domingo, octubre 15, 2023

EL PADRE JUAN Y SU MONAGUILLO JUAN JOSÉ, PORQUE EN LATINOAMÉRICA MATAN A LA GENTE PERO NO MATAN A LAS IDEAS


Días previos al estreno de la obra de teatro Barrunto me encontré con personas importantes en mi vida.
Primero, en la plaza de armas, me encontré con el padre Juan.
Me le acerqué y le dije Padre Juan, gracias a usted soy lo que soy, se lo debo. El padre Juan me miró sonriente pero no lograba recordarme bien. Le dije, Padre Juan, soy el autor de Barrunto, usted me ayudó en mi carrera. Se acuerda de la Federación? de la Asociación de estudiantes? Usted financió mi viaje a Luxemburgo. No lo recuerda?

Pero el padre Juan dijo que había ayudado a miles de personas. No podría recordar quién era yo. Quería decirle que la otra vez me habían invitado a la PUCP y un doctor antropólogo había dicho que yo era una leyenda, y eso se lo debía al padre Juan. Ya no quise insistir más. Me hubiese tomado una foto, pero no sirvo para figureti. Desde que el doctor en la PUCP me dijo eso de que venía de un Lago a fundar un imperio, siento que yo ya no soy yo. O tal vez piensan que soy alguien que alguna vez fui. Pero ya no está aquí. Ya no vive aquí.

Cuando estudiaba en la universidad, consideraba a la gente que iba a la especialidad de televisión como gente idiota, maricones afeminados y frívolos. Y desde hace siete años me tuve que tragar el orgullo y comenzar a conducir mi programa propio. Pero para llegar a esa decisión tuve que viajar mucho y el padre Juan fue fundamental. Primero mi papá, porque el primer viaje a Colombia me lo pagó él, a la asamblea bolivariana de estudiantes de comunicación. Lo que no le dije a mi papá fue que el padre Juan también nos había auspiciado. Entonces fuimos con doble viático. Volví con camisetas de la selección, recuerdos y a una llama encendida que tenía que ver con la lucha política. 
Gracias a la federación latinoamericana de estudiantes de comunicación social pude conocer gente importante. Por ejemplo Fernando Meza  de Chile, a quien conocí en Montevideo en el año 99, él ya conocía la ciudad así que gracias a él me inserte en el mundo de la noche, y sobre todo ir al estadio Centenario. Luego hemos coincidido en Panamá, en Bogotá, en Isla Margarita, en Santiago y ahora en Lima. Grandes amistades que se forjan gracias a la política y el arte. Recuerdo que Fernando hacía cine con cintas de VHS que cortaba y pegaba con cinta. Y en Colombia, donde hicimos turismo urbano e incluso nasal, porque era el deber conocer a fondo el país de la coca. Fernando vio de joven a Sumo en vivo, en Viña del Mar, y le voló la cabeza. Y además, Fernando es chespiritólogo, incluso su tesis de licenciatura la hizo sobre Bolaños.Así que cultura y conversación había cada vez que hemos coincidido. 
Ahora ha venido con su esposa y su hijo para ver el estreno de Barrunto, 23 años después. 
Aproveché para que mi sobrino Amaro se suba al escenario conmigo y hagamos la reverencia al público cuando el público aplaudía a los actores. Les robamos un poco de su fama.
El niño se sintió cautivado y pienso que será artista. Sus papás quieren que sea futbolista. Pero lo que sea pienso que haber ido al estreno de la obra de teatro de su tío peruano debe haber significado algo importante.

Me preguntan mis amigos qué se siente la trascendencia.Qué significa que después de 23 años mi libro Barrunto siga con vida. Tal vez hay un sentimiendo de mayor culpa como la vez que en la PUCP me engañaron que yo era una leyenda, me bajaron el autoestima.
