martes, mayo 21, 2013

Y EN LA TUMBA DORMIREMOS




Este cuento fue escrito en 2010 y publicado en El Artista de la Familia.


dedicado a Mirza Pérez, a Victoria Vidal, 
a Beatriz Soldevilla, a Rita Guerrero 
y a María Elvira Martínez Meza.


COMO DOS HERMANITOS

A los seis años me fui de la casa. Me fui al parque. No quería entrar a casa. Así viniera mi vieja con la correa. Así me jalara de los pelos. No iba a entrar a mi casa. Me quería quedar a vivir en el parque. Le iba a escupir a mi vieja cuando saliera. Aquí, frente a todos los vecinos, le tiraría una botella de vidrio y me quitaría la ropa hasta quedar calata. Para que sepa todo el mundo la clase de hija de puta que tenía. No iba a entrar nunca más.


Ojalá mañana me vaya de este mundo. U hoy. Más tarde. Ahora mismo. Vengan por mí que ya no deseo vivir más. Peor que no me he puesto sostén y mis ubres sudan y el polo se moja y se marca. Mi papapa y mi vieja se pelearon de improviso y no tuve tiempo de ponerme nada abajo. Siempre que pelean todos tenemos que salir por cualquier lado, sino, te cae también a ti. Al único que no le hace nada la bronca es a Adrián. No se da cuenta de nada, incluso muere de risa cada vez que ve a su madre forcejeando con el abuelo desde el suelo. Aunque también llora, aunque no lagrimea nada de sus ojos chinitos. Una vez que lloró me le acerqué y le di un cachetadón.

-¡Adrián, demuestra que eres hombre! -Le dije, pero se puso a llorar más. Entonces lo tuve que abrazar para que no se desplome.  


No tengo ni para un cigarrillo. Podría sacar de la tienda pero mi abuelo no vende vicios, dice. Ni para llamar a Macedo y que me abrigue. Menos mal que para él soy aún virgen. Yo a los nueve la perdí montando bicicleta. Mucho gusto, ya soy mujer y te puedo sacar los ojos con mis garras si me amas y no me satisfaces. Si me miras y no me comes, te muerdo. Si me besas y no muerdes, te castro con mis manos. Y si me pegas y no duele, de violo. El segundo fue mi abuelo, al año siguiente de lo de la bicicleta. Me enseñó a tocarme hasta el fondo. Luego yo sola me fui conociendo.

Me llamo Jose pero también María y huelo a vainilla. A veces tengo más de María que de Jose, porque uso faldas y el escote me hace bonita. Pero también tengo días de Jose. Entonces me llaman Pepita y practico box tailandés en el Estadio Nacional. He sido pintora, escritora, cineasta y actriz porno casero, rockera minimalista, sexóloga en tertulias, groupi a sueldo, estudiante de todas las especialidades que tienen que ver con el yo interior, asistente de profesora de niños especiales, niñera: Mujer a tiempo completo. Independiente. Por eso no volveré a casa. Acamparé en el parque, en algún basural. Me iré al cementerio y me cobijaré en algún nicho vacío. Desayunaré chanchitos vivos.

A los siete no sé por qué mi mamá me llevó donde la doctora. Depresión, dijeron. Mucha tristeza, cosa rara. ¿Por qué no te peinas?, así será la moda mañana, cuando duermas de verdad. Un día me dio por vestir de negro como Alaska. En pleno verano me camuflaba en chamarras y botas. Me rapaba el pelo y me lo ponía de puntas. Yo iba a la No Helden y después a la Nirvana. Después me fui a la mierda. Me ofrecieron plata por chupársela a un viejo gordo que no podía ni atarse los pasadores del zapato. No me gusta el dinero. No me atribuyo nada. Lo hice gratis.


De la ventana de mi cuarto se ven las últimas lápidas de El Ángel. Mi abuelo ha puesto barrotes en la ventana para que no me escape otra vez. Ya me he fracturado los dos tobillos por lanzarme al vacío, justo en la última sección del cementerio. Una vez me tiré en pleno entierro y a la hora de caer me tropecé con uno de los negros cargadores del tambaleante ataúd que al final terminó cayéndose. Me botaron del lugar y mi abuelo me esperó con la correa en la puerta.

-¡La nieta del “loco” Vitoco se ha querido matar! -Gritaban las vendedoras de rosas-. ¡Ahora la suenan!

