sábado, abril 22, 2023

MIENTRAS MIRO LAS NUEVAS OLAS YO YA SOY PARTE DEL MAR


 Me fui a la mierda. No se lo quise decir a nadie. Lo guardé para escribirlo. Si sobrevivo, lo escribiré así me salga espuma de mi boca. Me quedé sin trabajo, si es que alguna vez he tenido alguno. Se me pasó el tren de la vida, del amor y ahora solo espero en el paradero que me vengan a recoger. Antes que llegue a tocarme para cobrar la renta me fui a la playa con mi mamá y la gringa. 

Allá, el mar suena como si fuera un volcán en erupción. Yo tengo mis zapatillas viejas. Más viejas que las que uso ahora y están vigentes. Las zapatillas que uso para bajar las piedras y meterme unos pechitos en mi playa son las que llevé a las protestas de Santiago.

Ahora tienen huecos pero me ayudaron a caminar por Chile, a trotar cuando tenía que trotar y correr cuando tenía que correr. Me ayudaron esos días que proyectaba llegar a la luna. Pero volviendo de Chile vino la pandemia y se apagaron las ilusiones. 

Ahora que la playa se está arenando se convierte en un lugar solitario. A veces que me meto al mar temo que si me jala nadie me recogría. Nadie se mete porque todos saben que es peligrosa y traicionera. De vez en cuando aparece un lobo muerto, otras veces perros. Pero una vez apareció un primero de enero un hombre con un hueco en la frente. Demoraron en venir los fiscales porque los primero de enero siempre son lentos. Cuando llegó el fiscal con la policía se llevaron el cuerpo y pusieron en el parte muerte natural. Cómo? Claro que sí, al recibir el disparo naturalmente murió, ni que fuera terminator. 

Después del rugido del mar, están los ruidos que hacen los pericotes. O los chanchitos que chocan contra la pared y de pronto se meten en el pelo. O dentro de la oreja. Y los zancudos que son los únicos que se alejan por el incienso. 

Estamos a un kilómetro del pueblo, la mototaxi cuesta seis soles. Seis de ida y seis de vuelta. No corre. Mi mamá camina, entre que llegamos al pueblo y pasamos por la playa, saludamos al hippie que nadie le compra, pero regala sus aretes y le dio a mi mamá unos aretitos que no se los volvió a sacar. Yo le dejé un libro a Lennon, lee bastante, toma bastante también. Yo le digo que deberíamos hacer un libro, que titularía 'El último brichero vivo del Perú'. Lennon se caga de risa con toda la gente, no le pagan pero le dejan cervecita helada y así se pasa los días, entre chupando y conversando. Yo también he pasado temporadas ahí chupando y conversando con la gente, black power que en ese entonces no se llamaba black power sino Pedrito, y no tenía dreats, sino un zambo cualquiera, buena gente. Luego entró a la televisión y se volvió tan famoso que olvidó a los amigos. Igual saluda, pero ya no se queda chupando con la gente, con Cacique, con el poeta que está corrido. Con Pepe que ya no baja porque ya es alcalde y no puede acercarse con la gente de la caleta de Cerro Azul.

A la gringa la mata la arena caliente de la playa, y las sombras son contadas. Las sombrillas cuestan quince soles y si vienes con tu sombrilla te la quitan a la mala. Te obligan a usar las de allá, así que seguimos caminando por el malecón. A veces el olor a aceite con el que frien da náuseas combinado con el olor a mar. Pero todo pasa con el viento. Pasamos una cebichería que está dentro de una barca de madera, donde venden anchoveta que nadie le compra. Pero cuando llega Gastón Acurio es el único lugar al que va, adonde Efraín y su Anchoveta Azul. A mi mamá no le gusta la anchoveta, y tampoco le gusta que tenga esas juntas, porque entrar a saludar a Efraín es tomar el mejor pisco de chacra de la zona, y mientras uno ve el atardecer le entra la bohemia y no regreso más a la casa. En Cerro Azul todos los días son sábado. Los lunes están sentados sobre sus cajas de cerveza tomando. No hay autos sino hasta las fechas de feriado que el pueblo se llena. Y después, queda un lugar casi fantasmal. Los perros ladran desde su sitio porque el sol los tiene sometido. Conseguimos una docena de pejerrey y paltas. Entonces volvimos a la casa a cocinar, mientras mi mamá fríe los pejerreycitos yo me voy a la playa y me meto al mar movido. Al rato vuelvo lleno de arena, sudando y con ganas de comer harto arroz con pejerrey.

Por la tarde, en el pueblo hay picarones y anticuchos. Además, es tienen la única iglesia en el mundo que al costado hay un bar. El bar de los Huapaya hace algarrobina y chilcanos. Mientras toca una banda de música con bombo y trompetas. Tocan cumbias. La gente baila en la plaza, las señoras. Una familia de gorditas, desde la abuela, la mamá y las hijas, salen del mar y llenas de arena entran a la panadería a recoger su pan para el lonche. Se van secando con el viento. Los más chicos estornudan. Entre la gente veo a mi niña que ya ha crecido. Ahora trabaja, vende dulces, y su enamorado anticuchos. Cuando me ve huye, aunque ya no huye como antes cuando la conocí y recién había terminado el colegio. Igual se incomoda verme. A su tía también, y a su mamá peor. Igual me saludan. La niña se cruzó una noche que era aniversario del pueblo en la pizzería de su tía. Ella trajo la pizza y me la presentó su tía. Ella es Dany, mi sobrina. Le di la mano y su tía dijo: A Dany le gusta el arte, tú eres escritor. 

