Sapito Hinchado se puso a llorar el primer día de clases. Era la primera vez que iba al colegio, y era la primera vez que se alejaba de su mamá. Él solía dormir hasta tarde, soñando las historias más extraordinarias que nadie ha imaginado, y despertaba cargado de ilusiones y mil personajes que sólo vivían en su cabeza durante las noches.
Ella lo fue a dejar hasta la puerta, lo vistió con uniforme nuevo y le puso zapatos de tacón, "para que guardes la postura", le dijo su mamá entusiasta. "En el colegio aprenderás a ser un buen chico. Además, cuando veas todos los amigos que tendrás, serás más feliz aún".
Sapito Hinchado aún no abría bien los ojos cuando su mamá lo metió a empujones al salón de clases, entonces, se vio rodeado de muchos niños y niñas que no hacían más que gritar. Todos lo observaban raramente, sonreían sonrojados, vacilaban entre ellos hasta que la maestra llegó y lo puso al frente.
- Niños, éste es Sapito Hinchado -y lo tomó del hombro-. Será nuestro compañero.
- ¡Hola Sapito Hinchado! -gritaron todos con mucha fuerza.
Pero Sapito no pudo decir ni "pío". Se asustó, y comenzó a temblar de miedo. La maestra se dio cuenta y lo sentó en su pupitre. Le dio agua y esperó a que se calmara, pero Sapito Hinchado se puso peor, y se puso a llorar. "Quiero estar con mi mamá", suplicó entre lágrimas. "Quiero volver a mi casa, con mi mamá".
Así anduvo triste Sapito Hinchado los primeros días del colegio. Durante los recreos, mientras los otros niños salían a jugar pelota, chapita, pita con nudo y otras locuras, Sapito se quedaba sentado en su pupitre llorando, pidiendo a su mamá.
Chillaba y chillaba por horas hasta la salida, donde su mamá lo iba a recoger, y sólo ahí era que a Sapito le volvía la vida. Se le secaban los mocos y regresaba saltando a casa. Hasta el día siguiente que iba al colegio comenzaba a llorar.
La maestra le había dicho a su mamá que lo que tenía su hijo era mamitis, "un mal muy común entre los niños que quieren demasiado a su mamá. Pero se le pasará", dijo con esperanzas. Y dejaron que pasen los días a ver si mejoraba la cosa.
Un día, en el recreo, mientras los niños y las niñas salían disparados a jugar bajo la luz del sol, Sapito se acurrucó en su pupitre y comenzó a dibujar en su cuaderno, mientras iba diciéndose en voz bajita "mi mamá, yo quiero a mi mamá". Entonces oyó que alguien más decía "mamá" muy cerquita, y vio que en el salón también había una niña bajita de ojos redondos y las orejas grandes, tan grandes que flameaban lentamente como queriendo volar. "Yo también quiero estar con mi mamá", dijo la niña. Se llamaba Orejitas Tristes y también tenía mamitis. Ambos se miraron y se dieron cuenta que eran raros, que los niños que jugaban fuera en el recreo eran atléticos y fuertes, pero ellos eran diferentes y sabían dibujar mágicas figuras, porque Orejitas Tristes, al igual que Sapito Hinchado, también solía soñar historias fantásticas que luego, ya al despertar, pintaba en su cuaderno. Entonces, Sapito también le enseñó sus dibujos y animalitos que había inventado entre sueños.
Ambos sonrieron y vieron que no estaban solos, y comenzaron a salir del salón durante el recreo, y luego fueron mostrándoles sus dibujos a los demás niños, quienes también insistieron en jugar lingo, chinela, salto pirata y chapita, ahora con Sapito en el equipo. Y las niñas invitaron a Orejitas Tristes a jugar siete culebras con las demás.
A partir de entonces, durante los recreos en el colegio nadie se quedó en el salón de clases. Y los niños y las niñas jugaron al máximo, cada uno por su lado. Pero Sapito Hinchado y Orejitas Tristes se hicieron amigos de dibujo, para siempre.
domingo, marzo 26, 2006
miércoles, marzo 15, 2006
De cuando Sapito Hinchado no se quería bañar

A Sapito Hinchado no le gustaba bañarse porque decía que el jabón le daba
picazón y no soportaba rascarse todo el cuerpo. Cuando su mamá Sapito le
preguntaba en las mañanas si se había bañado, éste le respondía:
- Sí, mamá. Como todos los días.
Al tiempo, su mamá se dio cuenta que Sapito Hinchado llevaba grandes manchas en
la cara.
- Sapito, ¿te bañaste hoy? -le preguntó su mamá Sapito, muy preocupada.
- Sí, mamá. Como todos los días -mintió el Sapito.
Pasaron los días y su mamá vio que Sapito Hinchado llevaba grandes costras de
colores en el cuerpo. Algunas tenían pelos y se movían como medusas.
- Sapito, ¿te bañaste hoy? -le preguntó su mamá Sapito, más preocupada
aún.
- Sí, mamá. Como todos los días - volvió a mentir el Sapito.
Las manchas y costras de suciedad de Sapito Hinchado fueron creciendo tanto que
les comenzaron a crecerles bocas hambrientas. Entonces, algunas se movían como
medusas, y otras no paraban de hablar.
- ¡Somos los cochinos y venimos a comer! - Gritó una boca.
- Sí, ¡te vamos a comer! - Gritó otra medusa.
A Sapito Hinchado se lo iban a comer: primero, le echaron limón en el cuerpo.
Luego, un poco de sal.
En eso fue que la mamá Sapito escuchó un ruido y fue en busca de su hijo.
Sapito Hinchado estaba a punto de ser almorzado por sus costras y manchas cuando
su mamá le volvió a preguntar:
- Sapito, ¿estás seguro que te bañaste hoy? - Le preguntó angustiada.
Sapito Hinchado quiso decir que sí, como todos los días. Pero una boca de su
cuerpo le amenazó:
- Sapito, si no te bañas, te comeremos.
Entonces, Sapito Hinchado no tuvo otra que confesarle a su mamá que hacía un
año que no se bañaba porque decía que el jabón le daba picazón y no
soportaba rascarse todo el cuerpo. su mamá Sapito entendió, y lo bañó con
una escobilla de ropa que fue sacando las manchas y las costras de su cuerpo.
La última boca que salió del cuerpo de Sapito Hinchado, le dijo:
- Sapito, si no era por tu mamá, te comíamos con limón y sal.
martes, febrero 28, 2006
UN DÍA DE COMBI
Yo viajo en micro porque me da la gana. No importa que me tomen por imbecil, pero jamás he gozado estar en el volante. Menos, aguantar el tráfico, y peor aún, los accidentes de tránsito. Por eso, hace ya varios años que vendí mi auto y decidí estar más cerca de mi realidad.
