domingo, agosto 18, 2019

CAITRO SOTO DE LA COLINA Y EL RITMO AFROPERUANO


Quizás en el mayor emprendimiento literario de mi vida, preparo un texto histórico que fomentará la cultura afroperuana. Mi pasión por Cañete, por la playa Cerro Azul y mi identidad de barrio de Los Sauces, en Surquillo, me empujan a escribir sobre una de las figuras emblemáticas de la música, la danza, la poesía y el universo afroperuano.
Caitro Soto de la Colina, maestro cajonero, zapateador fundador de Perú Negro. Su vida es la muestra de persistencia y amor, tanto por su familia como por la música y la expresión artística peruana.
Músico carismático, un elegido por Dios para perdurar en el tiempo.
Autor de canciones fundamentales en el cancionero popular de nuestro país, como el Toro Mata, que la inmensa Celia Cruz paseó por el mundo. Canciones como Yo tengo dos papás donde menciona a 'Cara de perro', una chapa que me martilló la adolescencia, ahora es un canto a la alegría. O la canción Curruñau, que hace referencia a los gatos que se cocinan en el sur chico, en Cañete, San Luis, Santa Bárbara, Cerro Azul, Puente Tabla, Casa Blanca, San Vicente, Ihuanco hasta Yauyos.

Caitro fue hijo de Benedicta de la Colina que nació antes del mil novescientos, revolucionaria campesina que logró que se establezcan las ocho horas en Cañete.

Su padre murió cuando Caitro tenía solo siete años, igual número de hermanos. Entonces tuvieron que dejar el colegio y ponerse a trabajar.

Existe una foto donde aparece Caitro Soto junto a Víctor Raúl Haya de la Torre, líder aprista que visitó a su madre en Cañete. Esperemos que se pueda incluir en nuestro proyecto de libro.

A partir, hay historias que vengo recopilando bajo una exhaustiva curaduría literaria, donde vamos descubriendo un personaje tanto fascinante como complejo.

Su vida estuvo cargada de un sin número de trabajos, desde que llegó a Lima, desde muy niño, realizó diversos oficios que sostenía por su buen estado físico. Fue estibador, cargador de sacos en el mercado. Incluso albañil de las primeras grandes construcciones que se realizaban en la capital.

Una de ellas fue el Estadio Nacional, donde Caitro trabajó en su construcción. Un colega de fanea, desde lo alto lo vio al buen Soto trabajando y le lanzó un ladrillo que le cayó en la cabeza.

Dolido, pero más que nada molesto y con sed de venganza, Caitro Soto se metió a boxear y lo hacía tan bien que llegó a ser rápidamente sparring de Mauro Mina, que en ese entonces estaba en alta competencia.

Habiendo tomado confianza, se vengó de su colega de trabajo con sus propios puños.

También destacó en atletismo, llegando a ser campeón nacional cien metros planos.

Y así, Caitro hizo de todo, aunque la gran parte de su adultez, combinó su labor artística con su oficio de taxista. Tuvo más de treinta carros, le gustaba manejar, pero también tocar el cajón, zapatear y cantar.

Músico extraordinario que durante más de treinta años trabajo con Chabuca Granda, a quien llamaba cariñosamente mamá, y ella 'mi hijo'.

Conocidos son sus gritos a lo largo de las canciones que interpretaba la diva peruana, Aja, Waja, Eso, Así, Eso es, Juega, Dale... Unos gritos que Caitro siempre lanzó como parte de los arreglos musicales que prevalecían en los landós, marineras, valses, festejos, panalivios y demás estilos que preservaron de manera magistral.

Chabuca Grande solía decir que mientras ella pisara un escenario Caitro Soto sería siempre su músico fijo. Ya para el ocaso de su vida, la cantante habría comenzado a perder la audición, entonces los gritos de Caitro se volvieron en su cómplice marcador de ritmo.

Bastaba escuchar su ¡Waja! para que Chabuca entrara en el conteo del ritmo de la canción que debía cantar.

También es sabido que fue Caitro Soto el que le vendió su primer cajón al maestro Paco de Lucía, mundialmente famoso guitarrista de flamenco, cuyo cajón generó todo un rediseño de la forma de tocar la música flamenca.

Caitro interactuó con grandes músicos, con poetas de la talla de César Calvo, de quien interpretó en clave de bolero su poema 'Charango'.

Y sobre todo, demostró una fervorosa religiosidad, siendo cargador de la cuadrilla de una imagen del señor de los milagros, que él donó, en su barrio de Los Sauces, en Surquillo donde yo crecí y lo vi tocar el cajón en la misa.