martes, enero 20, 2026

EVANGELISTA DE MÍ

Foto: Alberto "Chino" Valderrama


Cumplo 50 años. La mitad de mi vida me la he pasado escribiendo. La otra mitad fue lo que me costó descubrir a la palabra como un arma de defensa, desde entonces le quiebro el sentido. Llevo 25 años tomando ansiolíticos. Mi nacimiento como escritor tiene fecha, hace 25 años, cuando escribí Barrunto. 
Con esos cuentos me inicié como escritor y no he parado de escribir furiosamente. Tecleo tan fuerte que mis teclados conviven conmigo chimuelos, sin dientes. 
Hasta los 33 viví acomplejado, queriendo ser reconocido, con profundo odio maldecía a los escritores exitosos. Cuando me invitaban a con conversatorios, llevaba un trago de la selva de nombre "rompe calzón", y les daba de beber durante la conferencia. Se emborrachaban de inmediato y hablaban huevadas. Fueron mis pequeñas venganzas. 
Un día me mandaron mail qué decia: "tú no me conoces a mí, pero yo sí a ti por tus libros". Era una invitación a un evento literario en Europa. No tenía plata para viajar porque sumando mi oficio literario con mis trabajos como periodista no llego nunca a fin de mes. La historia de mi obra también es el reflejo del fracaso. Fuera de mis páginas me convierto en un don nadie. 
Busqué apoyo a quien siempre me lo brindó después de mi papá: el padre Juan. El cura apoyó no solo mi oficio de escritor, porque siempre que me mencionaba y hablaba de mí como escritor. Yo creo que nunca leyó Barrunto, el padre Juan es belga, aún vive aunque está viejito, sigue lúcido. Sobrevivió a la guerra mundial y vino al Perú. Como jefe de la facultad donde yo estudiaba, hizo cosas importantes, a mí me apoyó como dirigiente estudiantil y me mandó a diversos eventos por todo el continente en representación de la universidad. Mi papá me financió el primer viaje, pero luego se enteró que también me estaba auspiciando el padre Juan. Años después, cuando me mandaron a Cuba, ya no le gustó la idea a mi papá, y me cerró el caño. Igual fui porque para ese entonces me había vuelto una suerte de "Manuel Burga", el ex presidente de la FPF, el que vivía viajando mientras la selección daba pena. Yo también vivía ensimismado en mis viajes. 
Esto acabó cuando me gradué y salí a la calle. En los viajes conocí gente que hoy son políticos en sus países, asesoran presidentes y son reconocidos como comunicadores. Yo esperaba llegar a esas instancias en mi país, pero apenas salí de la universidad me di cuenta que ya no tenía mis poderes, fui uno más buscando chamba. 
Por eso, cuando me llegó la invitación desde Europa, estaba resentido con la vida y con mis colegas escritores, odiaba a los periodistas que no me mencionaban en sus medios. Exigía ser reconocido, pero nadie lo hacía, hasta que llegó ese mail. Lo primero que hice fue tocarle la puerta al padre Juan, hacía diez años que no lo veía pero se acordó de mí. Más que un pedido fue una exigencia de mi parte, le dije que necesitaba llegar a Luxemburgo a un festival mundial de literatura y lo convencí. Me fui al país más caro del mundo con unas pocas monedas y una maleta llena de experiencias para compartir.
Al volver dejé el resentimiento. Me dediqué a ser orfebre de mis palabras. Mi libro Barrunto se ha llevado al cine, al teatro y al cómic. Vivo agradecido por lo que me ha dado el supremo. No cuento con ahorros ni propiedades. No tengo hijos ni pareja. Nada me ata ni nadie me domina. Vivo de y para mi obra literaria, la resguardo.
Hace 10 años fui a grabar una entrevista a un prestigioso antropologo de la Católica, para un documental sobre el rock. Antes, le hable de mi libro Barrunto, que acababa de salir en versión cómic, entonces me dijo conocerlo y que sus alumnos le habían hablado del libro. "Estoy hablando con una leyenda", aclaró el doctor y me cagó el autoestima. Desde esa vez siento que ya no existo como persona, que hay una imagen que se ha posicionado sola, que tiene vida propia y que cada vez más dista de mí, de lo que soy o lo que se va extinguiendo con el tiempo. Yo estoy de paso pero queda la obra hecha, soy un predicador de mi mismo. Un evangelista de mi propio personaje.