Iba por la Javier Prado, sentado con el culo sudando cuando la combi impactó con el auto de adelante. El chofer, que tenía el volumen de su radio a full escuchando reggaeton, increpó a su cobrador de no avisarle que había que parar. El cobrador le respondió en tono desafiante que su misión es cobrar. Y en medio de su crisis apareció el dueño del carro chocado. Era un pituquito flaco con la nariz respingada y hacía cara de asco por cualquier cosa a su alrededor. Se acercó a la ventana del piloto y comenzó con el rosario de insultos: que si uno está ciego, que si uno no sabe ver la luz roja, que si uno no sabe manejar para qué se mete, que la suciedad en las calles, que los cholos de mierda. Que la policía. Y la policía ni estaba cerca, así que el conductor de la combi, entre los insultos y el desprecio de ser un serrano ignorante que le fallan los reflejos, se comenzó a dar cuenta que bien podría poner primera y escapar del lugar de los hechos. Entonces, mientras el agraviado seguía reclamándole que sus uñas se habían ensuciado por culpa de los cholos, y el cobrador de la combi le ofrecía por lo bajo diez soles de indenmización, el chofer volteó hacia el público que lo acompañaba y gritó: ¡Llevan! Y arrancó. Y como el agraviado pituquito seguía llorando por su uña rota, entre su impotencia, se lanzó dentro del auto por la ventana del conductor. Mientras que la combi avanzaba y tomaba vuelo, el pituquito agraviado quedó con las piernas colgando, flameándose como tomando forma de superman en pleno vuelo. A media cuadra cayó seco y siguió gritando por su uña rota.
La combi se fue alejando por la Javier Prado y la figura del pituco caído en el asfalto se fue achicando, como el cierre de un telón, y la combi siguió su ruta sin problema alguno. El cobrador le reclamó a su conductor la falta de responsabilidad que lo albergaba pero el público pasajero lo terminó callando con chiflidos y señales de cansancio y exasperación. Entonces no hubo otra que seguir cobrando el pasaje.
Antes de llegar a una luz roja, las señoras más adultas que viajaban en la combi avisaron con susto: ¡Ahí viene el loco! ¡Ahí viene el loco!
El auto agraviado venía detrás a toda velocidad, zigzageando atolondrado y hábido de justicia. Al llegar donde la combi, salió raudo de su vehículo, su polo lucía ensangrentado y el brazo izquierdo le colgaba en tres pedazos. Sus lentes oscuros se habían rajado y su pelo engominado era -ahora- una mata de cabello sucio y grasoso que dejaba especular en una severa calvicie.
El conductor, ni cojudo que fuera, cerró su ventana y espero sentado su sentencia. Pero cuando el pituquito quiso lanzar un puñete, el brazo no le respondió y el golpe solo manchó un poco la ventana con sangre.
En medio del tráfico vehicular, una tomba estaba dirigiendo el tránsito hasta que se dio cuenta que había un tumulto a medio metro de la avenida que ella ordenadamente mantenía caótica. Se acercó, vio al pituquito con su pelo sucio, el brazo roto, las uñas descuidadas y el auto chocado por detrás, y le pidió a la combi que se estacionara a un lado. La gente comenzó a abuchear la medida disciplinaria.
Mientras llegaban más efectivos policiales, el chofer y su cobrador insistieron que fue el pituquito quien metió el vehículo por su camino, que eran inocentes de todo y que tenían que seguir la ruta porque había público que tenía que volver a su casa. La gente apoyó este argumento con palmas solidarias, pero la tomba seguía llenando las papeletas de rigor: Choque, fuga, agresión, falta de respeto e imprudencia cívica. Antes de firmar el acta, la tomba se dio cuenta también que la combi no tenía permiso para circular, que el conductor tenía un brevete caduco y que el cobrador no había repartido boleto.
La tomba sacó la cuenta total de los daños y le ofreció al conductor un precio de ocasión para poder seguir cumpliendo con los pasajeros. El boletero, en su desesperación por solucionar el percance, juntó parte del dinero. Y como faltaba algunos soles para completar la oferta, volvió al pasillo pidiendo ayuda a los viajeros. Cuando completó el monto, la tomba esperó a que llegue la ambulancia para el pituquito y se lo lleven a emergencia. Entonces, apenas pusieron al agredido en la camilla, la tomba abrió su bolsillo y pidió que le chorreen el dinero. Volvió a su puesto de semáforo humano y la combi siguió su ruta entre aplausos de la gente que por unos cuantos minutos se sintieron satisfechos por la democracia que lograron.
Cuando cambiaron de turno en el cruce, la nueva tomba se percató que había un vehículo estacionado en medio de la pista, en la puerta había unas cuantas gotas de sangre y en el parachoques un ligero rasguño. Apenas hizo la inspección oficial, tomó su libreta de papeletas y le dejó entre las plumillas una infracción por negligencia vial, y siguió dirigiendo el tránsito caóticamente.
Iba por la Javier Prado, sentado con el culo sudando cuando la combi impactó con el auto de adelante. El chofer, que tenía el volumen de su radio a full escuchando reggaeton, increpó a su cobrador de no avisarle que había que parar. El cobrador le respondió en tono desafiante que su misión es cobrar. Y en medio de su crisis apareció el dueño del carro chocado. Era un pituquito flaco con la nariz respingada y hacía cara de asco por cualquier cosa a su alrededor. Se acercó a la ventana del piloto y comenzó con el rosario de insultos: que si uno está ciego, que si uno no sabe ver la luz roja, que si uno no sabe manejar para qué se mete, que la suciedad en las calles, que los cholos de mierda. Que la policía. Y la policía ni estaba cerca, así que el conductor de la combi, entre los insultos y el desprecio de ser un serrano ignorante que le fallan los reflejos, se comenzó a dar cuenta que bien podría poner primera y escapar del lugar de los hechos. Entonces, mientras el agraviado seguía reclamándole que sus uñas se habían ensuciado por culpa de los cholos, y el cobrador de la combi le ofrecía por lo bajo diez soles de indenmización, el chofer volteó hacia el público que lo acompañaba y gritó: ¡Llevan! Y arrancó. Y como el agraviado pituquito seguía llorando por su uña rota, entre su impotencia, se lanzó dentro del auto por la ventana del conductor. Mientras que la combi avanzaba y tomaba vuelo, el pituquito agraviado quedó con las piernas colgando, flameándose como tomando forma de superman en pleno vuelo. A media cuadra cayó seco y siguió gritando por su uña rota.
La combi se fue alejando por la Javier Prado y la figura del pituco caído en el asfalto se fue achicando, como el cierre de un telón, y la combi siguió su ruta sin problema alguno. El cobrador le reclamó a su conductor la falta de responsabilidad que lo albergaba pero el público pasajero lo terminó callando con chiflidos y señales de cansancio y exasperación. Entonces no hubo otra que seguir cobrando el pasaje.
Antes de llegar a una luz roja, las señoras más adultas que viajaban en la combi avisaron con susto: ¡Ahí viene el loco! ¡Ahí viene el loco!
El auto agraviado venía detrás a toda velocidad, zigzageando atolondrado y hábido de justicia. Al llegar donde la combi, salió raudo de su vehículo, su polo lucía ensangrentado y el brazo izquierdo le colgaba en tres pedazos. Sus lentes oscuros se habían rajado y su pelo engominado era -ahora- una mata de cabello sucio y grasoso que dejaba especular en una severa calvicie.
El conductor, ni cojudo que fuera, cerró su ventana y espero sentado su sentencia. Pero cuando el pituquito quiso lanzar un puñete, el brazo no le respondió y el golpe solo manchó un poco la ventana con sangre.
En medio del tráfico vehicular, una tomba estaba dirigiendo el tránsito hasta que se dio cuenta que había un tumulto a medio metro de la avenida que ella ordenadamente mantenía caótica. Se acercó, vio al pituquito con su pelo sucio, el brazo roto, las uñas descuidadas y el auto chocado por detrás, y le pidió a la combi que se estacionara a un lado. La gente comenzó a abuchear la medida disciplinaria.