Me correteaba por cuadras pero mi abuelo ya estaba un poco mayor. Yo ya había aprendido a escaparme de sus arrebatos. Volvía a casa y me encerraba tres días escuchando a Dylan, leyendo Yonqui y mirando películas de polvos azules.  Luego veía las estrellas desde mi ventana abarrotada que da al cementerio.


Los días de muertos, como hoy que me quiero morir, llegan familias al cementerio que comen y compran en mi bodega, que también se llama El Ángel, por Adrián y también por el cementerio. La gente lo que más compra son flores. Yo soy alérgica a las flores y también a trabajar. Me gritan que salga de mi cuarto a la bodega para atender, pero me da vergüenza ya que muchos chicos me miran desde niña y bajan a pedir fiado porque los mandan sus viejas y mi vieja odia que le pidan. Si me ven, se siguen de largo los muchachos. Hay uno que su vieja debe como tres meses de abarrotes, pero es el más guapo. Cuando salgo a fumar, mi vieja me mira desde la reja de la tienda y me amenaza con poner el candado. Me siento aquí donde estoy ahora, al lado del poste sobre el pequeño jardín donde nada crece, negándome a volver a dormir en esa casa maldita, y me prendo cinco cigarros pensando en la forma menos dolorosa de morir. De no volver a entrar a casa.


La muerte la sobrellevas con trago. Mi primera borrachera fue también a los nueve y fue cuando murió la “Chilindrina”. Estaba tan triste que tomé un poco de pisco del anaquel de la sala. Era una perrita pequinés que lo seguía a mi abuelo por todos lados. Dormía a sus pies y durante las tardes lo acompañaba en el jardín. Para llegar al jardín había que abrir una puerta movediza de esas que uno empuja y se abren y luego vuelven a su lugar. La puerta pesaba y mi abuela la empujaba cada vez menos.

Una vez, mi abuela caminaba hacia el jardín y a la chilindrina se le cerró la puerta en la cara, y se le escapó un ojo.

El ojo quedó afuera medio salido como un mostro y la Chili comenzó a chillar tan fuerte que luego yo me puse a chillar y mi abuelo fue por una cuchara para tratar de ponérselo de nuevo. Pero la “Chilindrina” no se dejó agarrar y corrió desesperada por el jardín hasta que sus alaridos fueron cada vez menores.

Todo el barrio se había juntado en la puerta de mi casa. Llegaron de la perrera, hablaron con mi vieja y el abuelo y quedaron en sacrificarla.

Mientras preparaban la inyección, un grupo de vecinos fueron a pedirle al abuelo que no la dejara morir a la perrita, que ellos estaban dispuestos a pagar una operación entre todos.
-Va quedar como Broncano, el perrito de los Higuera que se peleó con un gato.

Antes de la operación se llamaba Chuqui, pero la cosida lo hizo parecerse al boxeador Broncano. El veterinario dijo que no habría problema en salvarle la vida a la “Chilindrina”, pero costaba tres mil soles. El abuelo prefirió el sacrificio.

Las señoras respetaron sus palabras porque ya conocían su mal carácter. Qué se le va hacer, dijeron. Pobre perrita.

Apenas le pusieron la inyección, la “Chilindrina”, en frente de todo el vecindario y en frente mío y de mi hermano y mi vieja y la basura de mi abuelo, caminó unos pasitos y luego se cayó de costadito, como cuando se acurrucaba para meterse en el sueño de mi cama. Hizo bicicleta y estiró la pata derecha. Apenas terminó de moverse el vecindario se puso a rezar el rosario mientras lloraban. El cuerpo lo metieron en una bolsa negra y lo comenzaron a rezar en medio del parque.

Por la noche, mientras mi abuelo hacía el hueco con el jardinero para enterrar a la “Chilindrina”, me robé una chata de pisco que había en la cocina y me la tomé en mi cuarto.


