 01, 2007
LOS VIEJITOS DE BARRÓN SE COLARON EN FIESTA COLEGIAL
jueves, agosto 16, 2007
¿ QUÉ HAN HECHO CON MI PAÍS ?


Estaba que me quería zafar de ese grupo. Iban directo al boulevard de las pizzas por unas cervezas. Yo no había almorzado y ya había oscurecido. Apenas pude, me abrí. La primera fue un amago. No me dejaron ir. Dijeron que iban a ser dos jarras y nada más. Cada vez que decían eso se miraban entre ellos y se carcajeaban por la calle. Uno ya estaba llamando por celular a alguien que también caería en el bar. Peor aún, que llegaría con algo bueno para ellos. Para mí no, dije. Me tomaron del brazo y me jalaron hasta la puerta del bar. Entonces aproveché que el jefe se fue al baño para quitarme. Me disculpe por celular ya cuando estaba subido en el taxi. Le agradecí la botella de vino que me obsequió. Yo quería llegar a mi casa, pero más quería almorzar. Me moría de hambre. Sólo pensaba en comer. Llegué, puse a calentar la sopa. Metí el segundo en el microondas. Y ahí fue que comenzó todo a moverse.
domingo, julio 29, 2007
CARA DE PERRO
Estoy cansado de asustar gente / Siento pavor de que te alejes del volumen de mis parlantes / Me gustaría tener colores en los pasos que doy / Cosa que si un día te olvidas de mí, yo sabré por qué camino volver / Las veces que huyes de mi cama / Son pesadillas con jamón ahumado / Entonces jalo un cabello tuyo para saber si realmente existes / O es que una ficción se metió en mi vida / O si eres una hechicera vestida de ilusión / Intentando acabar con mis bemoles delirantes / Con mis zapatos sin lustrar y la camisa prestada / Eres un caramelo de limón compartido / Podría llevarte colgada en mi cuello / Para que cuando mis amos me dejen varado en la calle / Vengan los vagabundos y sepan que alguna vez te pertenecí. / Si te conocieran / Me devolverían a tu lado.
jueves, julio 26, 2007
La Ruta del San Pedro
Todo está en la mente, decía el chamán, barba crecida, medio hippie, pelilargo y el hambre atrasado. Lo que más caracterizo a los peruanas es el hambre, remata un gringo con un español casi incomprensible, pero comprensible. En medio de una civilización huarasina totalmente aislada de la realidad, felizmente distante de aquella realidad que se llama el Perú. Una comunidad minera que respira la otredad, despierta con el sol llevando el pan más rico de la galaxia, sólo si es con mantequilla. Y los las montañas empolvadas de azúcar, heladas figuras que se van formando a lo alto de nuestra cordillera. Estamos a 3 mil 100 m .s.n.m., una belleza de lugar.
No hay mejor aperitivo que un rico soroche. Síntomas que se hacen evidentes cuando la glotonería se apodera de uno. Entonces no queda otra que expulsar los malos espíritus. Ya instalados en Los Alamos, a las afueras de Huaraz, tuvimos que soportar ayunas. La tradición decía que la sagrada planta se tenía que tomar sin nada en el cuerpo. Fuera comida, fuera licor. Fuera de acá. (¿A mí con vainas?). Nos fuimos a comer pizza, pan con chicharrón y pollo a la grasa. Nos bebimos hasta los maceteros de tres discotecas y no volvimos a casa sino hasta el amanecer, después de encontrar ese rico pan que se deshacía en las manos.
La jarra verde estaba lista desde hacía varios días. Nuestros anfitriones –extranjeros ultranaturales y posmodernos- se habían encargado de todo el preparado. El chamán, que no tomó mucho licor, pero sí comió lechón frío “porque da buena suerte”, también había dado el visto bueno para el brindis. Entonces nos embarcamos hacia Waying, un louge turístico ubicado a 3 mil 800 m .s.n.m., en las montañas puras de la Cordillera de los Andes.
Para llegar al lugar tuvimos que subir una trocha zigzagueante por hora y veinte minutos. Tiempo en que el pan se hizo un milagro. Un cooler con hielos mantenía la jarra a buen recaudo, además de muchos litros de agua, que según el chamán iban a ser necesarios para el viaje.