Mientras llegaban más efectivos policiales, el chofer y su cobrador insistieron que fue el pituquito quien metió el vehículo por su camino, que eran inocentes de todo y que tenían que seguir la ruta porque había público que tenía que volver a su casa. La gente apoyó este argumento con palmas solidarias, pero la tomba seguía llenando las papeletas de rigor: Choque, fuga, agresión, falta de respeto e imprudencia cívica. Antes de firmar el acta, la tomba se dio cuenta también que la combi no tenía permiso para circular, que el conductor tenía un brevete caduco y que el cobrador no había repartido boleto.
La tomba sacó la cuenta total de los daños y le ofreció al conductor un precio de ocasión para poder seguir cumpliendo con los pasajeros. El boletero, en su desesperación por solucionar el percance, juntó parte del dinero. Y como faltaba algunos soles para completar la oferta, volvió al pasillo pidiendo ayuda a los viajeros. Cuando completó el monto, la tomba esperó a que llegue la ambulancia para el pituquito y se lo lleven a emergencia. Entonces, apenas pusieron al agredido en la camilla, la tomba abrió su bolsillo y pidió que le chorreen el dinero. Volvió a su puesto de semáforo humano y la combi siguió su ruta entre aplausos de la gente que por unos cuantos minutos se sintieron satisfechos por la democracia que lograron.
Cuando cambiaron de turno en el cruce, la nueva tomba se percató que había un vehículo estacionado en medio de la pista, en la puerta había unas cuantas gotas de sangre y en el parachoques un ligero rasguño. Apenas hizo la inspección oficial, tomó su libreta de papeletas y le dejó entre las plumillas una infracción por negligencia vial, y siguió dirigiendo el tránsito caóticamente.
viernes, febrero 17, 2006
TANTAS VECES LLOSA
Pedro Llosa Vélez tiene una docena de premios como escritor. Su más reciente libro "Protocolo Rorschach" ha recibido la venia de los peruanos más prestigiosos.
Economista egresado de la U. del Pacífico, luego estudió una Maestría en Literatura Latinoamericana en San Marcos. Este escritor limeño nacido en 1975, desde hace varios años tiene presencia constante en todos los concursos literarios locales. Entre los más importantes destacan una mención en el Concurso de Dramaturgia del Teatro Nacional 2001, el premio Dedo Crítico por su libro “Viento en Proa” (en 2002 fue publicado), finalista en el Premio Nacional PUCP y tres destacadas presencias en el prestigioso Copé de Cuento.
La vida de Pedro Llosa transcurre entre los salones de un colegio y su estudio privado, donde trabaja su escritura con vocación de artesano. Ha publicado artículos en varios medios de prensa y ha participado en antologías publicadas en el extranjero. Para la presentación de su último libro “Protocolo Rorschach” (PUCP, 2005), además de la singular presencia de inquietas jovencitas, Pedro tuvo entre sus invitados a gente de primer nivel como Mario Vargas Llosa, Oswaldo Reynoso y Yolanda Westphalen.

Percy Encinas, Oswaldo, Yolanda, Pedro y Mario
¿Qué sensación te deja la presencia de los pilares de la literatura contemporánea peruana en la presentación de tu libro?
Satisfacción, sin duda. Sin embargo, al igual que las palabras de Luis Jaime en el libro, lo tomo como una simple voz de aliento para hacer lo que todavía no he hecho. Creo que la presencia de ambos es, antes que cualquier celebración por mis libros, un valioso gesto de solidaridad por haber priorizado la literatura en mi vida.
¿Cuál es el motor de tu creación literaria?
Son muchos, algunos más fuertes que otros. El primero es el placer del ejercicio mismo de la escritura. Y ahí hay muchas cosas en juego. Cuando todo lo que no es leer o escribir te pone de mal humor, es porque esa actividad concentra demasiado. Está el vicio del lenguaje, en donde disfrutas de una buena frase como el mejor manjar, está la hipnosis por la historia que quieres contar.

Finalmente, ¿qué opinas de la escena actual en lima? ¿Tienes alguna opinión respecto del debate literario entre “criollos” y “andinos”?
Creo que ha sido un año positivo para la literatura peruana. Hay un gran flujo editorial. Respecto al debate que inició Miguel Gutiérrez, me quedó una gran conclusión: el reclamo inicial es legítimo y real, aunque la discusión se llevó para otro lado. El tema no es quien escribe mal o bien; sino que hay medios de prensa excluyentes y panacales. Lo que ha faltado en el debate es un mea culpa de este lado y no una defensa basada en llamar envidiosos al resto. Incluso, dentro de este grupo, que supuestamente maneja los medios, hay quienes sí son democráticos y tratan de leerlo y comentarlo todo, y otros quienes creen que el mundo es un ayllu, en donde cualquier ajeno va a venir a achicarles la torta.
PUBLICADO EN LA REVISTA URBNAIA 21, febrero 2006. Perú.
Economista egresado de la U. del Pacífico, luego estudió una Maestría en Literatura Latinoamericana en San Marcos. Este escritor limeño nacido en 1975, desde hace varios años tiene presencia constante en todos los concursos literarios locales. Entre los más importantes destacan una mención en el Concurso de Dramaturgia del Teatro Nacional 2001, el premio Dedo Crítico por su libro “Viento en Proa” (en 2002 fue publicado), finalista en el Premio Nacional PUCP y tres destacadas presencias en el prestigioso Copé de Cuento.
La vida de Pedro Llosa transcurre entre los salones de un colegio y su estudio privado, donde trabaja su escritura con vocación de artesano. Ha publicado artículos en varios medios de prensa y ha participado en antologías publicadas en el extranjero. Para la presentación de su último libro “Protocolo Rorschach” (PUCP, 2005), además de la singular presencia de inquietas jovencitas, Pedro tuvo entre sus invitados a gente de primer nivel como Mario Vargas Llosa, Oswaldo Reynoso y Yolanda Westphalen.

Percy Encinas, Oswaldo, Yolanda, Pedro y Mario
¿Qué sensación te deja la presencia de los pilares de la literatura contemporánea peruana en la presentación de tu libro?
Satisfacción, sin duda. Sin embargo, al igual que las palabras de Luis Jaime en el libro, lo tomo como una simple voz de aliento para hacer lo que todavía no he hecho. Creo que la presencia de ambos es, antes que cualquier celebración por mis libros, un valioso gesto de solidaridad por haber priorizado la literatura en mi vida.
¿Cuál es el motor de tu creación literaria?
Son muchos, algunos más fuertes que otros. El primero es el placer del ejercicio mismo de la escritura. Y ahí hay muchas cosas en juego. Cuando todo lo que no es leer o escribir te pone de mal humor, es porque esa actividad concentra demasiado. Está el vicio del lenguaje, en donde disfrutas de una buena frase como el mejor manjar, está la hipnosis por la historia que quieres contar.

Finalmente, ¿qué opinas de la escena actual en lima? ¿Tienes alguna opinión respecto del debate literario entre “criollos” y “andinos”?
Creo que ha sido un año positivo para la literatura peruana. Hay un gran flujo editorial. Respecto al debate que inició Miguel Gutiérrez, me quedó una gran conclusión: el reclamo inicial es legítimo y real, aunque la discusión se llevó para otro lado. El tema no es quien escribe mal o bien; sino que hay medios de prensa excluyentes y panacales. Lo que ha faltado en el debate es un mea culpa de este lado y no una defensa basada en llamar envidiosos al resto. Incluso, dentro de este grupo, que supuestamente maneja los medios, hay quienes sí son democráticos y tratan de leerlo y comentarlo todo, y otros quienes creen que el mundo es un ayllu, en donde cualquier ajeno va a venir a achicarles la torta.