No voy a volver a darle un beso a mi vieja. No volveré a dar besos a nadie. Me joden las uñas, los cosméticos y las mujeres que los usan. Me llaman para salir a bailar, me florean que van a ir varias amigas. Confirmada la Putis, la rubia con su plata, confirmada la zorra Estefanía la de los ojos bamba, confirmada Pamela “chu”. Falto yo: Ma-María o María Marimba. Yo prefiero María Jose y punto porque eso de mamona me trae malos recuerdos. Desde la fiesta de Pre me siguen jodiendo. Y los más estúpidos se me acercaban pensando que yo quería chupársela a cualquiera que me lo pidiera. Podría tener tres pingas en mi boca y de las tres sacaría sorpresas. Eso le dije en joda a una amiga que demostró que la amistad vale muy poco. Y se lo contó a todo mundo, entonces me llamaban, me siguen llamando, para salir al cine. ¿Para qué? ¿Qué la película es buena? ¿Que usted sabe de cine? A ver, entonces ¿mejor vamos a Polvos Azules? Yo prefiero que me digas María Vainilla. O llámame como quieras, mejor si no me llamas. Chau.

Nunca le había atracado nada a nadie hasta los dieciséis. Sólo había tenido un  enamorado y tuvimos sexo una sola vez. Quedé dormida y aprovechó el momento. No sentí nada. Sí se la he chupado y corrido varias veces a muchas personas. Pero nada de sexo sexo, salvo esa vez, que no recuerdo lo que pasó. Anduve semanas preocupada por saber si me vendría la regla. Pero la libré, para ese entonces el chico huyó de mí. Se dio cuenta que yo no le iba servir de mucho, que le iba traer problemas. Porque tuvo que traerme a casa cargada. Mi abuelo llamó al tío Bebe, que vive en azotea con sus perros, y casi lo matan a mi enamorado. Nunca más quiso volver a verme. Si nos cruzábamos en la Pre, no me saludaba. Como quería estudiar ingeniería, no me volvió a ver porque yo me fui para comunicaciones.

Yo quería ser una doña nadie pero en mi casa exigieron que estudie. A mitad del primer semestre le dije a mi vieja que no me gustaba la carrera, ella le consultó a mi abuelo y mi abuelo mandó a decir que me vaya a mierda, que si volvía a decir eso me encerraría en mi cuarto y que me metería esos barrotes de cárcel que hay en mi ventana por yo sé dónde. Todo lo que diga mi abuelo me repugna.  

Así me puse a estudiar hasta tercer semestre que mi vieja volvió a salir embarazada. Su novio era un viejo asqueroso que andaba pegado a la coca y trabajaba cerca de la universidad, él me dio la noticia esa vez, habló con el coordinador académico y me mandaron a llamar: ha venido un familiar a hablar contigo, me dijo el profesor.
Cuando llegué y lo vi, le reclamé al profesor:

-¡Esta persona no es mi familia!

Me pidió algo de dinero, no tenía. Me jaló el pelo hasta tenerme en sus brazos y me dijo:

-Yo también seré tu papá y te daré un hermanito.

Me solté con fuerza y le escupí y le volví a mentar la madre. El coordinador llegó a salvarme. Llegaron mis amigas y entre todos lo botamos de la facultad a patadas. Recuerdo que era finales del semestre y la única forma de olvidar ese tipo de molestias era con trago hasta borrar cinta. Nos invitaron a una fiesta en casa de Droguerto. Había ron, cerveza, red bull, güisqui, vino y vodka mezclado en un balde.

Me dieron de tomar mucho, o fui yo quien quiso hacerlo, no me acuerdo. No interesa. Pero sí me acuerdo que me gustaba una chica del salón de clase. Ella también había ido con un chico y nos cruzamos en el baño, entramos juntas. Tú primero, me dijo. Me bajé el jean y ella se me acercó. Nunca me había toqueteado con nadie, solo besos en el colegio. Pero ella se mandó a meterme sus dedos mientras me comía el cuello.

Nos quedamos cuarenta minutos hasta que apagaron el equipo de música para averiguar qué pasaba ahí adentro. Cuando salimos, su novio me quiso sacar la mugre y terminó pegándole a Cielo y dejándola sola. Entonces me quedé a dormir en la casa de Droguerto. Amanecí sin una media y me resfrié.

Ella se emborrachó más y se la terminaron tirando en el parque. Había muchos mal paridos que apuntaban a escritores. Uno de ellos, el más malo quizás, contó todo lo de Cielo en el parque durante la madrugada y lo tituló “La dama de los rosales”, apodo que le marcó la vida a ella, y comenzó a venderlo en la fotocopiadora de la universidad.