El louge está administrado por Alex, un arquitecto francés que declara tener su lugar totalmente liberado de las malas vibras. Es un lugar bendecido por la vida, saca pecho. Su hijo, de un año, corre por maizales mirando a millones de metros, unos puntitos que en su conjunto se denominan ciudad, la ciudad de Huaraz, allá a los lejos. Allá está el Huascarán. Aquí también está el Huascarán. Aquí también, mira. El San Pedro ha llegado. Algunos chicos comienzan a vomitar. Los demonios, dice el chamán que luego de tomar el horrible brebaje, se le ha antojado un juguito de fresa que vio en el bar del louge de Alex. Otros van mirando las montañas, otros van yendo en ascensor. La mayoría de extranjeros prefiere salir a caminar. Antes del brindis, Jack se ha puesto su mochila y se ha amarrado bien los zapatos caminantes. Listou, dice. Listos. Salud. Huákala. Abunda el Walter, el Hugo y el buitre. Todos caminan sin dirección, pero hacia las montañas, hacia la nada que en estos momentos lo es todo. El cielo se abre. Luego alguien cierra la cortina. Un chico dice llamarse Miguel. Pero a partir de ahora ha decidido que lo llamen Miki. Confiesa nunca haber tomado esto, dice ver las montañas en magenta, luego en cyan, luego en yellow. Yellow submarine. Sabe cantar. Y el eco de la naturaleza, al menos en las montañas de Huaraz, es de alta tecnología andina. Entonces Miki se fue a la punta de un dragón y se puso a cantar un tema de Depeche Mode. Tomó un poco de nubes con sus manos y cuando estuvo cerca de los nevados, se computó Tony Montana de Caracortada.
Otros fueron bajando de los elefantes que se habían quedado dormidos en nuestras narices. Una veía demonios, vestía de negro y sus ojos rebalsaban en rimel, era rockera. Quien no vomitaba era porque ya se había acostumbrado a convivir con el diablo adentro. Lo primero que uno siente cuando tomas, es la culebrítica. (¿La qué?). La culebrítica, un cosquilleo en el estómago que te hace vomitar, dice Carlos que es publicista y también le ha dado por llamarse Charly. Luego viene el tembleque. (¿El qué?). El tembleque. Y algunos se ponían a temblar, se contorsionaban y las piernas se movían solas, luego los brazos, luego todo el cuerpo como si uno estuviera epiléptico. Y todo queda en pantomima pura porque Miki piensa que todo es arte, pues algunos somos muy bailarines y otros más sibaritas, y comienza a imitar el tembleque. Sin darnos cuenta, todos estamos temblando como si tuviéramos parkinson.
El chamán pasa de un lado para otro con un pan del tamaño de un zapato. Lo va comiendo de a pocos y cada vez que se cruza con alguno de nosotros –que estamos dispersos por las montañas- pregunta: ¿Qué sientes? (No siento nada, dame un vaso más).
Estábamos en la cancha de grass aprendiendo a caminar. Alguien perdió la pelota, la pateó tan chueco que se perdió entre los maizales fucsias. Yo los veo celestes. ¿Cuáles son los maizales?
Había chaparrones que daban cosquillas cuando caían. El horizonte, la tierra, las gotas, el rocío, el río, los mosquitos, todo se veía tan digital que hasta uno podía tomar el control remoto y abrir las persianas del cielo. Las nubes se abrieron y un arco iris nos regaló una sonrisa, luego fueron saliendo más, como animalitos tímidos que quieren congeniar con el ser humano. Ocho, nueve, diez colores. Se estaba haciendo de noche. Alex tenía también una sauna al natural en forma de horno de pan gigante, fue nuestra salvación. Ahí terminamos de enloquecer. Todos metidos en un horno de pan, sin oxígeno, sin leyes que cumplir. Somos panes, multiplicadnos, como Dios manda.
El chamán ronca tan fuerte que el grupo se carcajea de sólo escucharlo. Pero las risas se hicieron mal genio cuando los ronquidos bajaron hasta su estómago y tuvimos que abandonar la sauna. Todo está en la mente, varón.
Un mundo en la oscuridad

Las localidades agotadas, el telón de terciopelo alzando vuelo. La magia salta al ruedo, torea con la realidad. El sonido ultraviolento, las mascarillas de oxígeno para los asmáticos del feeling. Los murmullos excitados, las niñas huyen de sus locos. Un susurro de menta se contornea por el pallar de la pequeñita oreja femenina. Las salas de cine no solo se inventaron para conmoverse con las películas. Existe una vida paralela que se escribe con cada apagón, donde la intuición se convierte en una vedette de siete décadas, mitad humano mitad espejo. De aquel espacio proyectado en lo blanco nacen nuevos mundos. Nuevos retos para la imaginación: matrimonios malditos, infidelidades adolescentes, patologías malsanas, mares de lágrimas, la felicidad de los avestruces, la psicología del ratón, las travesías al más allá de un chamán que duerme placenteramente en los intestinos de cada ciudad. Habré cortado un poco de sueños en juliana para que nuestras historias se entretengan, mientras la inspiración llega junto con el té y las galletas. Zucarina para la piel, tome cafeína, te da balas. Apague su celular o póngalo a tres gigas sobre el nivel del mal. Que empiece la fiesta: Acción.