PUBLICADO EN LA REVISTA URBNAIA 21, febrero 2006. Perú.
martes, febrero 14, 2006
martes, febrero 07, 2006
EL DEBUT DE LOS VIEJITOS DE BARRÓN
sábado, enero 07, 2006
lunes, enero 02, 2006
CONFESIONES DE UN PAPEL HIGIÉNICO OLVIDADO
¿Usted cree que para mí es fácil venir hasta aquí a contarle mis miserias? ¿O acaso no se ha dado cuenta de con quién está hablando?
Mi color rosado me delata, lo sé. En mis tiempos infantes, no había cosa peor que ser negro. Y peor aún, tener que caminar por la calle mostrando esa oscura desazón. Habré conocido a más de una docena de negros en toda mi vida y jamás he rechazado el saludo de nadie, quisiera que se diga de mí que siempre fui solidario con todos mis hermanos, incluído los negros.
Ahí está la gasa del hospital, una amiga inolvidable. También recuerdo las toallas húmedas para limpiar el cutis, que andaban en amores con su médico de cabecera. Se casaron, me dijeron por ahí, como queriendo sacarme celos, pero yo sigo metido en mis desgracias y ningún doctor cura hemorroides va sacarme de mi propio juicio.
Justamente, por no acudir donde ese médico fue que me crucé con el último negro que vi en vida. Yo daba vueltas en mi propio espacio, tenía solidez tal en mi accionar que todos querían de mis servicios: bebés con "premio", niños agripados, señoras en llanto, ancianos incontinentes, perros legañosos, toda una fauna llena de ganas por darles mi alegría, mi limpieza, mi pureza.
Para ese entonces, yo me entregaba a quien me pedía. Nunca puse peros ni cuestioné para qué me usaban. Incluso, cuando fui convocado para ayudar a ese pobre negro que sufría de extreñimiento, me acerqué con las mejores intenciones. Puse mi mejilla rosada junto a su nalga de ébano, lo froté levemente y dejé que su indigestión vaya calmándose.
El pobre hombre se había olvidado decirle a su médico que la noche anterior, mientras celebraba el cumpleaños de su tía, tuvo una formidable cena: chupín de camarones como entrada, risoto de pescado y conchas de abanico como segundo, y una chirimoya de postre. Justamente, nadie le avisó al negro que las pepitas no se comían y se las terminó tragando. Entonces, nada pasó sino hasta dos días despues, que la cena no salía del estómago. Pujó un millón de veces frente a mí, sentado, con cara de compungido y dolorosamente asustado. ¿Qué me pasa?, gritaba en el baño. ¡Dios!, ¡me voy a morir!, y no dejaba el llanto.
Yo mismo tuve que atenderlo cuando cayó desamayado. sequé sus lágrimas de sangre e intenté parar la hemorragia con mis propias manos. Luego, lo acompañe hasta el consultorio, donde lo echaron un rato boca abajo, mientras le ponían los somníferos y preparaban una lavativa.
Terminada la limpieza, el pobre hombre no se pudo sentar por cuatro días. Ahí estuve yo, soportando su dolor como buen amigo que soy de la indigestión. Y como no tuve otra cosa mejor qué hacer, comencé a apuntarlo todo para venir a demostrarte que sigo vigente, que sigo firme en el baño, esperando que alguien pida por mis servicios de sanidad.
Mi color rosado me delata, lo sé. En mis tiempos infantes, no había cosa peor que ser negro. Y peor aún, tener que caminar por la calle mostrando esa oscura desazón. Habré conocido a más de una docena de negros en toda mi vida y jamás he rechazado el saludo de nadie, quisiera que se diga de mí que siempre fui solidario con todos mis hermanos, incluído los negros.
Ahí está la gasa del hospital, una amiga inolvidable. También recuerdo las toallas húmedas para limpiar el cutis, que andaban en amores con su médico de cabecera. Se casaron, me dijeron por ahí, como queriendo sacarme celos, pero yo sigo metido en mis desgracias y ningún doctor cura hemorroides va sacarme de mi propio juicio.
Justamente, por no acudir donde ese médico fue que me crucé con el último negro que vi en vida. Yo daba vueltas en mi propio espacio, tenía solidez tal en mi accionar que todos querían de mis servicios: bebés con "premio", niños agripados, señoras en llanto, ancianos incontinentes, perros legañosos, toda una fauna llena de ganas por darles mi alegría, mi limpieza, mi pureza.
Para ese entonces, yo me entregaba a quien me pedía. Nunca puse peros ni cuestioné para qué me usaban. Incluso, cuando fui convocado para ayudar a ese pobre negro que sufría de extreñimiento, me acerqué con las mejores intenciones. Puse mi mejilla rosada junto a su nalga de ébano, lo froté levemente y dejé que su indigestión vaya calmándose.
El pobre hombre se había olvidado decirle a su médico que la noche anterior, mientras celebraba el cumpleaños de su tía, tuvo una formidable cena: chupín de camarones como entrada, risoto de pescado y conchas de abanico como segundo, y una chirimoya de postre. Justamente, nadie le avisó al negro que las pepitas no se comían y se las terminó tragando. Entonces, nada pasó sino hasta dos días despues, que la cena no salía del estómago. Pujó un millón de veces frente a mí, sentado, con cara de compungido y dolorosamente asustado. ¿Qué me pasa?, gritaba en el baño. ¡Dios!, ¡me voy a morir!, y no dejaba el llanto.
Yo mismo tuve que atenderlo cuando cayó desamayado. sequé sus lágrimas de sangre e intenté parar la hemorragia con mis propias manos. Luego, lo acompañe hasta el consultorio, donde lo echaron un rato boca abajo, mientras le ponían los somníferos y preparaban una lavativa.
Terminada la limpieza, el pobre hombre no se pudo sentar por cuatro días. Ahí estuve yo, soportando su dolor como buen amigo que soy de la indigestión. Y como no tuve otra cosa mejor qué hacer, comencé a apuntarlo todo para venir a demostrarte que sigo vigente, que sigo firme en el baño, esperando que alguien pida por mis servicios de sanidad.
sábado, diciembre 24, 2005
domingo, diciembre 18, 2005
Aventura Culinaria (Y tú, ¿cuál es tu secreto?)
Tenía yo un primo que administraba una pollería. Él cuidaba la caja de doce a nueve todos los días. Y durante las mañanas, Totó, gordo, sudoroso y ojeroso de la mala vida que le ha tocado, metía los pollos a la brasa caliente.
Decían ya algunos que el restauran de Totó era el mejor de Lima. Tuvo cierta fama cuando salió, entrevistado, en la televisión. Ahí presentó a los diez millones de peruanos que éramos en ese momento, su fórmula secreta para lograr tan exquisito pollo que todo el mundo apreciaba y atragantaba a la familia completa.
Un poco de ají, un poco de cerveza, un poco de sal, pimienta, más sal. Unas gotas de aceite. Y luego de esa vez, el lugar se hizo tan conocido que llegaron familias provenientes de todos los puntos. Autos grandes, autos chicos, taxis, familias caminando, todos querían el pollo frito de Totó.
Yo quería mucho a mi primo. También íbamos con la familia a consumirle, y siempre nos hacía un descuento. Incluso, no pagues, dijo delante de mis hijos, y tuve que guardar el dinero.
Una vez llegué de noche. Menos mal, no había clientes. Totó me atendió bien, pero estaba un poco ofuscado, pues el cocinero no venía a trabajar hacía días. Los pollos estaban retrasados. Entonces me pidió que lo acompañara un rato en la cocina. Yo iba picando de unas papas fritas que recién salían del aceite caliente, cuando Totó me dijo lo siguiente:
- Primo, quiero compartir mi secreto contigo.
