domingo, noviembre 27, 2005

ARENA DE MÉXICO

Arena, suplemento cultural de Excelcior. Año 6, Tomo 6. Domingo 27 de noviembre de 2005. Número 352. México.

Microrrelatos. Quinteto.


Testimonio
de un lápiz antes
de ser desecho
Juan José Sandoval Zapata

Usted va a pensar que estoy loco, señor. Pero disculpe usted si ataranto su lógica estructural. Las hojas cuadriculadas me producen jaqueca. Por eso es que vale la pena objetarle el hecho de utilizar esa horrorosa manta matemática, para acoplarnos a la blancura infinita del bond de ciento veinte gramos. Las yemas de mis dedos se lo agradecerán, estimado señor. Venga, que le voy a contar lo que me pasó.

Verá usted, señor. Yo no era como me ve ahora. No, señor, cómo cree que pudiera tener semejante fealdad

de manera perpetua. Señor, yo le cuento, fue el tajador quien mejoró mi sonrisa. Porque la mía era una cara de lamento cuando pasó el accidente que me ocurrió, señor.

Yo iba deslizando mi carbón sulfatado por el bond. Siempre había querido ser surfista pero ya pues, señor, aquí me tiene de lápiz de tercera edad escribiendo para terceras personas.
Entonces como que el deslizarme por el bond hizo que mi pasión por la tabla se vea compensada. Yo señor, que andaba bailando en zig-zag por el papel limpio, creando poesía de alta calidad, gustoso de mi vida íntima haciendo mías las lágrimas de quienes plasmaron su verso lacrimógeno por mi cuerpo de madera respingada.

El día aquel que le quiero contar, señor, data ya de unos años. Como le decía, andaba bailando palabras hermosas por el papel: deuteronomios, acemípalos, terecoideos, anitimotina, nefelibatas, pluscuamperfectos hidrocarburados, mentecatas comestibles. Toda una delicia de creatividad en que me hallaba profuso, sumergido en mí. Toda esa felicidad corría en mí, señor, hasta que el accidente me sacó del papel.

No recuerdo bien si fue un resbalón el que me sacó del camino. O fue mi sesgo de vida. Ese sesgo que le da la poesía a quienes ríen demasiado. La tiranía del verso, que le dicen. De la frase. De la palabra. La tiranía de la locura, señor, imagínese. La locura rompió mi puntiaguda nariz. La palabra quedó incompleta, la voz fracturada. Sólo se oía mi grito de dolor.

Sacarme más punta sería soltar la guillotina en mí, consultó el escribano. No había más que mi voz de lamento, señor. Suplicaba, siquiera, terminar el poema, no ceder a la vejez, al olvido del ser humano. Yo, heredero de la pluma con tinta con la que se escribió el primer Quijote. Yo, abuelo del bolígrafo que inundó Hollywood con sus estrellas. Yo, el precursor del pincel fino que parió el lienzo.

Y me descarrilé por completo...

Primero fui a dar a una fosa común. Hice amigos, sí, algunos con la misma edad que yo.
Algunos con los mismos dolores, los mismos traumas. Jamás me había dado cuenta que mientras yo versaba, había compatriotas míos que se dedicaban al dibujo, al color, al movimiento de las figuras. ¡Estaba en otra vida!

Negarme a ser tajado fue también renunciar a mi propia obra. Igual le pasó al lápiz rojo, que después del exilio se hizo amigo mío. Quién diría, me dijo. Jamás iba pensar ser amigo de un “rojo”. Pero ya ve usted, señor, todo se paga esta vida.

Luego de la fosa, señor, no tuve otra que huir. Entonces acordé con otros compañeros mutilados que bien podíamos salir del agujero a donde nos habían metido sin consulta alguna, que la revolución es posible. Que el poder real está en nosotros mismos. Que viva el Che, viva Neruda. ¡Viva la revolución!

Y nos unimos.

De nada sirvió, señor. Aquí me tiene usted. Recogido de un tacho de basura. Revindicado por usted, dándome la oportunidad de decir que sí, que aún puedo ser el de antes. Deme tan sólo una hoja bond de ciento veinte gramos y le explico.

Aquí un ejemplo: descuajeringamiento rocanrolerizado para niños insulínos con síndrome de incontinencia verbal. ¿Usted qué dice?

domingo, noviembre 13, 2005

viernes, noviembre 04, 2005

LOS NOMBRES DE CEAPAZ

El peruano Daniel Salas escribió en su blog hace más de diez días un texto donde se pregunta qué ha sido de la vida de los que obtuvieron premios en el concurso de CEAPAZ, que duró cuatro ediciones, y en el cual obtuve una mención honrosa.

Ya que mencionan mi nombre en algún lado de su texto, dejo aquí la respuesta que le envié y que aún sigue bailando entre las coordenadas del silencio.


estimado daniel:

yo obtuve algo más que una mención honrosa en ceapaz, me gané un conato judicial (demanda por difamación, según argumentaron) y el aborrecimiento de cada uno de los integrantes de una promoción de colegio a la cual yo, después de diez años de distancia, había desconocido totalmente.
luego de la presentación de aquel compilatorio de cuentos, titulado "el gaviota y otros cuentos", mi cuento NACHO ha circulado en fotocopia, y ha demostrado que entre los integrantes de un colegio reliogioso habitaba un renegado camuflado, ahora convertido en artista profesional.
de hecho, si es que ceapaz ayudó a presentar mediáticamente una nueva generación, luego de la experiencia mía con ceapaz, yo plagié un poemario y lo imprimí con mi nombre, para lo cual tuve que vender mi bajo eléctrico y renunciar a mi banda de rocknroll; y luego, cual gringa con su plata, vendí mi auto y publiqué de manera independiente un libro de cuentos titulado BARRUNTO.
pero ninguno obtuvo el guiño de los críticos ni de los periodistas de culturales, más sí de algunas jovencitas que, de cuando en vez, sacian mi espíritu solitario a cambio de la mestranza que me ha dejado, casualmente, la experiencia que me brindó ceapaz al otorgarme tamaño galardón.

con afecto,

juan josé sandoval zapata

miércoles, noviembre 02, 2005

EL OCASO DE LA PALABRA

ojo. a estas alturas, estoy totalmente seguro de que aquí no habita nadie. creo que hasta la directora huyó despavorida. no estoy muy seguro de haber sido el causante de este desierto. ya les dije -hace tiempo- que lo único que buscaba aquí era amor.

primero fue el invierno. luego el infierno. de ahí, toda una gama colorida de sufrimientos. juro haber derramado una que otra lágrima cuando imploré compañía. los ecos desesperados me jugaron una mala pasada. me tocó bailar conmigo mismo, algo peor que bailar con la más fea de la fiesta.

cuando crucé los límites de la cordura asumí un papel importante para el mundo, el de bufón. entonces, me dediqué a hacer reír pensando que así me hacía feliz. fui venciendo mis temores hasta que logré sacar lo mejor de mí, que en ese tiempo era la palabra. jugué con todas las letras, me enamoré de las esdrújulas, de los triptongos y sobre todo de los escupitajos. fui alcanzando madurez tal, que en el momento de darme cuenta que estaba solo en esta oscuridad, nomás me quedó seguir hablándome a mí mismo. hasta siempre.