Cielo no volvió a clases y al tiempo la atropellaron cerca de la universidad, cuando iba justamente a matricularse, para retomar los cursos, para volver a tener una vida decente, porque la había perdido a punta de vergüenza y literatura morbosa. Varios muchachos se aprovecharon de su cuerpo inerte, borracho. Me dolió tanto a mí como a ella. Le fui llevando las tareas a su casa, se ponía al día y luego nos poníamos al día nosotras. Yo le hice lo que me enseñó mi abuelo y le hice conocer su verdadero yo. Sentimos asco de aquella fiesta y dejamos pasar dos semestres para que la gente vaya desapareciendo. Ella quedó un poco coja de su accidente y un pequeño cierre en el muslo, pero las ganas de vivir le volvieron.  


Cielo me acompañó a que mi mamá abortara en Plaza Italia. El médico era un chino con treinta y siete años de experiencia, ya la conocía a mi vieja, de tiempo.

-Tú naciste antes que Adrián -me dijo-. Si yo casi… bueno, yo a ti te conozco desde chiquita.

Así como tú, vienen por lo menos diez, a diario. Jovencitas, buenamozas, bellas. Se les pasa, pues, es la edad de la calentura. Entonces vienen y yo les ayudo. Si quieren ayuda sicológica, mi esposa está en el otro consultorio, se llama Isidora Kon.

El doctor Kon le dijo a mi vieja que tenía que descansar tres días, así que la dejamos a mi vieja en casa y nos fuimos de juerga al Palacio. Le pusimos agua, algodón, alcohol y una tira de somníferos en la mesa de noche para que duerma junto con Adrián.

Brindamos hasta babear. Nos fuimos a bailar y amanecimos en un hotel barato, entrelazadas como dos hermanitos. Nos declaramos amor y juntamos nuestros cuerpos como siameses.

Una vez pasamos una noche en la habitación de unos gringos que nos invitaron cena, nos manosearon un poco pero los gringos buscaban pirañitas, eran homosexuales drogadictos que poco o nada les interesaba nuestra inocencia. Dormimos bien y Cielo les consiguió merca.

Al siguiente día conocimos unos españoles muy simpáticos. Como eran cuatro tuvimos que llamar refuerzos. Vino Pamela “Chu”. Brindamos diecisiete horas seguidas y amanecimos desnudas y amarradas de manos sobre la alfombra de una habitación del hotel Bolívar. Nos dieron almuerzo y cien dólares a cada una que nos duró para seguir festejando. Nos fuimos a comprar ropa a La Unión. Ella elegía lo mío y yo lo de ella, ambas éramos una sola persona con personalidad. Nos metimos juntas al mismo probador y nos terminaron botando del local cuando nos descubrieron desvestidas a punta de mordiscos.

Fuimos a la tienda del frente y gastamos todo. Salíamos caminando por La Unión con nuestras bolsas cuando vimos pasar una señora embarazada que se nos quedó mirando un poco asustada por la forma tan gritona que teníamos para hablar.

-¿Me estás mirando a mí, muerta de hambre? –Le preguntó Cielo buscándole bronca. La señora era joven y llevaba un overol que le reventaba por la panza-. ¿Te crees superior por lo que llevas encima?

La señora caminó dos pasos pidiendo disculpas y cuando sintió que Cielo había volteado a perseguirla aceleró el paso. Apenas tropezó la señora, antes de caer, recibió de Cielo un lapo en la cabeza y luego un rodillazo en la panza.

-¡Conchetumadre ojalá pierdas esa basura que llevas ahí! –Le grito.

Muchas personas intentaron agarrarnos, ¡abusivas! ¡Ladronas! ¡Perras abusivas!, gritaban e intentaban agredirnos. Tuvimos que salir corriendo antes que nos cuelguen. Paré un taxi y subí. Luego subió Cielo. Las ventanas del carro tamboreaban de palmas de mano. ¡Bajen, cobardes! ¡Perras abusivas!

El carro comenzó a andar y un policía se puso en frente nuestro. Pero vio que una señora pedía auxilio al otro lado de La Unión, sangraba tendida en el piso. Llevaba overol y aparentaba estar en estado, mi comandante. Y nos dejó pasar para atender a la señora. Algunas personas corretearon el taxi pero llegamos a fugar.