Le sonreí nervioso. No entendí su broma, peor aún, pues se bajó el cierre del pantalón y sacó su XXX. Seguí comiendo papas crocantes, incómodo, pero el hambre me ganaba.
- Entonces, ¿cuál es tu secreto?
Totó apuntó a los pollos encurtidos y roció un poco de su pichi bendita, mientras hacía piruetas con su XXX y tarareaba una canción de niño. Cuando terminó de descargar su vejiga, se subió el cierre y, riendo casi endemoniado, me preguntó:
- Y tú, ¿cuál es tu secreto?
Decían ya algunos que el restauran de Totó era el mejor de Lima. Tuvo cierta fama cuando salió, entrevistado, en la televisión. Ahí presentó a los diez millones de peruanos que éramos en ese momento, su fórmula secreta para lograr tan exquisito pollo que todo el mundo apreciaba y atragantaba a la familia completa.
Un poco de ají, un poco de cerveza, un poco de sal, pimienta, más sal. Unas gotas de aceite. Y luego de esa vez, el lugar se hizo tan conocido que llegaron familias provenientes de todos los puntos. Autos grandes, autos chicos, taxis, familias caminando, todos querían el pollo frito de Totó.
Yo quería mucho a mi primo. También íbamos con la familia a consumirle, y siempre nos hacía un descuento. Incluso, no pagues, dijo delante de mis hijos, y tuve que guardar el dinero.
Una vez llegué de noche. Menos mal, no había clientes. Totó me atendió bien, pero estaba un poco ofuscado, pues el cocinero no venía a trabajar hacía días. Los pollos estaban retrasados. Entonces me pidió que lo acompañara un rato en la cocina. Yo iba picando de unas papas fritas que recién salían del aceite caliente, cuando Totó me dijo lo siguiente:
- Primo, quiero compartir mi secreto contigo.
Le sonreí nervioso. No entendí su broma, peor aún, pues se bajó el cierre del pantalón y sacó su XXX. Seguí comiendo papas crocantes, incómodo, pero el hambre me ganaba.
- Entonces, ¿cuál es tu secreto?
Totó apuntó a los pollos encurtidos y roció un poco de su pichi bendita, mientras hacía piruetas con su XXX y tarareaba una canción de niño. Cuando terminó de descargar su vejiga, se subió el cierre y, riendo casi endemoniado, me preguntó:
- Y tú, ¿cuál es tu secreto?
domingo, noviembre 27, 2005
ARENA DE MÉXICO
Arena, suplemento cultural de Excelcior. Año 6, Tomo 6. Domingo 27 de noviembre de 2005. Número 352. México.
Microrrelatos. Quinteto.
Testimonio
de un lápiz antes
de ser desecho
Juan José Sandoval Zapata
Usted va a pensar que estoy loco, señor. Pero disculpe usted si ataranto su lógica estructural. Las hojas cuadriculadas me producen jaqueca. Por eso es que vale la pena objetarle el hecho de utilizar esa horrorosa manta matemática, para acoplarnos a la blancura infinita del bond de ciento veinte gramos. Las yemas de mis dedos se lo agradecerán, estimado señor. Venga, que le voy a contar lo que me pasó.
Verá usted, señor. Yo no era como me ve ahora. No, señor, cómo cree que pudiera tener semejante fealdad
de manera perpetua. Señor, yo le cuento, fue el tajador quien mejoró mi sonrisa. Porque la mía era una cara de lamento cuando pasó el accidente que me ocurrió, señor.
Yo iba deslizando mi carbón sulfatado por el bond. Siempre había querido ser surfista pero ya pues, señor, aquí me tiene de lápiz de tercera edad escribiendo para terceras personas.
Entonces como que el deslizarme por el bond hizo que mi pasión por la tabla se vea compensada. Yo señor, que andaba bailando en zig-zag por el papel limpio, creando poesía de alta calidad, gustoso de mi vida íntima haciendo mías las lágrimas de quienes plasmaron su verso lacrimógeno por mi cuerpo de madera respingada.
El día aquel que le quiero contar, señor, data ya de unos años. Como le decía, andaba bailando palabras hermosas por el papel: deuteronomios, acemípalos, terecoideos, anitimotina, nefelibatas, pluscuamperfectos hidrocarburados, mentecatas comestibles. Toda una delicia de creatividad en que me hallaba profuso, sumergido en mí. Toda esa felicidad corría en mí, señor, hasta que el accidente me sacó del papel.
No recuerdo bien si fue un resbalón el que me sacó del camino. O fue mi sesgo de vida. Ese sesgo que le da la poesía a quienes ríen demasiado. La tiranía del verso, que le dicen. De la frase. De la palabra. La tiranía de la locura, señor, imagínese. La locura rompió mi puntiaguda nariz. La palabra quedó incompleta, la voz fracturada. Sólo se oía mi grito de dolor.
Sacarme más punta sería soltar la guillotina en mí, consultó el escribano. No había más que mi voz de lamento, señor. Suplicaba, siquiera, terminar el poema, no ceder a la vejez, al olvido del ser humano. Yo, heredero de la pluma con tinta con la que se escribió el primer Quijote. Yo, abuelo del bolígrafo que inundó Hollywood con sus estrellas. Yo, el precursor del pincel fino que parió el lienzo.
Y me descarrilé por completo...
Primero fui a dar a una fosa común. Hice amigos, sí, algunos con la misma edad que yo.
Algunos con los mismos dolores, los mismos traumas. Jamás me había dado cuenta que mientras yo versaba, había compatriotas míos que se dedicaban al dibujo, al color, al movimiento de las figuras. ¡Estaba en otra vida!
Negarme a ser tajado fue también renunciar a mi propia obra. Igual le pasó al lápiz rojo, que después del exilio se hizo amigo mío. Quién diría, me dijo. Jamás iba pensar ser amigo de un “rojo”. Pero ya ve usted, señor, todo se paga esta vida.
Luego de la fosa, señor, no tuve otra que huir. Entonces acordé con otros compañeros mutilados que bien podíamos salir del agujero a donde nos habían metido sin consulta alguna, que la revolución es posible. Que el poder real está en nosotros mismos. Que viva el Che, viva Neruda. ¡Viva la revolución!
Y nos unimos.
De nada sirvió, señor. Aquí me tiene usted. Recogido de un tacho de basura. Revindicado por usted, dándome la oportunidad de decir que sí, que aún puedo ser el de antes. Deme tan sólo una hoja bond de ciento veinte gramos y le explico.
Aquí un ejemplo: descuajeringamiento rocanrolerizado para niños insulínos con síndrome de incontinencia verbal. ¿Usted qué dice?
Microrrelatos. Quinteto.
Testimonio
de un lápiz antes
de ser desecho
Juan José Sandoval Zapata
Usted va a pensar que estoy loco, señor. Pero disculpe usted si ataranto su lógica estructural. Las hojas cuadriculadas me producen jaqueca. Por eso es que vale la pena objetarle el hecho de utilizar esa horrorosa manta matemática, para acoplarnos a la blancura infinita del bond de ciento veinte gramos. Las yemas de mis dedos se lo agradecerán, estimado señor. Venga, que le voy a contar lo que me pasó.
Verá usted, señor. Yo no era como me ve ahora. No, señor, cómo cree que pudiera tener semejante fealdad
de manera perpetua. Señor, yo le cuento, fue el tajador quien mejoró mi sonrisa. Porque la mía era una cara de lamento cuando pasó el accidente que me ocurrió, señor.