Esa noche, del aniversario de Cerro Azul, tocaba en la playa Jossimar y su bambú. Estaba repleto de gente. Yo estaba con una mancha mayor, tomando guisqui. O acompañando porque a mí no me gusta el guisqui. Pero a lo lejos veía a la niña. Y ella me miraba a lo lejos y me sonreía. Tenía la cabeza cubierta por rulos negros con partes decoloradas por el sol. En algún momento pasé por su lado y le pregunté cómo se llamaba completo para buscarla en Facebook. Y en minutos me aceptó como amistad.

Yo volví a Lima pero a los días estaba en una reunión donde un amigo que vivía entre España y Panamá me mostraba en su celular una foto de una flaca que se estaba levantando por Tinder. Así? Le dije, mira te muestro a mi niña. Y le mostré la foto desde mi celular. Mi pata se sorprendió porque tengo parejas o manifiesto afecto hacia otra persona en tiempos muy contados de mi vida. Cuántos años tiene? En tres meses saca su DNI. En esa reunión estaban sus hermanos y primos, bebimos vino toda la tarde y en la noche me fui sin vomitar. Pero olvidando cómo llegué a mi casa. Me había quedado pensando en la niña. Entonces le escribí esa misma noche y le dije que quería verla. Ella me dijo que también quería verme. Apenas amaneció me fui a la carretera y tomé un bus a Cerro Azul.
La niña acababa de ingresar a la universidad y estaba en San Vicente. La fui a buscar y me esperó en la plaza. Apenas llegué le agarré el rostro y la besé pero ella se asustó, y me jaló de la mano hacia la otra cuadra. Nos fuimos casi corriendo hasta que la detuve para besarla. Fueron unos segundos eternos hasta que una voz gruesa advirtió que había problemas. Era su padre.

Desde ese día tuve que andar con cuidado porque el papá me quería encontrar a solas, pero me comencé a excurrir. Además, el que no la debe no la teme. Pero al suegro había que temerle porque además de pescador, hacía box y criaba pitbuls. La niña se fue desencantando de mí cuando se dio cuenta que mi casa de playa en realidad es de mi hermano, y mi condición de poeta no alcanza para sus aspiraciones de crecer. 
Por eso se fue con el sobrino del dueño de un hotel, que la impresionó con un arroz chaufa en San Vicente. Pero al tiempo se fue pareciendo más al Pancho de Quinceañera, osea un chibolo más. Como tantos que hay en Cerro Azul que no aspiran a más que tener una mototaxi y cuatro hijos. Vivir de los pescados que da el mar y sembrar camote. Las chicas aspiran a tener un puestito de picarones y criar a sus hijos y mascotas en las mismas condiciones. Igual me gusta, ya está creciendo, y ha cambiado de enamorados. 
Una vez, cuando yo estaba trabajando en el ministerio, me dijo que había venido a Lima a vivir y trabajar con una tía. Antes ya había trabajado con una tía en su menú en San Vicente, lugar adonde iba yo cada vez que podía y consumía mañana, tarde y noche. Todo por verla a la niña y entre los pedidos de comida le acercaba mis labios. Entonces se convertía en un juego de seducción.
Pero la otra tía, la de Lima, tenía una fonda en Breña que de noche se convertía en restobar con venecas que ofrecían algo más que la carta.
A la niña le pareció una aventura divertida, tenía la edad para emprender una locura. Yo no, más bien le recomendé que vuelva a Cerro Azul. En otra circunstancia le hubiese propuesto convivir en una habitación alquilada Pero la juventud es voluble y así como me hacía tan feliz me hacía renegar. Entre un escritor de casi cincuenta años y una niña recién mayor de edad no hay temas ni puntos en común. Un día me dijo que vaya a la plaza, y me presentó a su mamá. Le quise decir mis intenciones pero temí ser tomado por un pervertido. Igual no sería la primera vez, ni la última. Pero me contuve y a partir de ahí me comencé a alejar de la niña. Mi niña de Cerro Azul.

Mi mamá me dice que los postres que hace la niña no son tan ricos. Prefiere los picarones, y yo prefiero no pasar mucho por la pizzería de su tía. Tampoco quiero quedarme a misa de ocho de la noche, mientras que el bar del costado ponen música criolla. Y al otro lado de la iglesia los policías estacionan autos siniestrados hechos un acordión. 

Antes de volver a la casa se tiene que comprar pan, porque ya en la casa las pocas tiendas que hay no venden más que cerveza y uno que otro tubérculo. Cuando mi mamá quiere gaseosa zero le dicen: váyase a Asia, señora. Este es un pueblo joven. Estamos en Cerro Azul señora. Mi mamá está acostumbrada a vivir así, le hace recordar a Chulucanas.