-¡Gorda de mierda! –Dijo Cielo mientras prendía un cigarrillo en el taxi-. Se veía tan ridícula con su fracaso en la barriga. Y ese overol… parecía un uniforme de presidiario…
-Y su barriga sería el número de reo –rematé. Entonces nos cagamos de risa.
-Cada embaraza carga una sentencia en el vientre –nos dijo el taxista tirando la reflexión.
-Sí, señor. Y cada una lleva un número de serie. Un código de desdichada.

La muerte siempre fue mi vecina. Mi abuelo le compró la casa a una amante que tenía, antes de morir, se la cedió. Me acostumbré a escuchar sollozos durante la madrugada. Siempre que abría mi ventana, desde siempre, había gente enterrando algún muerto. Los fines de semana, despertaba con las comparsas familiares que tomaban cerveza hasta el atardecer, bailaban huaynos y disparaban al aire.

Cielo conoció mi cuarto y ahí comenzamos a dibujarnos con crayolas y plumones. Comenzamos usando blocks de cartulinas y cuando se nos acabó el papel ocupamos las paredes. Mi cuarto, que hasta ese entonces se decoraba de posters de rock, comenzaron a cambiarse por marcianos multicolores, hadas satánicas, unicornios delirantes. Expresión, arte y amor. Cada semana descubríamos un color nuevo y lo celebrábamos con lengua.

Mi mamá la dejaba quedarse a dormir porque Cielo se había quedado cojita del accidente y aparentaba ser una muchacha buena gente, hasta que nos encontró revolcadas de amor. Cielo me estaba haciendo una “sopa”, entre mis piernas ella movía la cabeza de arriba abajo, con fuerza iba lamiendo y jalando con sus dientes mis pelos.

La botó de la casa y a mi me encerraron en un hospital, no terminé el semestre de universidad. El doctor dijo que era anémica y sufría de depresión. Me tuvieron dos meses a punta de pastillas y una dieta asquerosa. No engordé, tampoco mejoré mi tristeza. Se me comenzó a caer el pelo y las palmas de mis manos se pusieron amarillas.


Ahí conocí a mi primer enamorado, el “firme”. Estaba ya trece meses y la terapia no lo recuperaba. Por las mañanas tomaba litio junto a su té de sábila. Luego le inyectaban un cóctel de sedantes. Aún así seguía despierto.

Conversar con alguien soñoliento era divertido. Te hablaba con la verdad. Me gustaron sus pies, siempre andaba en sandalias y se podían ver los tatuajes del tobillo. Me enseñó sus poemas y yo lo dibujé en carboncillo. Era sambito, con su pelo como si fuera choclo. Le arrancaba sonrisas cada vez que le entregaba una caricatura.

Como vieron que nos conectamos de inmediato, los doctores me cambiaron de pabellón. Aún así nos encontrábamos en la cancha de fútbol pasada la medianoche y nos tirábamos en el gras. Aunque andaba en pijama todo el día, por las noches se ponía su casaca de jean, llena de parches de grupos punks que a mí me gustan. Me la hacía poner y, a pesar que me quedaba grande, era cómoda.

Me habrá contado miles de historias de las cuales ya no sabía qué era verdad y qué mentira. Yo miento poco, lo acepto. Pero Cisne era un remolino de historias increíbles. Había vivido toda su vida con su madre y sus gatos. Ingresó a la Católica y conoció a una chica hermosa que iba para Sociología. Se volvieron novios rápidamente y paraban juntos todo el tiempo, veían películas de Won Kar Wai y Lars Von Trier, tomaban pastillas con vino y luego se tocaban en el cuarto, encerrados, ardiendo en inocencia.

Ambos conocieron el sexo mirándose a los ojos, lamiéndose los pies y juraron vivir al límite de todo. Comenzaron con la cocaína durante meses, luego comenzaron a cocinarla. Se convirtieron en dementes ansiosos, desorbitados, mentalizados en destruirse.

Llegaban a clases muy temprano, sacaban buenas notas y entregaban los trabajos a tiempo. A la salida, se metían a hoteles de Magdalena donde fumaban interminables cigarrillos durante horas de horas. Salían a la medianoche y en casa floreaban que venían de estudiar. Pero sus altas notas en los promedios opacaban la miseria que llevaban a cabo por las tardes.

Una mañana, Cisne y su novia tenían que encontrarse en el paradero para ir a la universidad. Sólo tenían la primera hora, así que entraban, firmaban asistencia y se iban a un hostal. Él había pedido una propina a su abuela porque le faltaba para sacar unas fotocopias. Su madre le dijo que intente no gastar tanto, que el dinero que le mandaba su padre estaba medio ajustado. Él sólo pensaba en su novia y en quedarse ahí tirados medio desnudos y hundidos en el pastel.