Yo iba deslizando mi carbón sulfatado por el bond. Siempre había querido ser surfista pero ya pues, señor, aquí me tiene de lápiz de tercera edad escribiendo para terceras personas.
Entonces como que el deslizarme por el bond hizo que mi pasión por la tabla se vea compensada. Yo señor, que andaba bailando en zig-zag por el papel limpio, creando poesía de alta calidad, gustoso de mi vida íntima haciendo mías las lágrimas de quienes plasmaron su verso lacrimógeno por mi cuerpo de madera respingada.
El día aquel que le quiero contar, señor, data ya de unos años. Como le decía, andaba bailando palabras hermosas por el papel: deuteronomios, acemípalos, terecoideos, anitimotina, nefelibatas, pluscuamperfectos hidrocarburados, mentecatas comestibles. Toda una delicia de creatividad en que me hallaba profuso, sumergido en mí. Toda esa felicidad corría en mí, señor, hasta que el accidente me sacó del papel.
No recuerdo bien si fue un resbalón el que me sacó del camino. O fue mi sesgo de vida. Ese sesgo que le da la poesía a quienes ríen demasiado. La tiranía del verso, que le dicen. De la frase. De la palabra. La tiranía de la locura, señor, imagínese. La locura rompió mi puntiaguda nariz. La palabra quedó incompleta, la voz fracturada. Sólo se oía mi grito de dolor.
Sacarme más punta sería soltar la guillotina en mí, consultó el escribano. No había más que mi voz de lamento, señor. Suplicaba, siquiera, terminar el poema, no ceder a la vejez, al olvido del ser humano. Yo, heredero de la pluma con tinta con la que se escribió el primer Quijote. Yo, abuelo del bolígrafo que inundó Hollywood con sus estrellas. Yo, el precursor del pincel fino que parió el lienzo.
Y me descarrilé por completo...
Primero fui a dar a una fosa común. Hice amigos, sí, algunos con la misma edad que yo.
Algunos con los mismos dolores, los mismos traumas. Jamás me había dado cuenta que mientras yo versaba, había compatriotas míos que se dedicaban al dibujo, al color, al movimiento de las figuras. ¡Estaba en otra vida!
Negarme a ser tajado fue también renunciar a mi propia obra. Igual le pasó al lápiz rojo, que después del exilio se hizo amigo mío. Quién diría, me dijo. Jamás iba pensar ser amigo de un “rojo”. Pero ya ve usted, señor, todo se paga esta vida.
Luego de la fosa, señor, no tuve otra que huir. Entonces acordé con otros compañeros mutilados que bien podíamos salir del agujero a donde nos habían metido sin consulta alguna, que la revolución es posible. Que el poder real está en nosotros mismos. Que viva el Che, viva Neruda. ¡Viva la revolución!
Y nos unimos.
De nada sirvió, señor. Aquí me tiene usted. Recogido de un tacho de basura. Revindicado por usted, dándome la oportunidad de decir que sí, que aún puedo ser el de antes. Deme tan sólo una hoja bond de ciento veinte gramos y le explico.
Aquí un ejemplo: descuajeringamiento rocanrolerizado para niños insulínos con síndrome de incontinencia verbal. ¿Usted qué dice?
domingo, noviembre 13, 2005
viernes, noviembre 04, 2005
LOS NOMBRES DE CEAPAZ
El peruano Daniel Salas escribió en su blog hace más de diez días un texto donde se pregunta qué ha sido de la vida de los que obtuvieron premios en el concurso de CEAPAZ, que duró cuatro ediciones, y en el cual obtuve una mención honrosa.
Ya que mencionan mi nombre en algún lado de su texto, dejo aquí la respuesta que le envié y que aún sigue bailando entre las coordenadas del silencio.
estimado daniel:
yo obtuve algo más que una mención honrosa en ceapaz, me gané un conato judicial (demanda por difamación, según argumentaron) y el aborrecimiento de cada uno de los integrantes de una promoción de colegio a la cual yo, después de diez años de distancia, había desconocido totalmente.
luego de la presentación de aquel compilatorio de cuentos, titulado "el gaviota y otros cuentos", mi cuento NACHO ha circulado en fotocopia, y ha demostrado que entre los integrantes de un colegio reliogioso habitaba un renegado camuflado, ahora convertido en artista profesional.
de hecho, si es que ceapaz ayudó a presentar mediáticamente una nueva generación, luego de la experiencia mía con ceapaz, yo plagié un poemario y lo imprimí con mi nombre, para lo cual tuve que vender mi bajo eléctrico y renunciar a mi banda de rocknroll; y luego, cual gringa con su plata, vendí mi auto y publiqué de manera independiente un libro de cuentos titulado BARRUNTO.
pero ninguno obtuvo el guiño de los críticos ni de los periodistas de culturales, más sí de algunas jovencitas que, de cuando en vez, sacian mi espíritu solitario a cambio de la mestranza que me ha dejado, casualmente, la experiencia que me brindó ceapaz al otorgarme tamaño galardón.
con afecto,
juan josé sandoval zapata
Ya que mencionan mi nombre en algún lado de su texto, dejo aquí la respuesta que le envié y que aún sigue bailando entre las coordenadas del silencio.
estimado daniel:
yo obtuve algo más que una mención honrosa en ceapaz, me gané un conato judicial (demanda por difamación, según argumentaron) y el aborrecimiento de cada uno de los integrantes de una promoción de colegio a la cual yo, después de diez años de distancia, había desconocido totalmente.
luego de la presentación de aquel compilatorio de cuentos, titulado "el gaviota y otros cuentos", mi cuento NACHO ha circulado en fotocopia, y ha demostrado que entre los integrantes de un colegio reliogioso habitaba un renegado camuflado, ahora convertido en artista profesional.
de hecho, si es que ceapaz ayudó a presentar mediáticamente una nueva generación, luego de la experiencia mía con ceapaz, yo plagié un poemario y lo imprimí con mi nombre, para lo cual tuve que vender mi bajo eléctrico y renunciar a mi banda de rocknroll; y luego, cual gringa con su plata, vendí mi auto y publiqué de manera independiente un libro de cuentos titulado BARRUNTO.
pero ninguno obtuvo el guiño de los críticos ni de los periodistas de culturales, más sí de algunas jovencitas que, de cuando en vez, sacian mi espíritu solitario a cambio de la mestranza que me ha dejado, casualmente, la experiencia que me brindó ceapaz al otorgarme tamaño galardón.
con afecto,
juan josé sandoval zapata
miércoles, noviembre 02, 2005
EL OCASO DE LA PALABRA
ojo. a estas alturas, estoy totalmente seguro de que aquí no habita nadie. creo que hasta la directora huyó despavorida. no estoy muy seguro de haber sido el causante de este desierto. ya les dije -hace tiempo- que lo único que buscaba aquí era amor.
primero fue el invierno. luego el infierno. de ahí, toda una gama colorida de sufrimientos. juro haber derramado una que otra lágrima cuando imploré compañía. los ecos desesperados me jugaron una mala pasada. me tocó bailar conmigo mismo, algo peor que bailar con la más fea de la fiesta.
cuando crucé los límites de la cordura asumí un papel importante para el mundo, el de bufón. entonces, me dediqué a hacer reír pensando que así me hacía feliz. fui venciendo mis temores hasta que logré sacar lo mejor de mí, que en ese tiempo era la palabra. jugué con todas las letras, me enamoré de las esdrújulas, de los triptongos y sobre todo de los escupitajos. fui alcanzando madurez tal, que en el momento de darme cuenta que estaba solo en esta oscuridad, nomás me quedó seguir hablándome a mí mismo. hasta siempre.