No sé, igual no tengo para comprarme una lata de cerveza, ni un cigarrillo. Menos comer una vianda. Debo volver a casa en micro, o caminando si ya la hora me ha ganado. Mis zapatos se gastan rápido, debo seguir caminando con el hueco en cada paso. Al menos no tengo que correr de nadie. A nadie le debo, menos temor le pueda tener a nadie. Solo a la oscuridad. A veces salimos del ensayo tan tarde que la gente duerme. Una semana antes del estreno nos botaron el local donde estábamos ensayando. Llegó una manada de señoras en bata de noche, gritando, con ruleros, diciendo que nos vayamos que ya estaban hartas de escuchar malas palabras, tanta bulla, tanta vulgaridad. Y si no nos íbamos al día siguiente traerían a la prensa. Eso lo vimos bien, wow, que venga a prensa a vernos. Pero al dueño del local no le gustó para nada la idea y nos dijo que teníamos que desalojar. Ya nos tenía medio a distancia porque el trato con el espacio iba por incluir a su hija en el elenco teatral. Su hija, que era de un canal clandestino de su vida amorosa familiar, tenía 17 años y quería ser actriz. Había hecho unos talleres pero cuando le tocó demostrar, no pintó. Y no se le pudo incluir en el elenco. Ella quería ser actriz, pero la gente que estaba en la obra ya eran profesionales con varios años en el arte. El señor lo tomó muy mal pero ya habíamos firmado el acuerdo y luego se fue de vacaciones a Europa tres meses. Por eso nos dejó ser, pero cuando vinieron las tías pitucas de San Isidro, y como amenazaron con multar al insituto al que le  pertenecía el local, decidió unilateralmente que nos vayamos. Adonde, adonde sea,  pero se me van. Entonces encontramos una casona en Barranco, casi abandonada, gestión de Fiorella Luna, actriz del elenco y super conocida como actriz de cine, novela y publicidad. Yo me sentía un poco opacado en los ensayos con tanta luz que se juntaba. Tanta estrella. Coco el actor principal, famoso desde los cinco años. El que me interpreta en la obra, un chico talentoso y con medio millón de seguidores. Cada vez que acaba la obra, la gente se queda para esperarlo a él. Le dicen ven baila quinceañera, Maricucha. Una vez vino un señor y le grito cachudo. Y él tranquilo, se tomó foto con el señor. gracias, cachudo, le dijo el tío. Borjas tranquilo nomás sonríe. Sabe su negocio. Hubo un momento en que los actores pidieron a la producción que yo deje de tomar con mis amigos, desconcentraba a la gente durante los ensayos. Pero no se podía contener la algarabía de la gente que me conoce hace 23 años cuando hice Barrunto. 
Yo estaba en Bogotá. Mi amigo Ariel nos ubicaba en el contexto, estábamos en el Bronx, o también conocido como El Cartucho. No buscábamos un libro, pero me recomendó: parcero, si usted quiere conocer buena literatura, este libro es ideal para usted. Era el libro 'Que viva la música', de Andrés Caicedo. Ahí descubrí el camino. 
Al tiempo, ya cuando terminé la universidad y era complicado seguir con la vida de dirigente estudiantil. Pero el padre Juan me recomendó como docente investigador. Y también me dieron un curso electivo de literatura para chicos de primeros ciclos. Y estuve tres años trabajando en una tesis sobre la jerga que nunca comencé. Después de tres años solo tenía medio capítulo. Todo el tiempo me la pasé escribiendo, creando o rompiendo reglas gramaticales en la computadora. 
Cuando me comunicaron que no iban a renovarme el contrato, fui a buscarlo al padre Juan, pero ya no me atendió. Con el último sueldo imprimí la primera edición de Barrunto. Con ilustración de David Collazos, una réplica digital de Jean Michael Basquiat. Sacamos mil ejemplares y comenzó a rodar la pelotita. 
Se libro se posicionó bien, tenía saoco, quimba, driblin  y harto chocolate. Tenía aguadito pero también ají. Tenía curruñao. Era una época loca en que parábamos en el malecón de Chorrillos, en la casa de Kabriel, una cabaña que construyó en un piso falso, se veía el mar. Ahí me hicieron las primeras entrevistas sobre el libro. Entonces aproveché para despotricar. Me invitaron a una entrevista con el gran Alonso Cueto, y llegué en mal estado hablando cosas negativas, karmosas y oscuras de mi vida. No me censuraron pero sí logré que la gente capte atención de mis palabras. También hablé mal de algunos amigos escritores con mucha reputación y eso creo que pegó bien. No se olvidaron de mí. Ha pasado tanto tiempo y que sigan hablando del libro, o de las cosas que digo, dicen mucho de mí. Bien y mal. 
Así estuve varios años tirando mierda en los medios, todo lo que escribía era resentimiento, veneno puro. Me botaron de algunos talleres literarios por leer textos aberrantes para los asistentes, había a veces gente adulta mayor que iba con sus poemas de amor, y yo odiaba a todos los que aman. Me invitaron a retirarme. Me gustaba el taller porque lo dictaba la esposa de un poeta mayor que me tenía afecto. Me dejó un libro de Andy Warhol autografiado donde dedica 'de un ángel a otro ángel'. Eso significó para mí una señal. Enrique había leído Barrunto y me dio la bendición. Luego me pidió cinco luquitas para una cajetillas de cigarrillos y yo le saqué una moneda falsa. Pero apenas la tocó la sintió bien y dijo oe tu crees que soy sonso. Y se cagó de risa. Luego fuimos a tomar vino. 