Ella salió de casa y caminó fuera de la vereda porque nunca le gustaba caminar del lado de la gente común. Iba a un lado de la pista cuando una combi la empotró contra una pared de la esquina. Nadie la vio aventarse contra el carro, pero así lo consignaron en el parte policial: suicidio.

Murió en plena calle y Cisne la esperó hasta cinco minutos antes de que empiece la clase. Como había faltado ya tantas veces y sólo quedaban dos semanas para los finales, entró a la universidad y firmó por ella. Luego salió, se metió al hostal y le dijo al cuartelero que si llegaba su novia, que pase de frente, que ya la estaba esperando. En el camino compró pasta, dos cajetillas de cigarrillos y desde la habitación comenzó a timbrarle a su novia. Ella nunca contestó.

Cisne pasó todo el día metido en el hostal y volvió de madrugada a su casa. Su madre lo esperaba con un policía. Él pensó que era un asunto de drogas y se puso nervioso, luego se desmayó al enterarse que su novia ya estaba siendo velada.

Anduvo de luto casi ocho meses, metido en el hostal, bebiendo en construcciones abandonadas con gente de mal vivir, extrañando a su novia. Hasta que lo metieron al Hospital. Pasó el verano dormido, pasó el otoño medio tarado. Conoció peores casos que el suyo: asesinos, violadores y violadas. Violentados. Aturdidos por la guerra. Mutilados. Todos fueron sus amigos y todos se apiadaron de él.

-Cisne, tú tienes una bonita familia, no vuelvas al vicio. Por favor -le decían.

Cisne miraba confundido. Nunca había estado tan drogado como cuando estuvo en terapia de sueño, ni en las peores madrugadas de pasta. Volvía a estar con su novia. La primera vez que la vio, esa misma tarde hicieron el amor. Fue el primer día de clases de primer ciclo. Ella quería sociología. Él quería arte o cine o literatura pero en verdad no quería nada. Se dejó crecer la barba apenas salió del colegio católico. Usaba ojotas y lentes gruesos. Ella tenía una hermosa figura y su pelo castaño. Oían música, fumaban marihuana en casa de su abuela y veían películas mientras su mamá se juntaba con unas señoras del barrio para pintar en lienzo. Venía una profesora a enseñarles a pintar y se divertían toda la tarde escuchando radio Infelicidad.

La primera vez que su novia las vio reunidas en el jardín, se quedó pegada a lo que hacía su mamá junto con sus amigas, trazaba un dibujo de mujer, una joven de rizos. Entonces su novia le dijo: Cisne, cuando tenga la edad de tu mamá, yo quiero ser como ella. Cisne se enamoró inmediatamente y le juró amarla con un poco de sangre de su muñeca. Ambos juntaros sus cortes y se prometieron no separarse nunca. Al tiempo se compraron una gata y le pusieron Langostina, se convirtió en una responsabilidad para ambos. Le daban de comer, la bañaban. Pero cuando el vicio los comenzó a consumir, la gata se terminó perdiendo en la construcción a medio terminar adonde llegaba Cisne para comprar pasta.

Langostina también le decía Cisne a su novia cuando andaban metidos en la habitación mirando tv en medio de largas jornadas de sexo. Ambos aprendían a amarse mutuamente, se conocieron hasta lo más hondo. Él se quedó prendido de su pie, redondo, y le puso “tamalito”. Entonces comenzó a escribirle poemas a sus pies y comenzó a devorarlos como su dieta diaria. Los mordía, los chupaba dedo por dedo. Ella descubrió que le gustaba el sexo oral y comenzó a volverlo macho. Lo hacían en todos lados: los parques, la playa, en la arena, en las sombras y paraderos desolados. En todos lados Langostina comenzó a satisfacer sus ganas de tocarlo. Y él agarraba sus senos tan fuerte que salían gotas de leche y comenzaron a ponerse paranoicos por el embarazo. Compraban un test cada semana y descartaban sus angustias. No usaban condón porque no había nada más rico que sentirse mutuamente. Ella siempre buscaba juntarse lo más cerca de él hasta sentir que le penetraban un huequito que le hacía lagrimear.