primero fue el invierno. luego el infierno. de ahí, toda una gama colorida de sufrimientos. juro haber derramado una que otra lágrima cuando imploré compañía. los ecos desesperados me jugaron una mala pasada. me tocó bailar conmigo mismo, algo peor que bailar con la más fea de la fiesta.
cuando crucé los límites de la cordura asumí un papel importante para el mundo, el de bufón. entonces, me dediqué a hacer reír pensando que así me hacía feliz. fui venciendo mis temores hasta que logré sacar lo mejor de mí, que en ese tiempo era la palabra. jugué con todas las letras, me enamoré de las esdrújulas, de los triptongos y sobre todo de los escupitajos. fui alcanzando madurez tal, que en el momento de darme cuenta que estaba solo en esta oscuridad, nomás me quedó seguir hablándome a mí mismo. hasta siempre.
viernes, octubre 28, 2005
La Polca de los Gordos Feos
Desde el océano de mi tristeza
A Sirenita Empachada la expulsó el mar por antipática. Ningún pez pudo soportar su olor y, entre olas mansas y mareas torrentosas, llegó a la orilla y quedó varada entre moluscos y pirañas del Balneario de Los Monguitos de Pobre Corazón.
Con la brisa, Sirenita Empachada se fue cubriendo de arena, hasta que con los años y con lo grande que era, fueron formándose unas montañitas puntiagudas donde los niños del mundo comenzaron a jugar en los veranos.
Sapito Hinchado y Tramboyito con Lentes celebraban su aniversario número cero cuando llegaron a la Playa de los Monguitos de Pobre Corazón. Los niños jugaban sobre las montañitas de la Sirenita Empachada, que para ese entonces, se dice, su alma rondaba las olas del mar llorando sus penas por haber sido expulsada de la vida marina. Era conocido que quien lograba verla, era raptado por la locura inmediatamente. Muchos de ellos preferían la muerte segura dejándose llevar por la marea otros terminaban sus días deambulando por la Plaza Mayor, sin ropas ni vergüenzas qué ocultar.
Sapito Hinchado y Tramboyito con Lentes llevaban tanto tiempo sonriéndose mutuamente que el desgaste se notó en sus alientos. Tramboyito con Lentes había jurado nunca más volver a las fiestas con ponche, mucho menos bailar Chip Hop, ni siquiera oírlo. Pues, había descubierto que aquellos sonidos diabólicos le producían descontrol feromonal. Y, así, corría el riesgo de desaparecer. Justamente, ese verano en que los tramboyos se habían puesto de moda en el Puerto, y era conocido de que a muchas tramboyitas las habían raptado para venderlas en el mercado.
Ambos subieron a lo alto de la montaña, acamparon por la tarde y mientras prendían leña, sintieron el temblor. La bulla venía del malecón, era Chip Hop.
Tramboyito con lentes miró fijamente a Sapito Hinchado, lo tomó de los cachetes y se despidió de él para siempre. Luego, se entregó a la melodía y se fue hipnotizada de amor.
Volvió a las fiestas, bebió ponche e intentó ser feliz sin tener que preocuparse de dónde dormir por las noches. El Chip Hop la adoptó como su hija más bonita y la hicieron reina. Subió al estrado y la coronaron entre aleteos excitados y chiflidos de pasión. Cuando tuvo que bailar la pieza central, eligió al más pequeñito del grupo de pretendientes que candidateaban por su dulzura. Su nombre: Castorcito de Bigotes Blancos. Ambos pasaron la noche juntos, soñando.
Al terminar la fiesta de Chip Hop los peces volvieron al mar, contentos. Algunos pasados de ponche, entre ellos: Loquito Satipeño Chicuiloteado, quien a pesar de su borrachera, divisó a Sapito Hinchado a lo alto de las montañitas de la Sirenita Empachada. Hasta ahí llegó para abrazar a su amigo y contarle lo sucedido con Tramboyito con Lentes, que para ese entonces, ya descansaba en un plato encebollado junto a Castorcito de Bigotes Blancos.
Sapito Hinchado no quiso que nadie lo vea llorar y comenzó a cavar un hoyo en la montaña.
Cuando vio que era suficiente, descargó su llanto con tanta fuerza que logró despertar a la Sirenita Empachada. Ella vio tan marchito a Sapito Hinchado que se conmovió, lo abrazó muy fuerte por instinto y le pidió quedarse a su lado para siempre. Desde entonces, Sapito Hinchado habita en las montañitas de la Sirenita Empachada, curando su enferma soledad.
viernes, octubre 21, 2005
PIRAÑITA EN RE BEMOL
no es para Ch.B.
Ella era una pobre diabla
que almorzaba la basura de toda la ciudad
y esperaba la mañana aullando en cuatro patas.
Ella bebía orines para saciar su dolor
y aún así
seguía sufriendo.
Él era un pedazo de papel higiénico manchado por la indigestión.
Ni siquiera
había conocido el sabor dulzón del desagüe,
ni las amapólicas caricias de la peste roja
y ya imploraba su muerte a las cuatro flatulencias.
Al encontrarse el uno al otro
no aguantaron sus olores mutantes,
se hicieron muecas
hasta que de tanto asquearse
se comenzaron a gustar...
Entre las cloacas de cualquier parte del mundo existirán
historias como éstas
sin que los hombres tristes reclamen nuestra porción de paraíso merecido.
(octubre, 2005)
Ella era una pobre diabla
que almorzaba la basura de toda la ciudad
y esperaba la mañana aullando en cuatro patas.
Ella bebía orines para saciar su dolor
y aún así
seguía sufriendo.
Él era un pedazo de papel higiénico manchado por la indigestión.
Ni siquiera
había conocido el sabor dulzón del desagüe,
ni las amapólicas caricias de la peste roja
y ya imploraba su muerte a las cuatro flatulencias.
Al encontrarse el uno al otro
no aguantaron sus olores mutantes,
se hicieron muecas
hasta que de tanto asquearse
se comenzaron a gustar...
Entre las cloacas de cualquier parte del mundo existirán
historias como éstas
sin que los hombres tristes reclamen nuestra porción de paraíso merecido.
(octubre, 2005)
miércoles, octubre 19, 2005
miércoles, octubre 05, 2005
HISTORIA DE AMOR PARA VIEJOS TRISTES
a la niño
Sapito Hinchado y Tramboyito con Lentes se conocieron una tarde de fiesta donde todos bailaban menos ellos.
Sapito Hinchado y su amigo Loquito Satipeño llegaron con ilusiones de conocer gente bonita y buscar eso que los del otro lado del mundo llaman amorío.
Loquito Satipeño, como era experto en esas lides festivas, fue encaminándose por los oscuros senderos de la pasión lila; conoció a Sirena con Cuernos y la hizo su novia mientras bailaban el primer vals de la jornada.
Como Sapito Hinchado era tímido y no sabía bailar, fue arrinconándose entre la gente que sobraba de la fiesta. Gente solitaria que nomás sabía hablar de arte y beber ponche. Entonces, de tanto escuchar a esta gente, fue que terminó convirtiéndose en artista de la palabra y el brindis.
Tramboyito con Lentes había bailado unas piezas de chip hop con Castorcito de Bigotes Blancos, él le decía que era capaz de establecer la tonalidad exacta del rugido de un motor de combustión. Oído absoluto, le hizo creer.