lunes, julio 23, 2007
sábado, junio 30, 2007
LOS VIEJITOS DE BARRÓN INTERRUMPIERON FIESTA EN NIZA
domingo, junio 24, 2007
EL MIEDO A LA LIBERTAD
domingo, junio 03, 2007
martes, mayo 22, 2007
En defensa de mi propia extinción
miércoles, mayo 09, 2007
Ahí donde vivo los viernes
Cuando me dijeron que viajaría todas las semanas, no repare lo difícil que se haría pasar una noche fuera de mi habitación. La primera vez, llegué a un hospedaje modesto de una sola estrella. Apenas abrí la puerta prendí la luz y una cucaracha salió disparada a esconderse entre las cortinas. Fue un saludo, pensé. Pasé la noche en vela hasta que me di cuenta que las cosas en las ciudades pequeñas comienzan mucho más temprano. Será que el sol toca la puerta desde la madrugada, o es la lechera que ofrece, o un tamalero, o los obreros que rompen las pistas. Todo comienza a oscuras.
A la siguiente semana, en el cuarto de a lado un par de hombres comenzaron a discutir pasado la medianoche. Como a las dos de la mañana, el intercambio se volvió más violento y las lámparas volaron. Se mentaron la madre, ambos estaban ebrios y peleaban por una plata que no lograban encontrar. Se escuchó que la cama la iban desarmando mientras el televisor había perdido la señal. Cuando llegó el cuartelero, ambos se habían trenzado a golpes, se echaban la culpa de ser tan bruto por haber perdido el dinero. Uno dijo habérselo dado mientras volvían al hospedaje. El otro negaba tajantemente la versión y sólo recordaba que habían estado en un bulín con unas nenitas que les gustaba mucho bailar salsa pegadita. Una se llamaba Nené y la otra Rita, llevaban minifaldas y el busto era un homenaje a las charcuterías del mundo. Bailaron buen tiempo hasta que cada uno se fue por su lado. Ambos aparecieron en el cuarto del hospedaje, sin dinero, sin maletas y con ganas de matarse entre ellos.
Para cuando amaneció, yo estaba dispuesto a renunciar.

La última semana que me quedé en ese hospedaje, el dueño del lugar estaba un poco alterado. No era mi culpa. Yo quise ser atento con él y se negó a rebajarme la tarifa. Él quería cobrarme un día más por demorarme tres horas en sacar mis cosas. Amenacé con no volver y me abrieron la puerta con una ramera sonrisa. Me fui al costado. Era más barato, más sucio y había que compartir el baño. Pagué el extra y obtuve una habitación con baño y televisor con cable. Me sentí contento con mi nuevo lugar, entonces salí a tomar unas copas y al volver no recordaba cuál era mi habitación. Saqué las llaves del bolsillo y traté de abrir una puerta. Una mujer soltó un grito asustado y comenzó a llamar a la policía: ¡Violador!, gritaba mientras yo entraba a mi cuarto rápidamente. Llegó un oficial y la señora dio su versión de los hechos. Ella había sentido una sombra que cargaba un puñal en sus manos. Ella tenía un novio muy celoso que había muerto hacía poco en un atentado a un banco. Ella decía que el novio venía a visitarla y le hacía el amor. Estaba en cinta y necesitaba dinero. El oficial se quedó un rato con ella, acompañándola y viendo una manera carnal para saldar favores de seguridad. Ella gimió bajito por el resto de la noche. Yo me había comprado audífonos y aprendí a convivir con la hostilidad.
Un día llegué tarde y no encontré habitación. Caminé un poco más allá y encontré a Cristina, que es muchachita, es bellísima, es inteligente y sobre todo tiene habilidad para los negocios. Estudia derecho, le explique que sufría un calvario todas las semanas que no dormía con mis peluches. Ella me ofreció su amistad y me rentó la habitación más alejada de la realidad: la del cuarto piso. Y desde ahí es que veo el mundo todas las semanas. Aunque el travesti que alquila la habitación del costado habla fuerte y se le escucha ahombrado, todas sus conversaciones giran en torno a los levantes que se dan en la plaza, a unos metros de mi hotel.
Siempre será mejor estar arriba de todo, aunque sea por unos cuantos metros de altura. Una señora me levanta con el sonido de su carretilla. Lleva frutas que recoge del mercado central y hace todo tipo de jugo. El público la espera en la esquina y pide también pan con queso, jamón y palta. Sabe cortar la palta como si fuera una naranja. Si fuera por ella, las mañanas las recibiría en galletas de soda y agua mineral.