Igual seguía resentido con la vida, con mis papás, con todos. Me odiaba y me quería morir. Y odiaba a todos los escritores del país, peor si tenían mi edad. Hice de la bilis una forma de expresión. 
Hasta que a fines de 2008 alguien me escribió un correo que decía: tú no sabes quién soy yo, pero yo sí sé quién eres tú por tus libros. Y te quiero invitar al salón del libro de Luxemburgo. Noemí era la presidente de la asociación cultural peruano luxemburguesa y me propuso ir allá. Solo necesitaba una inyección, un pasaje que garantice mi presencia. 
Años antes de que me boten de la universidad por no hacer la investigación sobre la jerga, tuve una conversación con Jorge Salazar, autor del libro 'La ópera de los fantasmas', sobre la tragedia en el Estadio Nacional. Yo quería que él me consiga chamba, para eso fui, y para eso también le llevé un queso cusqueño que me había mandado mi novia de ese entonces. Pero Salazar me dijo usted lo que tiene que hacer es seguir viajando, conociendo, oliendo, descubriendo. Debes tener encendida la llama del interés y la ambición de crecer. Y debes tenerlo siempre presente lo que quieres, porque cuando se dé la oportunidad, tu propia energía hará que eso que tanto querías, llegue a ti.
Ese momento no lo entendí, es más me sentí estafado. Yo quería que me recomiende en una chamba. Pero nada, salí de su edificio sin chamba, sin queso que en realidad era para mi abuelita, y sin plata. Tuve que volver masticando mi derrota hasta mi casa.
Pero cuando me escribió Noemí, para invitarme a Luxemburgo, y que necesitaba conseguirme un pasaje para estar ahí. Jorge Salazar ya había muerto. Es más, cuando llegué al velorio ya se lo habían llevado. Pero me acoerdé del padre Juan y pedí audiencia en la universidad. Y me dio unos minutos, minutos que aproveché no para pedirle auspicio, sino para exigirle que necesitaba ir a Europa porque me habían invitado al salón del libro de Luxemburgo. No tenía para comer, pero me habían invitado al país más rico del mundo. El padre Juan firmó mi carta y me dieron mi pasaje en tres días. Mi primera vez en Europa. 
LLegué con la billetera raquítica, tenía a lo mucho 200 euros que cuidaba como oro. Adentro mío, tenía intenciones de quedarme, escaparme, no volver. Pero fue lo primero que me dijo Noemí: no se te ocurra quedarte aquí, porque la migración es muy dura. 
En mi ilusión, pensaba que con mi presupuesto iba a alcanzarme para visitar a mis amigos, Mauricio estaba en Madrid, Luchini estaba en Touluse, y Romero estaba en Dublín. Sobrado la hago, pensé. Pero mi tía Tania, una de las mejores amigas de mi mamá, vive en Alemania y me dijo sobrino, de Luxemburgo toma un tren hasta Frankfurt, yo te recojo. Eso hice, luego del evento donde me sentí en Babel, escuchaba tantos idiomas raros que a veces me quedaba dormimdo. No hice amigos pero me hicieron entender que el oficio que yo hacía era valioso para ellos. Pusieron un enorme afiche A5 con mi cara y mi nombre, y mi nacionalidad. Y firmé mis libros, y aunque cuando me dieron el micrófono hice lo que yo pensaba que era lo correcto: despotricar, hablar mal, tirar veneno con ventilador. Pero la gente que me compraba libros y me pedía que les firme, me pedían que hable, que diga esas palabras que no están en el diccionario, pero que eran parte de una oralidad exptica. Habla, barrunto. Habla. Y luego Noemí me aconsejo tanto que aprendí a no hablar mal de nadie ni de nada. Y aprendí a valorar mi oficio para preservarlo y no ensuciarlo con mis miedos.
Cuando llegué a Alemania, mi tía me preguntó de cuánto disponía, me había ido muy bien con la venta de mis libros y había duplicado mi capital. Pero igual todo era carísimo, el tren nomás me quitó una extremidad. 
Entonces me propuso que me quede, tenía tres semanas libres. Y ella en su casa tenía espacio de sobra. 