Y a Tramboyito con Lentes se le iluminaron los cristales y su boquita carnosa se estiró de lado a lado haciendo la sonrisa más hermosa de la fiesta.
Castorcito de Bigotes Blancos siguió sintiéndose un rey de la sonoridad y comenzó a beber ponche y chupar marcianos de "shabor intensho" y beber hasta que olvidó que bailaba con Tramboyito con Lentes, que ni bien vio que a Castorcito de Bigotes Blancos se puso a tambalear de borracho y a eructar como anunciando el vómito, se hizo a un lado para que no le ensuciara el único vestido de porcelana que tenía gracias a las costuras de su mamá Tramboya con Lentes.
Pero la avalancha de líquidos estomacales fueron un torrente descarrilado que terminaron salpicando el delantal blanco de Tramboyito con Lentes.
Entre la multitud que se acercó para auxiliarla, apareció Sapito Hinchado, con un pedazo de papel higiénico en la mano e intentó limpiar el vestido. Ayudó a pararse a Tramboyito con Lentes, y antes de que a Tramboyito se le vengan las náuseas por tanto vómito que tenía encima, Sapito le dijo: Los motores de combustión no tienen tonalidad exacta. Son desafinados por la naturaleza cuántica de la mecánica. Entonces, vomitó con fuerza en la cara de Sapito Hinchado.
Tramboyito con Lentes vio que Sapito Hinchado no era tan feo. Más bien, tenía un parecido a Elvis y bien podían bailar alguna pieza de chip hop, juntos.
Ambos juntaron sus mejillas resecas por el vómito, se tomaron de la mano y se juraron soledad eterna.
Para cuando se hizo de noche, Sapito Hinchado y Tramboyito con Lentes se escondieron en un capullo y decidieron no volver nunca más a la realidad.
Sapito Hinchado dejó su inocente sueño de convertirse en príncipe después de un beso mágico, y Tramboyito con Lentes comprendió que para amar a un animal hay que saber contar los latidos de su corazón.
Jamás volvieron a las fiestas con ponche.
Sapito Hinchado y Tramboyito con Lentes se conocieron una tarde de fiesta donde todos bailaban menos ellos.
Sapito Hinchado y su amigo Loquito Satipeño llegaron con ilusiones de conocer gente bonita y buscar eso que los del otro lado del mundo llaman amorío.
Loquito Satipeño, como era experto en esas lides festivas, fue encaminándose por los oscuros senderos de la pasión lila; conoció a Sirena con Cuernos y la hizo su novia mientras bailaban el primer vals de la jornada.
Como Sapito Hinchado era tímido y no sabía bailar, fue arrinconándose entre la gente que sobraba de la fiesta. Gente solitaria que nomás sabía hablar de arte y beber ponche. Entonces, de tanto escuchar a esta gente, fue que terminó convirtiéndose en artista de la palabra y el brindis.
Tramboyito con Lentes había bailado unas piezas de chip hop con Castorcito de Bigotes Blancos, él le decía que era capaz de establecer la tonalidad exacta del rugido de un motor de combustión. Oído absoluto, le hizo creer.
Y a Tramboyito con Lentes se le iluminaron los cristales y su boquita carnosa se estiró de lado a lado haciendo la sonrisa más hermosa de la fiesta.
Castorcito de Bigotes Blancos siguió sintiéndose un rey de la sonoridad y comenzó a beber ponche y chupar marcianos de "shabor intensho" y beber hasta que olvidó que bailaba con Tramboyito con Lentes, que ni bien vio que a Castorcito de Bigotes Blancos se puso a tambalear de borracho y a eructar como anunciando el vómito, se hizo a un lado para que no le ensuciara el único vestido de porcelana que tenía gracias a las costuras de su mamá Tramboya con Lentes.
Pero la avalancha de líquidos estomacales fueron un torrente descarrilado que terminaron salpicando el delantal blanco de Tramboyito con Lentes.
Entre la multitud que se acercó para auxiliarla, apareció Sapito Hinchado, con un pedazo de papel higiénico en la mano e intentó limpiar el vestido. Ayudó a pararse a Tramboyito con Lentes, y antes de que a Tramboyito se le vengan las náuseas por tanto vómito que tenía encima, Sapito le dijo: Los motores de combustión no tienen tonalidad exacta. Son desafinados por la naturaleza cuántica de la mecánica. Entonces, vomitó con fuerza en la cara de Sapito Hinchado.
Tramboyito con Lentes vio que Sapito Hinchado no era tan feo. Más bien, tenía un parecido a Elvis y bien podían bailar alguna pieza de chip hop, juntos.
Ambos juntaron sus mejillas resecas por el vómito, se tomaron de la mano y se juraron soledad eterna.
Para cuando se hizo de noche, Sapito Hinchado y Tramboyito con Lentes se escondieron en un capullo y decidieron no volver nunca más a la realidad.
Sapito Hinchado dejó su inocente sueño de convertirse en príncipe después de un beso mágico, y Tramboyito con Lentes comprendió que para amar a un animal hay que saber contar los latidos de su corazón.
Jamás volvieron a las fiestas con ponche.
martes, octubre 04, 2005
CARDÓ O CENIZA
Cómo será mi piel sobre mi piel.
Cómo será mi piel junto a tu piel, cardó ceniza. Cómo será.
Si he de fundir mi espacio frente al tuyo,
cómo será tu cuerpo al recorrerme
y cómo mi corazón si estoy de muerte.
Mi corazón, si estoy de muerte.
Se quebrará mi voz cuando se apague
de no poderte hablar en el oido,
y quemará mi boca salivada,
de la seda que me queme si me besas.
De la seda que me queme si me besas.
Cómo será el gemido y cómo el grito
al escapar mi vida entre la tuya,
y como el letargo al que me entregue,
cuando adormezca el sueño entre tus sueños,
han de ser breves mis siestas.
Mis esteros despiertan con tus ríos.
Pero, cómo serán mis despertares,
cada vez que despierte, avergonzada.
Tanto amor y avergonzada.
Tanto amor y avergonzada.
Chabuca Granda
Cómo será mi piel junto a tu piel, cardó ceniza. Cómo será.
Si he de fundir mi espacio frente al tuyo,
cómo será tu cuerpo al recorrerme
y cómo mi corazón si estoy de muerte.
Mi corazón, si estoy de muerte.
Se quebrará mi voz cuando se apague
de no poderte hablar en el oido,
y quemará mi boca salivada,
de la seda que me queme si me besas.
De la seda que me queme si me besas.
Cómo será el gemido y cómo el grito
al escapar mi vida entre la tuya,
y como el letargo al que me entregue,
cuando adormezca el sueño entre tus sueños,
han de ser breves mis siestas.
Mis esteros despiertan con tus ríos.
Pero, cómo serán mis despertares,
cada vez que despierte, avergonzada.
Tanto amor y avergonzada.
Tanto amor y avergonzada.
Chabuca Granda
jueves, septiembre 29, 2005
SAPITO HINCHADO

siempre he sido un sapito hinchado , me voy a morir en la habitación que me dieron mis padres , abrazado a las frasadas que me robé de un avión y luego de un hospital . no sé si algún día llegue a ser un cosmopolito de mi propio jardín . por el momento , soy un sapito hinchado. hasta el día de hoy , con tres décadas encima , toda belleza que ha besado estas carnes tristes no ha logrado convertirme en príncipe de nada . sigo siendo el mismo sapito hinchado que siempre he sido , desde chiquitititito .
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