Así fue como Cisne me fue contando su vida, durante madrugadas que fumábamos infinidad de cigarrillos e iba comprendiendo aquel dolor que le hacía recurrir a las drogas, para intentar aliviar toda esa desgracia en la que había caído luego de la muerte de Langostina. Nos contamos tantas cosas hasta que Cisne comenzó a llamarme Langostina a mí. Y también comencé a chupársela en el Hospital, tal cual me había contado como lo hacía su novia.

A Cisne le conté todo lo que mi abuelo me hizo cuando era niña. Que me tocaba con la bicicleta para excitarme y que lo que más quería en el mundo era tener pene y hacer feliz a Cielo, a quien extrañaba mucho pero ya con Cisne me había vuelto el gusto por los hombres. Me había dado cuenta que no había hecho el amor bien nunca.

La primera vez que lo hice con Cisne, en el canchón, se comenzó a mover de adelante hacia atrás contorsionándose y yo no supe qué hacer. Hasta ese día, como solo había tenido sexo sin darme cuenta, jamás había sabido que había que moverse al ritmo de la respiración. Pensaba aún que el sexo se hacía como los perros que se quedaban prendidos durante unos minutos y luego se soltaban. Pero Cisne me enseñó a moverme y a tocarlo. Le gustaba que lo masturbara con mis “pequeños tamalitos”.

Descubrí también lo excitante que es que te chupen los pies, dedo por dedo, dejarme morder y luego poner mis piernas sobre sus hombros y dejarme penetrar hasta que comenzaba a derramar lágrimas. Entonces Cisne me decía: Langostina, nunca voy a dejarte. Tú eres mi bromazepan.

Ambos fuimos dados de alta al mismo tiempo. Cisne comenzó a bajar a mi casa, pero no le gustaba mucho el cementerio. Lo asaltaron las primeras veces que fue a buscarme. Entonces tuve que acompañarlo hasta el paradero e ir a recogerlo cuando venía. En mi casa, el abuelo ni lo miraba, pero mi mamá sentía que era una buena persona. Yo ya le había contado lo de su novia. No le conté lo de la pasta aunque mi familia se dio cuenta rápidamente que Cisne consumía drogas, su semblante lo delataba. Cara de pastrulo, decía el abuelo: mejor que no venga.

Comencé a ir a su casa y nos internamos en su habitación. Conocí a su madre y le pedí ser incluida en las clases de pintura. Llevé mis lienzos, me puse a dibujar hadas y monstruos. La profesora me alentaba pero había algunas señoras que se incomodaban con mis personajes tanto como a mí me incomodaba escuchar radio Infelicidad. Creo que por esa música era que sacaba lo peor de mí en las clases. Yo quise poner un cd de Joy Division pero se burlaron. Desde ahí, en casa de Cisne me pusieron María Emo.

Una de las señoras era evangelista, era de las más entusiastas del grupo. Pintaba bodegones y algunos cuadros referidos al Señor. Mi señor es lo más bello que existe, decía persignándose. Ella se me acercó y me dijo que según lo que yo pintaba, denotaba fantasmas, miserias que cargaba de muy niña. Entonces me preguntó: Mariíta, bonita niña, ¿tú haz sido violada de niña?

Yo solté mi lienzo y tiré mi paleta al suelo. Renuncié al grupo y dejé de ir a la casa de Cisne cuando había clases de pintura, o iba directo a la habitación de mi chico, donde escuchábamos música y comenzábamos a curar nuestras carencias siquiátricas con mucho amor y deseo. Le gustaba que se la chupe hasta tragarme su semen, me atoraba y tosía por un buen rato hasta que subía su mamá y preguntaba si todo estaba bien, y yo tenía que decir que sí con la boca cerrada.

-Cuando sea mayor, si es que sigo viva, quisiera ser como tu mamá –le dije desnuda en su cama.
-Entonces, a partir de ahora te nombro mi nueva mamá.
-Más que eso, seremos como dos hermanitos.

Cumplimos un año, Cisne me preparó un obsequio: diseñó un cuaderno lleno de poesía, con fotos donde los dos sonreíamos como nunca sonreímos. Cortó pedazos de cuentos y los fue pegando en hojitas que se iban desplegando. Yo le hice una torta de vainilla y le puse en letras de azúcar “Como dos hermanitos”. Y juramos no volver a la locura.