Mi tío Cord, el esposo de mi tía Tania, es médico y hablaba español porque su doctorado lo hizo en México. Gracias a Cord conocí tanto que estoy agradecido de por vida. Sobre todo porque en ese entonces llevaba unos dolores lumbares, me querían operar en el seguro de la columna, y allá en su consultorio viendo cómo hacía procedimientos de infiltraciones de analgésicos, le dije, tío, tengo 500 euros, hazme una infiltración. Pero sonrió y me dijo: sobrino, tú estás sano. No necesitas nada. 
Y nunca más me volvió a doler la columna. Y cuando me duele, me tomo una pastilla (o seis) y me acuesto tranquilo. Yo estoy sano.
Mi tío Cord estudió en Berlín y fue taxista para costear sus estudios. Nos llevó un fin de semana a Berlín y en su auto nos pasó desde el orienta hasta occidente, luego fuimos al muro y por la noche nos tomamos una copa en un hotel con una pecera gigante. Mi tío creció en la guerra fría. Igual que el padre Juan, que es belga, igual que el fallecido Hendrix, su amigo belga que trabajó muchos años en la universidad. Era bibliotecario, pero se puso viejito y lo mandaron a la oficina donde yo trabajaba. Y como yo no trabajaba nunca, me hice muy amigo de Hendrix. Además, Hendrix vivía cerca de mi casa y tenía una botica de nombre Amberes. Además, su hija Melissa era guapa y todo el barrio pasaba por la botica para verla. Luego se hizo productora de cine, y alguna vez le obsequió Barrunto. Y a los años vi que había producido una serie televisiva sobre barras bravas y hablaba del Alianza, y sentí que había tomado algo de mi libro. Hendrix habla poco español, y yo estaba estudiando la jerga. Fue un buen amigo Hendrix. Mi tío Cord también, sumamente inteligente y conocedor de la historia de la guerra, tanto porque la había vivido como por su vocación de lector. Le gustaba la música y coleccionaba discos. Tenía un estéreo inmenso que sonaba increíble. 
Cuando volví a Lima del viaje a Luxemburgo y Alemania, vine con buena cantidad de plata y de frente fui a pagarle al banco. Mientras estuve en Europa apareció una entrevista con el Chema Salcedo que hicimos días antes de irme de viaje. Y cuando salió, ese fin de semana jugó Alianza, y algunos dirigentes le mencionaron a mi papá que yo había salido en televisión. Me lo contó mi hermano el negro. Que me había hecho notar aun sin estar ahí. El tiempo ha seguido pasando y Barrunto sigue sólido, sigue creciendo. Me han seguido engañando, ahora a la gente se le ha ocurrido decir que Barrunto es un libro de culto. Yo ya no creo nada. Es como si mi libro ya no fuera mío, que ahora forma parte de un imaginario. 
Esa época en que escribí Barrunto, también frecuentaba la casa de Ronieco, que ya había dado de baja a su banda grunge Actitud Frenética, y había fundado Mamitud. Tenía canciones alucinantes, psicodélicas, rockeras, pop y mucho color. Tenía mucho de Brian Jones. Ese material ya no existe, no se ha podido recuperar tras la muerte de Ronieco. Fue una época intensa. 
Hace poco, buscando en mis cajones nosequé, me encontré un manuscrito de Ronieco, fechado en diciembre del 99. Se titula 'Amiguita Sacabientera'. Dinamita pura. Le avisé a su hermano Guido y me dijo que quería leerlo. 
Justo me invitaron a la presentación del libro 'Soy de Alianza', de Martín Roldán, en la librería Crisol de San Miguel. Aproveché para ir a visitar a la tía de Ronieco y a su hermano Guido. Les llevé el manuscrito y unas fotos de Ronieco de la época. Guido me dijo que mi sobrina Julieta estaba ahí, así que fuimos a la presentación del libro y aproveché para hacer una mención de la presencia de la hija de Ronieco, Julieta. Ella también tiene la misma cara de Ronieco. Igual que su mamá, que salió a la puerta y lo reconoció al Waro. La señora se emocionó de alegría por vernos, pero luego dijo que había estado mal de salud, y la tía estaba aún peor, estaba en cama. Yo sentí que de pronto en el rostro de la señora se hizo la cara de Ronieco de aquellas épocas en que parábamos en su casa haciendo bulla, emborrachándonos escandalosamente hasta que llegaba el serenazgo. Era la cara de Ronieco de los noventas, rebelde.

Y le dijo al Waro: por qué me has abandonado? Ya no visitan. Aquí hemos sido tan felices con ustedes en la casa. Pero así es la vida: cuando uno muere, los amigos también mueren.